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Inseguridad, ¿cómo convivir con esto y sobrevivir el día a día?

Desde el vecino más desaprensivo hasta el tipo que te tira el auto en una esquina. Desde el policía que no cumple hasta el empresario que te usa o te estafa, es moneda corriente. Desde el pibe que te pide hasta el delincuente que te asalta, y si está descontrolado te muele a golpes o te mete un tiro. ¿Qué hacer?, ¿Cómo hacer?.
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Vivo en Mendoza hace seis meses. Cuando vivía fuera del país, hace un par de años, Mendoza ya sonaba como una provincia insegura, peligrosa, al decir de mis coterráneos y a las noticias. El recuerdo que tenía de la provincia, de hacía al menos cinco años, no me dejaba relacionar las últimas novedades con la realidad de los mendocinos.
 
Ahora sí. Hoy más que nunca. Vivo en Godoy Cruz, a seis cuadras del “zanjón” Moreno y a otras tres de la Paso de los Andes. Podría decir que la zona es relativamente tranquila, ya que en dos meses que llevo viviendo aquí no me han asaltado, ni me han golpeado. ¿Pero es tan así?. ¿Existen las zonas tranquilas en Mendoza?, ¿O es hasta que te toca?
 
Personalmente me siento en el filo de un hecho de violencia cada día. O al menos día por medio. Y no es que viva en un barrio jodido o que trabaje en un lugar de riesgo, en una profesión de riesgo. Sin embargo, es raro que pase un día o dos sin que me vea expuesto a una situación en donde todo puede terminar mal.
 
Ejemplos
 
Iba caminando con mi mujer en dirección al centro, y nos animamos a cruzar la calle aunque un vehículo ya estaba por atravesar la perpendicular al paso de cebra por donde pisábamos. Pasamos, pero los dos tipos no pudieron con el genio y aminoraron la marcha. El acompañante sacó la cabeza por la ventanilla y me dijo: “agradecé que vas con el bombón al lado…”. Traducción posible: si cruzo la calle solo y no espero a que pasen los “señores”, me hubieran tirado el auto encima. O me hubieran puteado de arriba abajo. O se hubieran parado y me hubieran golpeado.
 
Desde que nos mudamos tenemos problemas casi todos los días con los cuatro perros del vecino. Ladran a cualquier hora y es imposible hablar, o si uno está durmiendo, no despertarse. Anteriormente me tuve que mudar de otro departamento porque los vecinos tenían alrededor de 25 perros y eso fue lo más parecido a la tortura del sueño de los chinos que pude vivir en carne propia. (Sí, 25 perros totalmente descuidados y para colmo amparados por un par de protectoras de animales que los recojen de la calle y se los endilgan a esta pareja de ancianos para que los tengan en su gran patio, a cambio de comida y algunas monedas, imagino).
 
Pero volviendo a los vecinos con los cuatro perros, el primer día que llegamos a la casa y al escuchar semejante lío, fuimos a hablar con ellos y les explicamos que no podíamos siquiera mantener una conversación en nuestra casa, por los ladridos a toda hora. De dormir ni hablar.
 
Estos vecinos nos dijeron de mala gana que los harían callar, y esto duró unas horas. Al otro día la misma historia, hasta hoy. Fuimos a hablar un montón de veces, y seguimos prácticamente en las mismas. Tratamos nosotros de ser buenos vecinos, pero a ellos por lo visto les da lo mismo. No nos respetan, e incluso el padre de la familia me dijo que si nos molestaban los perros que ya veríamos lo que tendríamos que aguantar con el centro de jubilados de al lado.
 
Porque resulta que contiguo a la puerta del vecino, que vive en un departamento interior, hay un centro de jubilados. La mujer que lo administra vive en el fondo, con sus hijas. Y esta mujer alquila el centro de jubilados para hacer fiestas de todo tipo.
 
El problema no es sólo que lucre con el centro de jubilados alquilando el salón. El problema es que el salón es un galpón que no está insonorizado como la ley lo indica en el caso de que se utilice con música a volumen alto. Entonces los fines de semana que está alquilado al menos en nuestro caso y en el de los otros vecinos colindantes es imposible pegar un ojo. Y todos sabemos que un cumpleaños de quince o una celebración similar dura hasta altas horas de la madrugada.
 
Obviamente fui a hablar con la mujer. Obviamente hablé con quienes alquilaron el salón en cada momento en que no podía ni siquiera entenderme a los gritos en mi propia casa. La mujer me despachó el par de veces que la interpelé con un: “Bueno bueno, ya le pido al chico que baje la música”. Algo que nunca sucedió. En cuanto a los que habían alquilado el salón circunstancialmente, todos esgrimieron que lo habían alquilado para una fiesta, y que era normal que festejaran con música, gente en la vereda y autos yendo y viniendo hasta última hora.
 
