Dinero en negro: la parte oculta del negocio de los casinos
A los tipos les gusta ostentar. Ropa extravagante, anillos de oro con piedras preciosas, cadenas y pulseras. Y la verdad es que, a pesar de mostrar tanto, las chances de ser víctimas de un asalto son muy pocas. Si lucen así, es porque saben que nadie en su sano juicio –ni bajo efectos alucinógenos- probaría suerte con ellos. Inspiran un nivel de respeto que se parece mucho al temor. Son especialistas a la hora de moverse en ambientes oscuros, más allá de las luces de colores que los rodean. Son conocedores de la ilegalidad; de trampas y tramposos. Y ese es su juego. Prestan plata, cobran el interés por adelantado y, casi siempre, salen ganando.
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Durante esos años, en el casino que funcionaba en calle 25 de Mayo, detrás del viejo Plaza Hotel, operaban 17 prestamistas. En la actualidad, sólo 5 lograron mantenerse. Y cada uno tiene un público determinado y redes de colaboradores que sueñan con montar su negocio propio.
Según cuál sea el casino, se mueven con mayor o menor libertad. En todos los casos, los directivos están al tanto de su presencia. Depende de los parámetros de calidad que manejen, si los dejan entrar o no.
“Hay casos donde los tipos se pasean por la mesa y van prestando plata en el lugar. Los gerentes saben que esto ocurre y lo permiten. Mi sospecha es que en esos casos, el dinero que se presta es dinero en negro del mismo casino. La hacen recircular de esa manera”, explica.
Quién es quién
En el mundo de los prestamistas hay dos grupos demarcados. Una parte busca tentar al jugador marginal, al que va a buscar la buena fortuna a las máquinas tragamonedas y que está dispuesto a dar cheques, pagarés, autos y escrituras a cambio de pequeños importes diarios que permitan mantener su vicio.
“Trabajar con esa gente no sirve. No se le puede prestar cuatro mil pesos a una persona que tiene un sueldo de tres mil por mes. Es posible que se logre cobrar lo que uno presta, pero casi seguro que se gana un problema. Por eso, insisto, en esos casos, los directivos de los casinos también están pegados en el negocio”, argumenta el prestamista invitado.
“Yo, por ejemplo, sólo me manejo con gente de plata. No les presto, sino que brindo un servicio. ¿O vos saldrías a la calle con 30 mil pesos en el bolsillo? Bueno, ellos tampoco. Para eso estoy yo. Hay gente que me llama de San Juan y me pregunta si estoy en condiciones de apoyarlos con 50 mil pesos. De ese modo, se ahorran viajar con el dinero encima”, completa mientras toma un té con una medialuna y atiende dos celulares casi al mismo tiempo. Cuando habla por teléfono, menciona dos apellidos y confirma todo lo anterior: son empresarios reconocidos que lo buscan antes de entrar al casino como si se tratara de un cajero automático itinerante.
Una vez que el dinero fue prestado, se cobrará en cuestión de días. Dos o tres, no más. Todo, bajo una única condición: únicamente efectivo. “Nada de cheques ni de esas cosas. Ya tuve malas experiencias, porque cuando uno entra a un banco, ya empiezan a seguir todos los movimientos de la plata. Pero esto lo puedo decir después estar muchos años haciendo lo mismo”.
¿Dónde está la ganancia? Antes de prestar el dinero, se asegura el diez por ciento. Le piden mil, entrega novecientos. Si la devolución es apenas unos días después, las utilidades son exponenciales. Y sí, a eso se lo suele llama usura.
“Si el cliente es muy bueno y el monto es importante, hago una excepción y cobró el cinco por ciento”, aclara.
De aprietes, policías y tragamonedas
Hasta acá, todo sin problemas. El hombre gana dinero fácilmente, dice que no le hace falta dedicarse a otra cosa, evade impuestos, no paga alquiler ni insumos de oficina y sus contratos son de palabra. Pero… ¿Y si el cliente no paga?
“Por eso hay que saber a quién se le presta. Cuando yo veo a una persona caminar en un casino, ya sé si puedo prestarle o no. Igual, tiene que venir recomendado. No le presto a cualquiera. Hay otros que sí, le dan plata a un empleado municipal para que juegue a las tragamonedas. Eso no lo haría nunca”, sentencia, y marca la diferencia con sus competidores.
Hacer negocios con asalariados que cayeron en el vicio de la maquinita es meterse en problemas y complicarse la vida. Sobre todo, porque la vieja y mentada técnica del apriete ya no funciona como antes. Basta con que un grandulón pegue un golpe de más para que la policía se haga cargo del caso.
La cabeza del prestamista tendrá precio. Lo buscará la Justicia, lo perseguirá la AFIP y aquellos directores y gerentes de casinos que antes lo cotejaban, querrán deshacerse pronto de ese lastre.
“Si uno está en esto, no es precisamente por las tragamonedas”, dispara casi en el final de la entrevista.
Desde que aparecieron estos aparatos, todo cambió para los prestamistas. Antes, el casino era para gente de alto poder adquisitivo, que disfrutaba al competir con sus pares para ver quién tenía más dinero para despilfarrar al azar. Ahora, pasó a ser un mero recurso de entretenimiento para los que menos tienen. Alcanza con cinco centavos.
Operar con unos o con otros, marca la diferencia entre usureros y vampiros. Es un tipo de código de ética. Fuera de la ley, claro, pero código al fin.
“Eso sí que es robar. Lo que los casinos hacen con la tragamonedas, es robar a los que menos tienen. Por eso si alguien quiere hacer negocio ahí, debe saber que el riesgo es grande o que tiene el dinero asegurado por otro lado”.
Los celulares siguen sonando. Es una hora pico de juego. Todos quieren dinero. Si la entrevista continúa, sus clientes se irán. Entonces paga la cuenta y, al menos esta vez, salió perdiendo.


