Crónica de un asesinato a las 7:37
Acabo de escuchar una ráfaga de balas. Son las 7:37 del sábado. El barrio está en calma, perfumado. Son los jazmines que brotaron hace varios días y están abiertos largando su aliento. Igual que los árboles. La ráfaga fue una descarga de un 22, completa. En pleno silencio hipnótico se destacó la ráfaga.
Ahora se escucha una sirena. Lejana. Se acerca. Es la policía que viene abriendo paso a cien por hora. Por la puerta de mi casa pasó una 4X4 a mil. Escapando. Escucho el rechinar del caucho de las cubiertas en el asfalto. La 4X4 busca atajos y es un escándalo en las curvas. La policía cada vez más cerca.
El barrio rezonga antes de lo previsto. El sol sale a fisgonear antes de lo habitual. La ráfaga de balas ha modificado la física del barrio. Alguien está muerto en la vereda. Ahora se escuchan los gritos de un niño: ¡No! ¡No! ¡No! –grita. Yo sigo escribiendo, relatando ese tajo en el silencio de la mañana. No veo pero escucho. Solo eso. Escucho y escribo.
Iba a escribir sobre otra cosa pero fue fulminante la ráfaga en el amanecer. No sé bien como suceden, ahora, los hechos. Por la puerta de mi casa pasa una pareja de jóvenes. Una piba y un pibe hablando fuerte. Borrachos. Se besan frente a mi ventana. Yo los veo pero ellos no. Tengo las cortinas americanas bajas pero yo los veo y ellos no. La calle es un infinito y sordo desierto perfumado por los jazmines que largan su resuello. El pibe, apasionado y enclenque, le mete manos y la piba se enoja. Le pega una cachetada y le grita ¡¡¡Hijo de puta!!! El pibe dice “eeeeeeehhh…¡¡¡qué pasó mi amor!!!”. La piba se va y él le grita de atrás para que vuelva. Se van. Se van de la ventana de mi casa.
El barrio descansa ahora. Son las 7:49 de la mañana de sábado. Ya no se escuchan los gritos del niño. Hay silencio. Debe estar el muerto tirado a un par de cuadras con una aureola de sangre, tapado. Objeto de burocracias y peritajes. Y yo escribiendo sobre su viaje. Y yo escribiendo sobre los gritos del niño. El sol ha decidido copar la parada y ser la luz más fuerte por 12 horas. El aire es fresco y agradable. Mi mates, reparadores. La vida es esto y pasa a metros de mi casa. Yo escribo.
Presto atención a los ruidos. Y no. Han desaparecido. Imagino los llantos que no escucho. Imagino. Solo imagino y escribo. Son las 7:54 de la mañana de un sábado agradable y fresco con el sol ya instalado iluminando la montaña húmeda. Los jazmines escupen como en un orgasmo su perfume. El barrio está apacible. Solo fue una ráfaga. Una ráfaga de descarga de un 22 sobre el cuerpo de alguien que yace en la vereda de una casa a unas cuadras de mi casa. No sé. No sé más que lo que escuché. Ésta es la crónica.