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La misma película del delito relatada por sus protagonistas

Como en un set de filmación de tamaño real, la Tercera Sección de la Capital se presta como escenario de una película protagonizada por cada uno de los que transitan por sus calles, y que de un momento a otro pasan de ser simples espectadores a protagonistas de una historia policial.
Foto: web
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A continuación el guión de una película en la que todos somos protagonistas y espectadores de lujo. Cada día tiene un título distinto, caras distintas, escenas intercambiadas, pero el argumento gira siempre sobre lo mismo.


Make Up

Como en un set de filmación de tamaño real, la Tercera Sección de Capital se presta como escenario de una película protagonizada por cada uno de los que transitan por sus calles, se entretienen en sus veredas, se amontonan detrás de los semáforos y se detienen ante alguna puerta para comprar en los comercios abarrotados de ofertas y mercaderías.

Miles de pares de ojos mirando a través de las calles, de los espejos retrovisores, detrás de las vidrieras; sin nunca perder detalle de lo que hacen los demás ni distraerse de lo que miran otros miles de pares de ojos.

En medio de esta vorágine humana, los actores recorren cada minuto que se desprende del día y se le arranca a la noche, por los rincones de un stage repleto de actores que pueden pasar de ser simples espectadores a protagonistas de acuerdo a un golpe de suerte.

Víctimas, delincuentes, policías y judiciales se mezclan en una trama circular que se retroalimenta y nunca deja ver ninguna de las puntas del ovillo.


Primera secuencia

Un chico de 18 años oriundo de un departamento del Este camina por calle Buenos Aires en dirección oeste desde la Costanera. Viene de comprar una cadena para su bicicleta mountain bike que usa para ir y venir del barrio La Favorita, que se compró porque estaba cansado de que los pocos colectivos que entran a la barriada nunca respeten el horario y ni siquiera lo dejen cerca de la casita a la que se mudó hace unas pocas semanas.

Baja por Buenos Aires enfrente del Acuario. Mira las paredes y piensa en los miles de peces que se encuentran dentro de las peceras gigantes. Peces de los mismos colores de los billetes que debió invertir en un repuesto que le devolverá la libertad para moverse por donde quiera.

El chico tiene una contextura delgada, acorde a su edad. Camina lento y mira el piso. Acostumbrado a moverse entre caras conocidas, no advierte la presencia de aquellos que sí lo notaron desde cincuenta metros atrás y ya calcularon el tiempo y escogieron las palabras adecuadas para abordarlo.

Así, en una sucesión de imágenes y palabras que no dura más de uno o dos minutos, una mujer de unos ventipico se le lanza encima y le ordena que no mire para atrás, que no se dé vuelta, que lo siguen, que lo ha fichado la gente de “El Gitano”, al que si no le das la guita te devuelve la indiferencia con sangre.

El chico se asusta. No sabe si creer o correr. Mira para todos lados y como no conoce a nadie, todos le parecen gente de El gitano, todos lo tienen fichado.

La piba le pide guita, le advierte que si no “pela” lo que lleva encima lo van a “hacer boleta”. Pero no tiene guita, se revisa los bolsillos y sólo encuentra el ticket de la cadena de bicicletas que compró en local ubicado en Lavalle y Palacios.

Sólo tiene un celular. Uno de los “caros”, de esos que se conectan a Facebook. Donde escribe acerca del empate arrancado a “los gallinas” y postea canciones de Nene Malo, cada una con dedicatoria incluida.

Para la piba “está bien”, con eso alcanza.

–Ahora andate rápido- le dice. –Yo me quedo y se lo doy a los pibes de El Gitano. Vos andate de acá-, y lo despide con un empujón.


Segunda secuencia

-Me robaron, señor, me robaron-.

-A ver, más despacio- intenta tranquilizarlo un policía de esos que andan por la calle y todo el mundo hace que no ve, hasta que pasa algo y todos se vuelven a buscarlo con la mirada.

-Se quedaron con mi celular. Se lo dieron a El Gitano. Me pidieron guita, pero andaba con la cadena de la bicicleta en una bolsa de nylon y le dí el teléfono a la mina para que los que me seguían se fueran con algo y no me puntearan la panza-.


Tercera secuencia

El ayudante fiscal sabe que lo más importante es demostrarle a la víctima que la Justicia está de su lado. Por eso, le pide el número del celular y lo llama desde un teléfono de esos que figuran como “privado” cuando el timbre suena del otro lado.

Lo atiende primero una voz femenina joven. Después un tipo. De nuevo la mujer y le plantea la posibilidad de un encuentro que resuelva todo.

-Traé trescientos “pe” al puente de la Terminal, vení solo y sin “la gorra” (la Policía), que te vamos a estar vigilando”-, le advierte, para que “no se haga el héroe”.

A los quince minutos se ven de nuevo las caras. La chica cuenta con el apoyo de un cómplice, alguien que le marca con los ojos que el pibe se acerca y se aferra a la baranda mientras la busca con los ojos.

Sin embargo, cuando se está por realizar la transacción, un flaco trabado deja de pelearse con su novia por celular y se le tira encima al supuesto “Gitano”, que en realidad es la pareja de la otra mujer de 23 años que también es detenida antes que pueda correr, por otro flaco de lentes oscuros que se le acercó desde la parada de colectivos.


Cuarta secuencia

De nuevo en la Oficina Fiscal se vuelven a reunir las mismas caras. El ayudante fiscal, los policías, la víctima y la pareja de delincuentes. Para la víctima es la segunda vez en esa oficina, pero para el resto, el mobiliario es más que conocido.

Sin embargo, como la Justicia “no busca que la cárcel se llene de ladrones de celulares”, el ayudante fiscal les propone una audiencia conciliatoria.

La Justicia no quiere que todo esto se convierta en un papelerío inútil, quiere que la situación se resuelva rápido. Pretende que víctimas y victimarios se vean por tercera vez a la cara y uno “se arrepienta” –o pretenda hacerlo-, y que el otro “lo perdone” –o haga “como si lo perdonara”-.


Secuencia final

Tres horas después, sale por puerta de la comisaría un joven que esta mañana tenía 18 años y sólo pensaba en cambiar la cadena rota de su bicicleta mountain bike, que le permite juntarse con los chicos y volver a su casa a la noche sin tener que ver como le crecen raíces mientras espera el colectivo; pero que ahora, no puede cruzar la calle sin mirar para todos lados en busca de la gente de El Gitano, que quiera cobrarse venganza por el arresto. Eso sí, sale con su celular intacto.

En la escena siguiente se ve la pareja que recobra la luz de la calle Rioja y se dirige al kiosco a comprar unos sándwiches triples que engañen los estómagos unas horas más.

En la siguiente toma, los ojos de los policías vestidos de civil -que unos minutos antes se lanzaron sobre los delincuentes y aún sienten fuerte en el pecho el golpe del corazón que les estalla de tanta adrenalina-, se cruzan con los del ayudante fiscal. Esos dos pares de ojos rabiosos se chocan con los del letrado que le retribuye una mirada de satisfacción, fruto de haber trabajado en pos de la Justicia y resolver una situación que mantendrá a los ladrones de celulares lejos de las cárceles, y que no engrosarán las ya recargadas estadísticas negativas.