Sociales
Una boda “con todas las de la ley”
Ante la pregunta “¿cómo se conocieron?”, ellos responden “nos conocemos de toda la vida”. Aunque no es tan así, hay algo de cierto es esa afirmación, ya que Natalia y Marcelo, dos jóvenes abogados de 29 y 30 años respectivamente, se vieron por primera vez hace una década, cuando recién salían del secundario. Natalia Coronel y Marcelo Vagaría coincidieron en la misma universidad y en la misma carrera.
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“Nunca nos dimos bola”, aseguran hoy a su regreso de la luna de miel -por Panamá y la isla San Andrés-
, y más enamorados que nunca.
Algunos años después de egresar de la facultad, los chicos se reencontraron e intercambiaron teléfonos con la excusa del “asado, la juntada con los compañeros de aquel entonces”. Esa reunión nunca existió, pero sí un llamado en el cual Marcelo invitó a Natalia a un casamiento. Ante la negativa de la joven, él respondió con la inacción; “no hizo nada más por conquistarla”.
Pero como las mujeres son “de armas tomar”, Natalia fue quien unos meses después dio el paso para que esta historia continuara su rumbo. Con la misma excusa que él había utilizado anteriormente, ella se contactó y lo invitó a un casamiento. Marcelo, por supuesto, no dudó en responder afirmativamente.
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Esa primera cita, una boda, fue quizá en esta historia, precursora de aquel refrán que dice que “la tercera es la vencida”. Y aunque durante los dos años de noviazgo de la pareja, seguramente hubo otras bodas a las que asistieron juntos, al fin y al cabo, la tercera pieza clave en cuestión, fue el casamiento de ellos mismos.
El final feliz. Una calurosa tarde de noviembre, Natalia y Marcelo se casaron en la parroquia Asunción de , de Guaymallén. Finalizada la ceremonia, ya estaba todo preparado para que los novios y sus invitados disfrutaran su fiesta no muy lejos de allí.
El Club de Campo Mendoza fue el lugar elegido para la celebración. En las terrazas, una variedad de platillos conformó la recepción que disfrutaron los invitados. Luego llegó el momento de “los papeles” y con él, la ceremonia civil. El flamante matrimonio bailó el vals, y a continuación, todos los presentes se sumaron y bailaron durante una media hora a pura fiesta.
A la cena celebrada en los jardines del club, le siguió la proyección del clásico video, que mostró las imágenes de los protagonistas junto a sus seres más queridos. La verdadera fiesta no se hizo esperar, ya que ese fue el momento en el que los invitados colmaron la pista de baile.
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El dj Germán Ortiz fue el encargado de hacer danzar a los presentes de todas las edades hasta la madrugada. Una completa barra de tragos, juguetes inflables como martillos y pelotas gigantes, un cotillón muy especial diseñado y realizado por los novios – galeras, capelinas y vinchas-, fuegos artificiales y una gran dosis de espuma para el final, fueron protagonistas de la diversión.
Las infaltables perlitas
- Natalia lució un vestido estilo romántico, de la diseñadora Mora Ferrer. El bellísimo género fue parte del vestido que usó Inés, la mamá de Natalia, para su casamiento. Un original tocado de plumetí completó el look de la joven.
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- La modista quiso estar presente y prometió asistir a la ceremonia religiosa para estar cerca de la novia, pero una confusión hizo trastabillar los planes. Mora Ferrer se equivocó de iglesia y llegó a San Vicente Ferrer, donde había otra boda y otra novia. La diseñadora, preocupada y presurosa, llegó finalmente a la parroquia correcta cuando Natalia se bajaba del auto para entrar.
- Los integrantes de la banda “Los locos de amor” tocaron covers y divirtieron a todos durante la fiesta. “Una pieza indispensable”, según el novio, resultó ser “el talibán del amor”, un amigo de Marcelo, quien toca la pandereta en el grupo.
- Unos grandes tubos de vidrio con flores, conformaron los arreglos que adornaban el lugar. Pero el ingenio, la sed y la “vagancia para hacer cola” hicieron que los objetos se transformaran en enormes vasos contenedores de fernet.
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