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Milei se ríe de todos: radiografía de las miserias de nuestra clase política

La ruptura del bloque radical muestra, una vez más, la crisis de un partido que no encuentra identidad. Cristina emperrada en liderar un PJ que ya no existe. Todos parecen trabajar para Milei.
Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ
Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ

Pablo Moyano lo resumió como nadie esta semana: "Hoy Milei se nos caga de risa". La escena, que muestran tanto el PJ como la UCR, está mostrando que la afirmación del camionero responde a una realidad concreta, situación que debe incluir también a sus propios aliados y exaliados de la CGT que hoy no responden a los criterios de unidad que pretende Cristina Fernández de Kirchner. Todo lo contrario, las presiones internas de la CGT y el rol de los Moyano como traccionadores de sindicalismo hacia el kircherismo más duro no estaría funcionando con eficiencia por estos días.

La referencia de Moyano, de todas formas, estaba directamente ligada al fenómeno político de estos días: la pelea por la presidencia del PJ, en la que el kirchnerismo intentó esterilizar cualquier batalla con el desembarco de la candidatura de Cristina Fernández de Kirchner y se encontró con un ambiente tóxico para las pretensiones K.

La expresidente conoce bien estos terrenos: en el 2019 Mauricio Macri vivía sus momentos más tristes con el gobierno sin poder controlar la economía. La inflación, el impacto de las subas tarifarias en el bolsillo de los argentinos y las peleas adentro de Cambiemos se estaban llevando puesto al gobierno.

A pesar de todo, a Cristina Fernández de Kirchner le costaba que en el PJ algún gobernador aceptara sentarse a tomar un café con ella. Solo el aroma a poder que aparecía como contracara de la caída de Macri logró que Cristina pudiera terminar inventando a Alberto Fernández como candidato y detrás a todo el PJ.

La Argentina de hoy es absolutamente distinta. Ricardo Quintela nunca pareció un contrincante de fuste para Cristina y eventualmente podrá quedar afuera de la pelea por el PJ por cuestionamientos de la Junta Electoral, pero la realidad indica que, aunque el kircherismo duro se haga con la conducción de ese peronismo que siempre denigró, solo tendrá bajo su mando una cáscara casi vacía. La resistencia de Axel Kicillof a reconocer el liderazgo de Cristina, su propia candidatura presidencial y las espantosas definiciones de La Cámpora sobre la Argentina, son prueba de eso.

Toda esa pelea no hace otra cosa que alimentar el humor de Javier Milei, como bien definió Moyano, que mira como un presidente que llegó al poder más por los errores de los oponentes que por sus propias certezas frente al electorado y que tiene en el Congreso un bloque propio de solo 39 diputados, hoy puede vetar leyes y blindarlas y hasta soñar con una Ley de Presupuesto Nacional 2025 aprobada y casi sin problemas.

Hasta ahora, el PRO fue el sostén principal de esa realidad, aportando al número que llevó a Javier Milei a garantizarse los 86 diputados (se suman los 37 del PRO, 3 del MID, otros 3 de Independencia, los 3 del MID, 1 de CREO y 1 de Fuerzas del Cielo) y con ese tercio controlar cualquier peligro.

El radicalismo también forma parte esencial de ese acuerdo poselectoral que le garantiza votos a Milei. Los radicales acaban de protagonizar una ruptura en el bloque de Diputados que tiene color y olor a crisis nacional del partido. No es la primera vez que la UCR entra en una crisis que parece terminal; esta vez la cosa parece mucho mas grave.

Los radicales tienen una fuerza casi oculta en la que basaron sus continuidad durante 120 años y que no está en la conducción nacional o los bloques en el Congreso, sino en la red de intendentes que por años continúan manteniendo liderazgo en cada ciudad y pueblos del interior. En la provincia de Buenos Aires esto es clave y lo sabe muy bien Maximiliano Abad.

El nuevo bloque de la UCR.

Para esa red de intendentes de todo el país, sumado a gobernadores como Alfredo Cornejo, siempre fue indigerible que la conducción del Comité Nacional partidario quedara en manos de Martín Lousteau, a quien no le reconocen pergamino radical alguno y debe reconocerse que la historia política del senador les da la razón. Un acuerdo porteño y la acefalía que mostró el radicalismo a la hora de elegir al sucesor de Gerardo Morales explican la llegada de Lousteau a ese puesto.

