Cárceles mendocinas: los grupos especiales y el mantenimiento del orden durante los motines
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Las funciones asignadas a este grupo fueron la intervención directa en situaciones de alteración del orden, reducción de internos alterados y acompañamiento de encierro no convencional (que es cuando el interno se niega a estar encerrado).
Debido a que hasta ese momento no existían grupos especiales dentro de las cárceles de Argentina, personal de Infantería de la Policía de Mendoza era el encargado de intervenir cada vez que se generaba un motín. Acostumbrados a realizar maniobras en lugares abiertos, los efectivos no estaban capacitados para operar dentro de los módulos y pabellones de las cárceles, y esto desembocaba en mayores hechos de violencia y pérdidas de vidas.
Tomando como referencia este fracaso, el GEOP comenzó a desarrollar técnicas propias de instrucción, contención, prevención, brechado de puertas y cómo romper barricadas, dentro de espacios acotados, con escasa o nula iluminación y en el menor tiempo posible.
Para lograr más rápidamente una resolución favorable del conflicto, se instituyó una Unidad de Negociación, que junto al Comité de Crisis, sirven de nexo para prevenir que las situaciones de toma de rehenes alcance proporciones inesperadas.
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Conformación del grupo
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La capacitación consta de tres etapas: adaptación básica (donde lo que se busca es llevar a la persona hasta el límite de su resistencia física y mental), instrucción en infantería (uso de armas no letales), y la última etapa, que consiste en la instrucción en la manipulación de material de punta, que son utilizados en las operaciones especiales.
Con el aumento de la instrucción, se comenzó a desarrollar equipamiento propio que se adecue a las nuevas condiciones. Desarrollaron herramientas para cortar candados y barretas (para casos de incendios), se especificó la tecnología (como linternas que iluminen en total oscuridad, -imprescindibles dentro de los pabellones-), y se empezaron a utilizar otro tipo de armamento específico, abandonando aquellas armas de la década del ’70 y adoptando otras más seguras y efectivas. (Ver galería de fotos).
El rehén como eje de la negociación
El tema de la toma de rehenes adquirió importancia en nuestro país a partir de la “Tragedia de Ramallo” en 1999. El entonces presidente Carlos Menem promueve la creación de lo que se dio a conocer como Proyecto DACSSI (Delitos de Alta Complejidad de Subsecretaría de Seguridad del Interior), que dependía de la presidencia, y se le entregaba a un juez la conformación de un protocolo para que se aplique en las situaciones de toma de rehenes.
Orellana asegura que de acuerdo a su experiencia, las tomas de rehenes nunca son iguales, aunque mantienen algunos patrones comunes. El manual que se emplea en las cárceles argentinas se confeccionó en base a otro redactado por el FBI en 1979, lo que deja en evidencia una serie de errores que tuvieron que ser salvados necesariamente por el sentido común.
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Sin embargo, la negociación siempre tiene un límite, que es cuando se comienza a hacer daño a los rehenes. La captura es un momento psicológico muy fuerte, casi “brutal”. Uno pasa de ser “alguien” a “nada”. Cada persona es un elemento de negociación, cuyo valor es casi inexistente.
Por esto mismo se trabaja la misma de varias aristas y se intenta no descartar la intervención de la fuerza, de modo que la situación se resuelva favorablemente para todos los actores.
De todos modos, Orellana aclara que si bien la toma de rehenes es algo imprevisible, la experiencia indica que cuando no es bien resuelta, queda un problema subyacente, que vuelve a explotar con más fuerza nuevamente.
Por: Horacio Yacante