Sólo pondré estos ejemplos para no dilatar el asunto. Y el asunto es que hoy por hoy, cada quien hace lo que le viene en gana y no le importa en absoluto lo que pueda provocarle a los demás. Y todos sabemos lo que pasa cuando uno va a reclamar justicia a la autoridad pertinente. ¿Hubiera salido la policía a buscar a los que me insultaron a mí y a mi mujer cuando casi nos atropellan?, ¿Hubiera venido la municipalidad a conminar a mis vecinos a controlar a sus perros, o de lo contrario se los hubieran quitado?. ¿Hubieran venido del municipio a controlar que el salón de al lado esté insonorizado, cuando el mismo salón tiene la venia del gobierno como centro de jubilados y encima una de las hijas de la regenta es policía y vive allí?.
 
¿Y qué pasaría si yo salgo a hacer justicia por mano propia, cómo hizo Emanuel y su familia y amigos?. ¿Alguna de las personas con quienes tuve un cruce desagradable hubiera terminado dándome una trompada, o un tiro, o una puñalada en el cuello para terminar con mi vida en unos segundos, igual que le pasó a Emanuel?. O lo que es peor, ¿Hubiera terminado haciéndolo yo?.
 
No le estoy echando en cara a Emanuel que él también fue responsable de su muerte al salir a perseguir al delincuente que quiso asaltarlo, que quede claro. No se lo puedo echar en cara porque Emanuel probablemente estaría harto, aún a sus quince años, de tanta inseguridad y de tanta injusticia en su sociedad, y ante la falta de cumplimiento de los actores puestos a darnos seguridad y justicia, el chico decidió hacer algo por él mismo para remediarlo.
 
Sin querer, con el recuerdo fresco de Mikaela, a pocos días del crimen de Matías Quiroga, y a menos días del asalto al taxista a cuchilladas por parte de un delincuente y su hijo de nada menos que cinco años, me dí cuenta de que todos podemos ser un Matías Quiroga hoy más que nunca, con un balazo en el pecho, o un Emanuel con un tajo en la garganta, desangrándose hasta morir en la calle. Hoy más que nunca, todos podemos terminar así un día de éstos.
 
Yo sin ir más lejos me quiero agarrar a trompadas día sí y día no con todas las personas que me rodean y que cometen una injusticia contra mí. ¿Qué es lo que me impide a último momento convertirme en víctima o victimario?.
 
Supongo que la esperanza de que la persona que está cometiendo una injusticia en mi contra se dé cuenta en algún momento, y pare la pelota. Entienda mi situación, me respete y trate de revertir el proceso sin llegar a las manos, situación en donde ya se sabe que no hay ganadores.
 
Hace unos años estuve en Guatemala y la inseguridad y la delincuencia en ese país estaba a tope. Como turista, yo me sentía más inseguro y más blanco de la delincuencia que cualquier otro ciudadano. Fue en Huehuetenango, una ciudad de Guatemala proporcionalmente desarrollada como Mendoza, donde a sólo cuatro cuadras de la plaza principal, ví un graffiti en una pared que decía: “Vecinos organizados en contra de la delincuencia”. A este punto han llegado, pensé. Pero no terminaba ahí la historia. Al doblar la esquina y apenas haber caminado unas cuadras, con la misma tipografía encontré otro graffiti que decía: “Delincuentes organizados en contra de la vecindad”.
 
El desparpajo de la delincuencia en aquella ciudad era absoluto. Fue imposible, aún como turista y recalando en los sitios donde me parecía más seguro, dormir tranquilo una noche. Así estaban las cosas allá, y me preocupa que un día de éstos comience a sentir lo mismo donde vivo. ¿O ya debería empezar a preocuparme un poco más?.
 
En Mendoza, a la gente de mal vivir no le importó la demostración de dolor e ira que manifestó todo el pueblo cuando asesinaron a Matías. Al otro día, un padre y su niño le estaban dando cuchilladas a un taxista, y poco después nos enterábamos de la terrible suerte que corrió Emanuel. ¿Estamos disparados hacia una carrera desenfrenada de violencia e impunidad, donde la seguridad parece no encontrar su Norte?. ¿Estamos tan mal como parece?. ¿Es posible comenzar a revertir la situación y la sensación de desamparo en la que estamos viviendo?.


Atahualpa Acosta en Twitter @atahualpaacosta / en Facebook Alta Guapa