¿Por qué regular la expresión oral y escrita?
¡Qué lástima no entender la necesidad de regular la expresión oral y escrita a través de normas que establezcan qué cosas pueden decirse y cuáles no! Es lamentable que se piense que el transmitir normas de corrección pueda deberse a una política restrictiva.
De hecho, no lo es; debemos pensar en el valor de la palabra bien escrita, sin errores de ortografía, de concordancia o de conjugación; por supuesto que, a nivel familiar, nos permitimos hablar de un modo menos estricto y nadie va a corregirnos si no guardamos todas las formalidades.
Pero, a la hora de redactar un informe médico, una ley, un testamento, un discurso que pretendan ser bien leídos o escuchados y correctamente comprendidos, nadie puede permitirse utilizar el lenguaje a su antojo por el riesgo que conlleva una mala interpretación, riesgo que puede acarrear consecuencias serias, como la anulación de un proceso judicial o la incorrecta decodificación de un texto.
Por supuesto que es mucho más cómodo hablar de cualquier modo y escribir sin atenernos a las reglas en vigencia; del mismo modo, sería más sencillo para un deportista ir a una competencia sin el duro entrenamiento y a un concertista sentarse a interpretar una obra musical sin ensayo y sin horas de rigurosa técnica. Se vive en la prisa del instante y la cultura del esfuerzo es criticada y denostada.
Las lenguas muertas no existen: son seres vivos que van evolucionando conforme a la evolución cultural y a las necesidades de los seres humanos. Invito al lector que critica la normativa a que lea y busque una obra de principios del siglo XX y que compare el modo de hablar de entonces con el actual: del cotejo va a surgir sola la evolución del español. Pero, como todo ser vivo, debe haber un criterio regulador, no inhibidor, para que la comunicación fluya con naturalidad y, al mismo tiempo, con inteligibilidad. ¿O todavía hablamos como nuestros bisabuelos y escribimos “obscuro”, “substantivo” y “harmonía”? ¿Y no usamos, en cambio, palabras que hace quince años atrás ni soñábamos simplificar como güisqui, escáner o yóquey?
Tampoco se puede juzgar el valor etimológico de los términos ya que la verdadera etimología es la que acompaña la historia de la palabra, desde su origen hasta la época actual; por eso, hoy los jóvenes, con una gran pobreza de vocabulario, pueden usar para todo el comodín “bárbaro”, para designar una pluralidad de situaciones, sin saber que esta palabra quería decir, en su origen, “extranjero”. O, en época de elecciones, hablamos de “candidatos”, sin conocer que, etimológicamente, estos personajes se llamaban así porque vestían una toga blanca o “cándida” (de color blanco brillante), que señalaba su pureza y limpieza en todo sentido.
Invito a esta persona oculta tras un seudónimo (o pseudónimo, etimológicamente) a vivir la lengua, a usarla con verdadera conciencia de su valor porque, como decía Blas de Otero, en su poema Me queda la palabra:
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
* Nené Ramallo es la directora del Departamento de Letras, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo; es lingüista, especialista en dialectología.
Quienes deseen escucharla tendrán la oportunidad de hacerlo en el curso "La ortografía española en la segunda década del siglo XXI: novedades y tradiciones", que la especialista brindará los sábados 4, 11, 18 y 25 de junio, de 9.30 a 11.30 en la Facultad de Filosofía y Letras. Informes: Nené Ramallo [[email protected]]

