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La historia de una mujer que volvió del pasado para hacer justicia

Luz Faingold fue la protagonista de uno de los casos que más comprometieron a los camaristas federales Luis Miret y Otilio Romano, imputados por ser encontrados cómplices de la última dictadura militar. En la presente nota, el relato de lo que sucedió cuando tenía 17 años y la búsqueda de castigo para los responsables. Una postal de la memoria
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Que Luz Faingold sea una de las personas que puso contra las cuerdas a los camaristas federales Luis Miret y Otilio Romano, no la convierte en una militante clásica. Lejos de los estereotipos, a la principal querellante en la causas contra los jueces imputados por ser cómplices de la dictadura, la movió un sentimiento de responsabilidad. Ni revancha ni venganza ni revolver el pasado. Sólo responsabilidad.

“Estuve unos días en estado de shock cuando mi nombre volvió a aparecer en las causas. Entonces me apoyé en un principio budista que dice que no hay que desligarse de la responsabilidad. Decidí encarar este proceso para buscar justicia, ya no sólo por mí, sino por mis hijos. Quiero que Miret y Romano vayan presos”, sentencia.

Entre 1984 y 2009, Faingold intentó no verse afectada por el pasado. Regresó del exilio con el único objetivo de rehacer su vida. Abandonó su faceta política, se limitó a conseguir el sobreseimiento de la causa que se le había iniciado durante el gobierno militar y apuntó a la formación de una familia. Se puso de novia, se casó y tuvo tres hijos.

Intentó cuidar a su entorno de las pesadillas provocadas por los recuerdos de los años ’70, que la hacían temblar en la noche. Procuró relatar los tormentos por los que había pasado cuando fue detenida, pero sin dar demasiados detalles. Hasta que leyó que su caso –una detención ilegal en 1975- era una de las puntas de lanza en la denuncia contra los camaristas. Y decidió ser protagonista.

El 28 de agosto de 1975 Luz Faingold fue secuestrada por un comando de la Triple A. Permaneció una semana detenida en la dependencia del Departamento de Inteligencia 2 de la Policía de Mendoza (D2), donde fue golpeada, torturada y víctima de diferentes tipos abusos.

“Me habían vendado los ojos, pero se dieron cuenta de que podía ver un poco porque levante el pie cuando vi que tenía que subir un escalón. Eso los enfureció. Me empezaron a atar con cinta y me pusieron una capucha. Por la fuerza con que me maniataron pensé que iban a cortarme las manos. Sentí que me apoyaron un arma en la cabeza y comenzaron a gatillar mientras me decían que mi cuerpo iba a aparecer en Papagayos”, relató.

Luz cuenta su historia con naturalidad, como si hubiese asimilado los hechos con el correr de los años.

Continuó: “Recuerdo haber pensado que era muy chica para morir. Que había vivido muy poco, y pensaba en el sufrimiento de mis padres cuando supieran que me habían matado. Después de gatillar y hacer de cuenta que iban a asesinarme, decidieron hacerme otra cosa. Creo que no sufrí mucho porque seguía viva. Y recién ahí me tiraron en un calabozo. Yo era muy joven, y nunca pensé que alguien podía tener tanta maldad”.



Luz Faingold tenía sólo 17 años. A pesar de su corta edad, tenía profundas inquietudes políticas, heredadas de su ámbito familiar.

“Pensé que todo lo que me estaba pasando era por ‘díscola’. Al menos eso me dijeron cuando me hicieron las pericias psiquiátricas. Pero yo tenía mis convicciones y había decidido ir a las reuniones de la ‘Organización Comunista Poder Obrero’. A casi todos los que estábamos ahí los mataron o tuvieron que exiliarse. A mí me habían fichado porque alguien había atentado contra el director del Liceo de Señoritas, donde iba yo. Él me echó la culpa a mí porque le tiraron petróleo en el auto, pero no tuve nada que ver con eso”, contó.

Sus 17 años es el dato clave. Era menor de edad, y por lo tanto nunca debió haber sido alojada en el D2. Unos días más tarde, la llevaron a la Casa Cuna, y de allí a los Tribunales Federales para declarar ante el juez de turno: Luis Fancisco Miret.

