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Crimen de Verónica Escudero: la familia de la niña asesinada abandonó Tunuyán por miedo a represalias

Los parientes de la chica que fue encontrada ahogada y violada en el río, temen que la familia de los acusados reaccione en contra de alguno de sus otros cuatro hijos. Además consideran que volver a la casa ubicada en el pasaje Italia les haría revivir todo el horror padecido.
La vivienda permanece vacía desde el funeral.
La vivienda permanece vacía desde el funeral.

En twitter: @horayacante

Este fin de semana, los padres de Verónica Escudero, la nena de once años que fue hallada muerta el viernes sobre uno de los brazos del río Tunuyán, decidieron dejar la casa en la que habían vivido hasta ahora, para mudarse al domicilio de unos familiares en Guaymallén. Entre las razones que confesaron a sus amigos y allegados, se encuentra el miedo de permanecer cerca de los tíos de la nena, además que querer continuar la crianza de sus otros hijos, alejados del horror que vivieron allí.

Según el testimonio de una amiga del matrimonio, tanto Ricardo Escudero (el padre), como Alejandra García (la madre) aún no salen del shock por todo el horror que tuvieron que vivir desde la tarde del viernes, cuando constataron que la niña había desaparecido, hasta que finalmente enterraron su cuerpo en el Parque de Descanso de Guaymallén, durante la mañana del sábado.

Dadas ciertas particularidades del caso, el matrimonio se vio obligado a tomar una decisión radical, y abandonaron la casa donde habían vivido los últimos años, ubicada en el tranquilo pasaje Italia, a sólo tres cuadras de la calle principal del departamento.

El motivo más fuerte se centra en el miedo de ser víctimas de represalias por parte de la familia de Ricardo, debido a que uno de sus hermanos y un hijo de éste, fueron detenidos en los últimos días, a raíz de algunos dichos y declaraciones de Alejandra.

Además de esto, la idea de instalarse en Villa Nueva, en la casa de unos familiares la madre, se sustenta en el hecho de que tienen cuatro hijos más, de entre 7 años y seis meses, y quieren la crianza de ellos se desarrolle lejos del horror vivido con Verónica.

La familia vivía en una casa tipo conventillo detrás de la pared pintada de rosa.

Verónica, la niña

Según algunos vecinos del pasaje Italia, Verónica era una chica como el común de las nenas de su edad. Además de cuidar de sus hermanitos, aprovechaba la tranquilidad de la callecita de tierra para jugar con los otros niños de la cuadra.

A la vista de sus amigos, Verónica era una chica alegre, algo tímida y bastante distraída. Asistía de lunes a viernes al turno mañana de la escuela Antonio Torres, ubicada a tres cuadras de su casa, de la que iba y volvía caminando. Una vez a la semana también iba de tarde a la clase de “Proyecto”.

Su madre, de 38 años, dedica gran parte de su tiempo a atender a los hermanos más pequeños, sobre todo a la criatura que se sumó al hogar hace seis meses. Además, lidia con las consecuencias de una operación reciente al riñón, lo que amplifica el esfuerzo.

Sin embargo, más allá de estas limitaciones, Alejandra no dejaba de atender su hija mayor, en la que empezó a notar un cambio de humor, sobre todo en los últimos tres meses.

La niña vivía a tres cuadras de la escuela Antonio Torres.

La denuncia ignorada

Cuando trascurrían los primeros días de marzo, Alejandra, muy preocupada, interrogó a Verónica sobre su comportamiento hasta que finalmente la niña confesó que había sido víctima de algunos episodios de abuso por parte de uno de sus tíos (hermano de Ricardo), que vivía en una de las habitaciones del amplio caserón que compartía la familia.

 La niña dijo que su tío la había obligado a bajarse la bombacha y que había tocado varias zonas de su cuerpo.

A partir de este testimonio, Alejandra tomó la decisión de denunciarlo ante la Justicia, sin embargo, el titular del Primer Juzgado de Instrucción de Tunuyán, Oscar Balmes, desestimó las declaraciones de la nena, argumentando falta de verosimilitud e influencia de la madre en los dichos de la niña.

Dos meses después, Alejandra García y el magistrado se volvieron a ver, mientras esta madre desconsolada le gritaba: “¿Ahora sí me cree? ¿Ésta es la prueba que quería?”

Lo cierto es que la niña había variado su humor considerablemente desde ese episodio (una versión afirma que el abuso se repetido al menos dos veces más). “Caminaba entre la gente desconfiando de todo el mundo, ya no miraba con alegría”, observó la misma vecina.