Se perdió el perro más compañero del mundo

Pocas veces -casi nunca- vas a ver una relación más entrañable y nutritiva como la del andinista Ignacio Lucero con su perro Oro. Ahora, el perro se ha perdido o alguien se lo ha llevado e Ignacio se ha quedado con medio corazón.
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Has de saber -estimado lector- que el muchacho sufrió un ACV y un doble infarto en el Himalaya, hace unos años. Hizo, desde entonces, indecibles esfuerzos para salir adelante -re-aprender a hablar o a andar en bicicleta, por caso- aunque las consecuencias lo acompañarán de por vida.
Poco a poco, aquellos que gozamos de su amistad fuimos viendo de qué hermosa manera se levantaba ante el abismo y volvía a permitirse que el viento, otra vez, le golpeara en la cara.
Hace un par de años, la vida del Nacho dio un giro inesperado: un perro amarillo vino a posarse en su puerta, decidido a adoptarlo. Se hicieron amigos, el deportista herido lo entrenó y, desde entonces, fueron compañeros inseparables.

Lo equipó, le dio todo formato de mimos y le puso Oro por nombre.
Tanto fue así que, tiempo después, los dueños originales de Oro aparecieron: un hombre y sus dos hijos. Y fue tanto el amor y la simbiosis que vieron, pero tanto, que no se atrevieron a llevarlo. Lo siguieron viendo, sí, pero como Oro, el perro guía de Ignacio, el andinista cascoteado por la vida.
Nacho y Oro hicieron equipo: jamás se separaron. Hasta el viernes, hicieron innumerables expediciones de esquí de travesía y subieron cerros altísimos, como el Plata y el Vallecitos. Hasta rappel hicieron, eso de bajar abismos, paredes de piedra, sostenidos por una soga: imaginen a Oro dentro de la mochila de Ignacio, pared abajo, compañeros.
Y sucede que Oro se perdió el sábado, durante el recital de Jorge Drexler en el Parque General San Martín, donde Nacho estaba trabajando en una palestra.
“Estoy todo el tiempo buscándolo, no lo puedo creer, no puede ser. El perro no está perdido, alguien se lo llevó. La única vez que me separé de él, por un viaje en avión, hizo once kilómetros y me esperó en casa. Conoce muy bien los lugares, sabe ir y volver”, inicia Ignacio Lucero.
Seamos claros en esto: Oro es un perro de apoyo, un perro guía, como un lazarillo para un ciego; o más: “Después de los infartos, me quedé sin más del 50% de mi corazón. Desde hace dos años, Oro es la parte de corazón que me falta. El me ha permitido volver a trabajar, porque trabaja conmigo: me tira en esquíes, en bicicleta, en patines, caminando, subiendo y bajando. La potencia que me falta, me la da él”, desliza quien -por cierto- ofrece recompensa por la devolución.
Nacho, imaginarán, está desconsolado y lleno de angustia. Y sus declaraciones son ciertamente conmovedoras.
“El me adoptó a mí, fue a vivir conmigo. Hace dos años estamos unidos por un cordón umbilical. No es una mascota, es un perro compañero relacionado con mi discapacidad. Yo me nombro ahora como discapacitado, me cuesta hacerlo, pero siento necesidad de hacerlo ahora, que la ausencia de mi perro me lo está haciendo ver”, confiesa.
Cerremos con esta idea: tan involucrados están estos compañeros, que hasta los tiempos de descanso y los de toma de pastillas le marca Oro a Ignacio.
Es imprescindible que Oro aparezca. Si sabés dónde estó o lo encontraste, llamá a Ignacio a estos números telefónicos: 2613659087 2616841879.
¿Encontramos a Oro? Ayudanos.
Ulises Naranjo.