“Me acuerdo que lo relacioné inmediatamente con Hitler. Caminaba y me gritaba de todo. Me acusaba de haber hecho un montón de cosas y yo negaba todo. Me increpó y me preguntó por qué llevaba un recorte entre mis cosas de la ‘misión Apolo Soyuz’, y era porque en la escuela tenía Astronomía y el acople se había producido unos meses antes”.

Luz nunca contó frente a Miret lo que había pasado mientras estuvo presa. “Me dio mucha vergüenza y llegué a pensar que todo era mi culpa”.

Fiangold fue entregada a sus padres, que estaban separados. Y unos meses más tarde, los militares volvieron por ella. Fue el 17 de marzo de 1976, exactamente una semana antes del golpe.

Fueron primero a la casa de su padre. Mataron al perro y revisaron la vivienda. Como no la encontraron, fueron a buscarla a lo de su madre. Ella intentó escapar y se refugió en la casa de los vecinos, pero los soldados la encontraron, la levantaron del pelo y la llevaron nuevamente al D2. Detrás de ella, su madre y sus hermanos la siguieron en auto.

“No me voy a olvidar más de los colimbas que estaban llorando porque habían matado a un perro. Eran muy jovencitos y no podían creer lo que estaban haciendo”, recordó.

Esa madrugada terminó de una manera especial. Un oficial, de quien nadie recuerda el nombre, al ver que Luz era casi una niña, se acercó a su madre y le dijo: “Váyase, llévesela y sáquela del país”.

Así comenzó la peregrinación de Luz Faingold. Primero estuvo unos días en Chile, luego se fue a Uruguay, de donde, casi cuatro años más tarde, la echaron. Entonces viajó a Río de Janeiro (Brasil), donde pidió asilo político. Y de allí, viajó a Francia, donde pasó otros cuatro años.

“Recién en Francia me cayó la ficha de todo lo que me había pasado”, explicó.

Y agregó: “Cuando ganó Alfonsín pensé que era ‘otro país’. Y por eso me hice radical, alfonsinista. Mi papá no quería que volviera, porque todavía estaba el pedido de captura en Argentina. Pero igual regresé”.

Unos días antes de emprender su viaje, Luz comentó su ansiedad con un taxista camboyano en París. El hombre se mostró alegre por la posibilidad de volver a casa de su joven pasajera y le contó que unos días antes había llevado a otro argentino. Se trataba de un hombre relativamente alto, de barba negra, que decía que era escritor, pero no recordaba el nombre. “¿Julio Cortázar”, preguntó ella. “Sí, sí, ese”, respondió el camboyano.

De regreso en Mendoza, Luz fue hasta Tribunales Federales acompañada por un joven abogado llamado Luis Leiva (otrora juez federal, destituido y amigo de los camaristas actualmente cuestionados).

“Me atendió el juez Roberto Burad. Le conté de mi caso, se interesó por todo lo que había pasado y terminamos hablando de filosofía y de mi experiencia en Francia. Unos días después, salió mi sobreseimiento”.

Desde un primer momento, Faingold le dijo Leiva que Miret había estado involucrado; que había sido cómplice y que había que denunciarlo. Sin embargo, el abogado quiso tapar todo: “Me dijo que me olvidara, que ahora Miret era camarista federal y que no se podía hacer nada”. Fue ahí cuando Luz decidió archivar su pasado y no buscar explicaciones.

“Pero el año pasado, estaba aburrida frente a una computadora y decidí ‘googlearme’. Lo primero que salió en relación con mi nombre fue una denuncia del MEDH (Movimiento Ecuménico de Derechos Humanos) contra Miret y Romano”. Eso la hizo temblar de nuevo.

En ese instante se dio cuenta de que su realidad había cambiado. Sobre todo, cuando apareció de manera abrupta el recuerdo que tenía de Miret: “Jamás me trató como una persona. Para él, yo no era digna de ser cuidada”. Y comprendió que había comenzado una nueva etapa de su vida.