Obediencia a las convenciones
Una lectora, docente frente a alumnos curiosos, desea saber la causa de la acentuación ortográfica de las palabras agudas que terminan en N, S o VOCAL y de las graves que no poseen esas terminaciones.
Conviene responder a este interrogante mediante la explicación de la noción de CONVENCIÓN LINGÜÍSTICA. ¿De qué se trata este concepto?
Si recurrimos a la definición de “convención”, encontramos el siguiente concepto: “Ajuste y concierto entre dos o más personas o entidades”.
Efectivamente, el término se vincula al verbo “convenir” cuya primera acepción es “ser de un mismo parecer o dictamen”. Si trasladamos esta noción a la lengua, cualquiera sea ella, nos encontramos con un concierto de voluntades, las de los académicos, que acuerdan las normas ortográficas que nos rigen.
Trasladada esta respuesta al campo de la acentuación, podemos afirmar que la Real Academia Española, fundada en 1713, y las veintiuna Academias de la Lengua Española diseminadas por el mundo (Colombia, Ecuador, México, El Salvador, Venezuela, Chile, Perú, Guatemala, Costa Rica, Filipinas, Panamá, Cuba, Paraguay, República Dominicana, Bolivia, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Honduras, Puerto Rico y Norteamérica) establecen por consenso o convención las normas que nos rigen. Leemos en el prólogo del Diccionario panhispánico de dudas: “Lo que las Academias hacen es registrar el consenso de la comunidad de los hispanohablantes y declarar norma, en el sentido de regla, lo que estos han convertido en hábito de corrección, siguiendo los modelos de la escritura o del habla considerados cultos”.
Planteado el concepto de norma establecida por convención, cabe preguntarse si el código ortográfico debe ser invariable, definitivo, resistente a toda discrepancia y sin posibilidad de modificación posterior De ninguna manera. Las Academias, ahora más que nunca unidas por un criterio panhispánico, aceptan la incorporación de cambios y la modificación de la norma establecida, cuando ellos están debidamente fundados. Esto ocurrió, por ejemplo, con la modificación de la tildación de las formas verbales con enclíticos. Hasta la última década del siglo XX, veíamos escritas formas como “tomáte” o “inscribílo”, en las que se había respetado la acentuación gráfica de las respectivas formas verbales en imperativo, “tomá” e “inscribí”. A partir de la versión ortográfica de 1999, esas formas verbales comenzaron a ajustarse a las normas generales de acentuación, esto es, por ser vocablos graves, acabados en vocal, no llevaron más tilde. Así, hoy escribimos Tomate un té antes de salir o Llevate a tu hijo e inscribilo en una actividad deportiva, oraciones en las que las formas tomate, llevate e inscribilo no portan tilde porque se ajustan a la regla general de acentuación.
Otros cambios que se produjeron, a lo largo del siglo XX, fueron la supresión del acento ortográfico en las formas verbales fue, fui, vio y dio; también, en el diptongo –ui siempre que no perteneciera a una sílaba final de palabra aguda o antepenúltima de una esdrújula; entonces, escribimos hoy construido, pero construí; jesuita, pero jesuítico; incluir, pero incluí. Y tenemos la posibilidad de escribir guion sin tilde, si consideramos al término como monosílabo, o guión, si lo pronunciamos como bisílabo.
Finalizo, entonces, contestándole a la docente frente al alumno curioso: no hay causa lógica para explicar por qué la regla eligió esas terminaciones y no otras; hay, en cambio, obediencia a una convención establecida y a una tradición respetada.



