Acentuaciones que asombran
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Muchas veces, a través de esta columna, hemos insistido en el carácter dinámico de las lenguas, como seres vivos. Ese dinamismo implica cambios que se advierten en todos los aspectos; uno de ellos, visible para todos, es la modificación de la tilde ortográfica.
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En efecto, sabemos que un viejo motivo de sufrimiento para los alumnos era el aprendizaje de cuándo debían tildarse los demostrativos. Todos recordamos la figura de alguna maestra o profesora que insistía en que debíamos colocar tilde siempre que ellos desempeñaran una función sustantiva y que no debíamos hacerlo cuando la función era adjetiva.
Entonces, escribíamos, por ejemplo “Esta tarde saldré de compras” y “No sé qué le pasa a ésta: no habla y anda con el ceño fruncido”. Luego, vino un período de por lo menos diez u once años, en que el usuario tenía la potestad de tildar o no, más allá de la función sustantiva o adjetiva del demostrativo en cuestión, siempre y cuando no hubiera ambigüedad, porque entonces la tilde se transformaba en un elemento “salvador” para no generar confusión: “Sé que esta tarde llegará a destino” (sin tilde, porque “esta” era el adjetivo que se refería a “tarde”) frente a “Sé que ésta tarde llegará a destino” (con tilde porque “ésta” era el pronombre en función sustantiva que aludía a alguien cercano al hablante y conocido por él).
Ahora el camino es más sencillo: NO TILDAMOS NUNCA LOS DEMOSTRATIVOS, aunque seamos mayores y tengamos grabada a fuego la vieja regla o aunque haya peligro de ambigüedad, ya que ella se puede salvar con otros recursos, como la sinonimia. ¿Es esto un capricho de las Academias? No, no lo es; significa guardar coherencia con otras formas del sistema, por ejemplo, con los indefinidos, que nunca plantearon esa dualidad. Pongamos por caso la forma “otro”: nunca la tildamos, fuera sustantiva o adjetiva, como en “Otro será el resultado” y “Otro camino no hay”.
Tampoco tildamos más la conjunción disyuntiva “o” cuando va entre cifras, ya que no hay peligro de confusión, en las tipografías actuales, con el número cero, pues ellos (el cero y la conjunción) se distinguen prácticamente por dos recursos: el tamaño mayor y el espaciado. Así, entonces, “La diferencia fue del 15 o 16 por ciento en los resultados”.
La otra tilde que quedó en el olvido fue la de “solo”. ¡Cuántas veces aprendimos y enseñamos a diferenciar “solo” como adjetivo, de “solo”, como adverbio equivalente a “solamente”! Incluso, como en el caso de los demostrativos, nos enseñaron a desambiguar mediante la tilde: “Eduardo vendrá solo al baile” (sin compañía) y “Eduardo vendrá sólo al baile” (únicamente al baile). Hoy, ya no tildamos más y, en los casos de ambigüedad, acudimos a formas sustitutivas; así en “Mi hermano estudia solo inglés”, deberé desambiguar añadiendo “sin ayuda”, si quiero indicar que lo hace en soledad, o “únicamente”, si deseo señalar que no estudia el resto de las asignaturas. Aquí también se ha querido guardar coherencia con otros casos del sistema, que nunca se tildaron, como la forma “seguro”, que puede ser adjetivo o adverbio: “Es un camino seguro” y “Seguro lo dejan en libertad”.
¡Cómo nos cuesta no colocarle tilde a “guion”! Hasta la Ortografía de 2010, teníamos la potestad de tildarlo o no y así lo hallamos en los diccionarios académicos; hoy YA NO SE TILDA porque, guarda coherencia con el resto de los monosílabos que no deban llevar acento diacrítico: “fue”, “fui”, “vio”, “dio”, “pues”, “ya”, “cien”, “sien”, “riel”.
En la misma situación se encuentran las formas verbales, en pretérito perfecto simple, como “rio”, “fio”, “guio”, “frio” y similares. Así, entonces, tendremos “Él se rio de mis propuestas” y “Yo me río de su audacia”; “Ella le fio dos kilos de yerba” y “No me fío más de su aparente cortesía”; “El joven guio a los turistas” y “Ya no me guío por los carteles”; “Susana frio todas las milanesas” y “Nunca frío la carne, la cocino en el horno”.
Advertimos que las primeras formas de cada pareja están en pasado y no llevan tilde, mientras que las segundas, en presente, sí la llevan, pues hay hiato entre las vocales. ¡Ah! El corrector de la máquina me da como error la falta de tilde en las formas monosilábicas de pasado; no se asuste: habrá que programarle los cambios pues, seguramente, no los tiene incorporados. Ello demuestra que siempre, detrás de la corrección automática, debe existir la vigilancia inteligente del que manipula los medios mecánicos.
* Nené Ramallo es la directora del Departamento de Letras, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo; es lingüista, especialista en dialectología.