Desde ese momento comenzó un proceso de rupturas donde el Comité Nacional partidario dejó de contener. Los ruidos que aparecieron en los bloques, las votaciones en el Senado donde Martín Lousteau y Pablo Blanco se pronunciaban en contra del resto de la opinión de su propia bancada y la situación de descontrol en Diputados fueron el antecedente más visible de la ruptura que vio la semana pasada.

Solo un hecho frenó por un corto tiempo el estallido del radicalismo en Diputados: la pelea por los fondos universitarios, una batalla que el radicalismo no puede evitar ya que las universidades nacionales están en el centro y la esencia del radicalismo histórico como en ningún otro partidos. Salvo ese punto, el resto son todas disidencias.

En este punto, hay que hacer un ejercicio de evaluación sobre los destinos posibles de quienes "rompen" y quienes "se quedan" en las marcas originales de sus partidos.

Mientas tanto, Javier Milei disfruta la ruptura. Para un presidente que no tiene bloques fuertes propios, y depende de aliados, nada mejor que un Congreso dividido en 10 bloques en crisis donde, además, todos son necesarios a la hora de armar mayorías.

Una primera visión general sobre el futuro de la explosión de los radicales, indicaría que los que se van pueden ser un problema para la Casa Rosada y los que se quedan pasarían a garantizar un núcleo más confiable de votos a favor de las leyes que tiene que conseguir Milei para continuar con su transformación del Estado.

Romper bancadas puede ser rentable en el corto plazo para quien se separa, pero trae consecuencias en el largo plazo para la carrera política de quienes provocan la división. Martín Lousteau y los hermanos Manes tienen su futuro político sometido a esa regla desde la semana pasada.

El resto de los radicales, que se mantienen en el bloque oficial y que están dispuestos a negociar votaciones con la Casa Rosada, aunque no en todas las ocasiones, vivieron una semana de terror en medio de presiones de su propio partido.

La negociación previa a la ruptura de ese bloque fue una muestra evidente de movimientos y presiones internas a las que los radicales estuvieron acostumbrados en su historia. "A la mañana tuvimos una reunión supuestamente para avanzar en un acuerdo programático de unidad y vinieron a pedir cargos. Querían la cabeza de Soledad Carrizo como Secretaria parlamentaria o lugares en las bicamerales. Después se opusieron a que se vaya a la reunión con el gobierno para negociar los puntos de Presupuesto 2025", relata una de las diputadas que intervino en la negociación.

Al final del día apareció la ruptura, con algunos colores que aun no parecen definidos, como la decisión de Facundo Manes de no quedar partidariamente bajo el ala de Martín Loustau, algo que hoy excede lo que sucede en el Congreso.

En el medio quedan preguntas aun sin responder: ¿cómo funcionará la UCR bajo el mando de Lousteau desde ahora? Habida cuenta que en el Senado la situación no es mejor. Carolina Losada y el resto de la bancada radical allí pueden dar cuenta de ese problema.

Otro punto en duda: ¿en qué términos se manejarán las oposiciones internas del radicalismo al Gobierno, ya que quienes aparecen más lejanos a Javier Milei son los que aportaron a la bendición de Mario Lugones como nuevo ministro de Salud?

Esa posición se diferencia de algunos que se quedaron como Karina Banfi: "Para recuperar la identidad radical debemos abandonar las posiciones extremas. El radicalismo necesita un debate profundo y dejar de representarse en facciones de pertenencia. Recuperar el centro nos dará la elasticidad de pensamiento y posiciones que tuvimos durante 130 años. Somos radicales a secas, radicales clásicos, radicales listos para enfrentar los dilemas del siglo XXI", dijo la diputada. La frase define todo.

También habrá que escuchar más a Miguel Pichetto, Emilio Monzó y Nicolás Massot, que con su ecléctico bloque que incluye desde Ricardo López Murphy a Margarita Stolbizer, pasan ahora a ser un elemento clave a la hora de garantizar o bloquear la votación de leyes. Son todos experimentados y con la suficiente sangre fría para negociar. Javier Milei lo sabe y, aunque parezca todo lo contrario, quizás termine siendo un elemento más para que el presidente festeje.