Ahora hablan los "trapitos"
El debate sobre el trabajo de los “trapitos” callejeros es interminable. La mayoría los detesta y hasta los considera “mafiosos”; solo unos pocos apoyan la labor de quienes cuidan los coches de manera “extra oficial”.
Oportunamente, Ulises Naranjo realizó una nota que despertó distintas sensaciones en sus lectores: bronca, repudio, empatía, enojo y culpa. En ese contexto, este diario salió a buscar a puntuales “trapitos” para hablar con ellos a “calzón quitado”.
He aquí tres testimonios en primera persona, logrados por la periodista Ana Saldaña para MDZ. Más abajo podés escuchar los audios de marras.
Historias de vida
Santiago tiene 28 años, está separado y tiene 3 hijos. De lunes a viernes trabaja en la construcción por $1000 semanales y, si no llega muy cansado, a las 19 hs -cuando termina esa tarea- se va a cuidar autos, sino lo hace los fines de semana “más que nada para la comida”, me dijo. Cuida autos desde hace 6 años, pero "la cuadra no es mía, si viene el dueño me tengo que ir. Si la quisiera para mí, la tengo que pelear, pero como los dueños me conocen, me dejan estar mientras ellos no vengan".
Su trabajo “formal” está casi al mismo nivel de informalidad que el cuidado de autos. No tiene obra social ni aportes jubilatorios, porque está en negro, “pero algo es algo”, dice. Aunque reconoce: “La construcción es muy dura, y la calle también es dura”.
“La gente te trata mal, sobre todo los más grandes. Se enojan porque le levantás la pluma o porque le querés cobrar. De todos modos, yo no les digo nada, porque si no me meto en problemas con la Policía”. “Acá lidiás con todo el mundo: Con los vecinos que se enojan, con los dueños de los autos, con los dueños de los bares y con la Policía también”, me cuenta Santiago. Cuando terminamos la nota, le agradecí y me iba, pero me recordó algo que había olvidado: “Doñita, los 30 pesos para el pancho”.
Seguí caminando y me encontré con Ernesto, el más desconfiado de todos, me costó convencerlo de que nos sentemos a charlar, aunque empezó a ceder cuando lo invité un pancho. Fuimos a comprarlo, caminamos dos cuadras juntos y él era el que me preguntaba a mí, decenas de cuestionamientos, pero su principal duda era: “No serás de la Policía, no?”. Finalmente, pancho en mano, seguimos caminando hasta su cuadra y nos sentamos en la vereda. Ahí sí ya comenzó a hablarme más distendido. Tiene 21 años, a los 8 abandonó la escuela y siguió los pasos de su padre, “cuidamos autos, juntamos cartones, toda esa huevada”.
Hace 15 días fue papá y dice que trabaja en la calle para mantener a su niña y a su mujer. “Antes estaba también en la construcción, pero como no pagan me quedé con esto no más”. Aunque la calle te permite flexibilidad horaria, plata diaria y escasa disciplina, le gustaría encontrar un trabajo formal, aunque no sabe bien de qué: “De lo que sea, con tal de darle de comer a mi hija”, me decía mientras cenaba al lado mío, sentado en un escalón de un bar cerrado.
La charla se interrumpía cuando un auto salía, y todas las veces que lo vi, recibió dinero, aunque él asegura que no logra recaudar más de 100 o 150 pesos diarios. Confiesa que no recibe ningún plan social, porque no sabe cómo obtenerlos: “A mí no me dan nada”, me dijo un poco enojado.
Mientras hablaba con Ernesto, se acercó Juan: “Vení que me están haciendo una nota”, le dijo Ernesto. Juan sonreía y se sumó a la charla, a diferencia de sus compañeros, no me exigió la cena, pero lo invité y accedió gustoso. Nos fumamos varios cigarrillos los 3, ya Ernesto empezaba a creerme que de verdad era periodista. Juan fue quien más me conmovió, probablemente por su simpatía o por su historia, aunque no era muy distinta a la de Santiago y Ernesto.
El más joven de mis entrevistados tenía 20 años y una hija de un año y medio. Ya se separó de la mamá de su nena, porque le pidió un tiempo. Toda su familia cuida autos, pero él ya se cansó: “Del maltrato de la gente y de la Policía”, por eso estaba estudiando carpintería, oficio que me prometió retomar, porque sólo le quedan 5 meses, pero "lo tuve que dejar cuando nació mi hija, para dedicarme más tiempo a trabajar".
“Hago esto desde los 12 años, somos 5 hermanos, y yo me quería independizar para que mi papá use la plata para otra cosa. Él no quería que salga a la calle, pero yo quería comprarme mis cosas”, me contó. Su papá es carpintero y no vive con él, vive con un hermano mayor. “Yo ya me quiero ir de acá, pero mientras tanto esto me da de comer a mí y a mi hija. Yo hago que a ella no le falte nada”.
De repente, sentí una mezcla de sensaciones, la primera es que me dio vergüenza llevar esa campera de cuero negra, cuando los chicos tenían un buzo y un joggins y dos de ellos, gorrita. La segunda fue impotencia, porque esos pibes, casi contemporáneos a mi no tuvieron ni un 5 % de las oportunidades que tuve yo y yo me vine a enterar cuando me mandaron a hacer una nota, pero finalmente recordé que también había situaciones a las que me exponen los trapitos que me han enojado siempre:
¿Por qué cobran un monto? ¿Cómo le vas a poner un precio a la calle, que es pública?
“Yo cobro eso para defender el auto, por una moneda no me voy a pelear si se lo quieren robar”, me dijo Santiago y Ernesto confesó que sobre Arístides es raro que se roben un vehículo, “pero bueno, yo les digo 20 pesos, para que me den menos, si nunca te dan eso”. En cambio, Juan me contó: “Yo trabajo a voluntad, lo que me puedan dar”.
Mucha gente les da para que no le rayen el auto...
“No, yo no, aunque hay algunos que sí se enojan y si les dan una moneda se la tiran fuerte contra el auto”, dijo Santiago. Juan, en cambio, negó rotundamente que fuera a rayar un vehículo, “yo con tal de no meterme en problema los dejo ir no más”. Y siguió: “Nos quieren hacer quedar mal a los trapitos, pero a mi hermano una vez le tiraron la camioneta encima. No le quisieron pagar y cuando se iban, lo atropellaron”.
Ernesto no fue la excepción, también dijo que esa creencia es un mito, “yo nada más los puteo, cuando no me quieren pagar”.
Lamentablemente, y aunque creíamos que eran los jóvenes los más agresivos, los 3 trapitos contaron que en verdad son las personas más grandes las más agresivas.
¿Le tienen miedo a la Policía?
“Sí, porque te llevan y te tienen 4 o 5 horas adentro, por averiguación de antecedentes y uno pierde el día de trabajo”, dice Juan.
¿Y les piden coimas para dejarlos trabajar?
“Algunos sí, otros no”, dijo Ernesto sin explayarse, probablemente porque volvió a desconfiar de si yo era o no policía.
Producción: Ana Saldaña

