Sandino llora en Managua

Sandino llora en Managua

La dictadura de Ortega en Nicaragua sigue haciendo daño. Las elecciones fraudulentas del domingo pasado fueron una muestra más. Candidatos opositores presos, periodistas exiliados y detenidos; fachadas construidas por un régimen decadente.

Fernando Ruiz

Fernando Ruiz

En una bella noche de Managua, un viejo líder revolucionario, jefe de un gobierno decadente, habló en un acto frío y formal, ante cientos de invitados en sillas prolijamente alineadas, después de haber ganado una votación cuya legitimidad fue nula.

Desde sus celdas o en prisión domiciliaria, lo miraban por televisión siete candidatos presidenciales, varios periodistas, y muchos otros presos políticos.

Hacía ochenta y siete días que el régimen había ocupado las instalaciones del principal medio de Nicaragua, el diario La Prensa, y su gerente está detenido. La saga de la familia Chamorro fundada por Pedro Joaquín Chamorro, director de ese diario, quien fue asesinado por una dictadura previa, sigue siendo un faro de libertades en ese pequeño país. Entre otros, su esposa Violeta fue la primer presidenta de la democracia nicaragüense, cuando le ganó las elecciones al mismo Daniel Ortega en 1990; su hija Cristiana está ahora detenida por intentar ser candidata, y otro de sus hijos, Fernando, es hoy uno de los principales periodistas del país, exiliado en Costa Rica.

Para completar el fraude electoral, la elección no tuvo observadores sino “acompañantes”, que serían personas que disfrutan un viaje a Nicaragua mientras desconocen las infracciones más básicas en una elección democrática.

Este domingo pasado, Ortega obtuvo su tercera reelección, su segundo mandato acompañado por su mujer Rosario Murillo, y también ganó 75 de las 90 bancas de la Asamblea Nacional. Ganó todo, pero se quedó sin ningún saldo de legitimidad internacional.

El gran periodista Ryszard Kapuscinskii, en su libro El Emperador, o Augusto Roa Bastos en su novela, Yo, el supremo, describen el patetismo de las dictaduras y cómo en su etapa descendente son una comedia. Este domingo en Managua las palabras del dictador salían con lentitud y el micrófono captaba su dificultad para respirar, mientras el entorno lo miraba en silencio siendo difícil discernir su grado de convicción con lo que escuchaban.

En su discurso hizo visibles cuáles son sus bases de apoyo. No mencionó a ninguno de sus ministros sino solamente a los jefes militares y policiales, que son los que ponen el cuerpo en la calle para defender su castillo en ruinas. Y no mencionó a ningún gobierno que le expresara su apoyo y reconocimiento, sino que hizo un listado de acompañantes que estaban ahí sentados frente a él escuchando sus palabras. El diplomático de más alto rango en el acto fue el canciller de Abjasia, republica independizada de Georgia con apoyo ruso, en la ex Unión Soviética. El resto de los visitantes internacionales eran funcionarios menores o militantes de grupos ideológicos afines. Entre los ocho argentinos presentes, estaba Mario Firmenich, fundador de Montoneros, quien fue a “acompañar” el fraude electoral.

Ortega, el dictador de Nicaragua.

En la visión de Ortega, tanto la oposición interna a su régimen, como los países europeos, latinoamericanos y Estados Unidos, son la continuidad histórica de los piratas gringos que invadieron la región en 1856. En sus palabras, hoy él lleva la misma lucha, a lo que incluso las sillas alineadas aplaudían sin mucho entusiasmo. Aquella invasión del siglo diecinueve desató la Guerra Centroamericana, en la que otros países como Costa Rica también fundaron su panteón de héroes de la independencia. Pero hoy Costa Rica sostiene la democracia más estable de toda América Latina, sin interrupciones desde 1949, y no dice que quienes piden democracia y respeto a los derechos humanos son lo mismo que los mercenarios extranjeros a los que les interesaba dominar el paso interoceánico que se podía hacer en esa región.

Bajo la dictadura, el periodismo quedó encerrado entre el exilio, la cárcel o la agresión física. El régimen les niega no solo la libertad sino que pretende también arrebatarles la nacionalidad. La ficción llega a su clímax cuando se menciona al líder independentista Augusto César Sandino para cuestionar a las voces  locales y mundiales que le piden que no encarcele candidatos, ni periodistas, ni cierre medios.

Daniel Ortega estaba presente en Berlín cuando el dictador germanooriental Erich Honecker fue destronado por una movilización popular en 1989. Es raro que no perciba el vacío en que se encuentra, o quizás confía mucho en sus jefes militares y policiales. Sandino, que tiene una estatua en una colina desde la que mira Managua, usó las armas para otra cosa.

Fernando J. Ruiz. Profesor de Periodismo y democracia de la Universidad Austral.

@fejaruiz

 

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