El inexplorado arte de planificar

Escribe el rector de la Universidad Champagnat.

Alejandro Giuffrida

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Saramago puso en voz de Tertuliano Máximo Afonso, su entrañable personaje del Hombre Duplicado, una frase que para Argentina podría sonar como mantra: “El caos es un orden por descifrar”. La idea de que en medio del embrollo se esconde la coherencia podría ser excitante para un país que no supera sus crisis cíclicas, su alta recurrencia a ahogarse en el endeudamiento, sus estrangulamientos externos, la inflación, los saltos en la pobreza. La esperanza, dicen, es lo último que se pierde; y de cara a un nuevo proceso eleccionario, es buena oportunidad para pensar en el futuro y su planificación estratégica.

Nuestro primer problema es que a los argentinos se nos da por hablar de pactos y acuerdos frente a las emergencias. Y en esos contextos, los actores que deben integrar un compromiso futuro están con un ojo clavado en cómo salvar lo que tienen, cómo reducir el riesgo de lo incierto; están con la cabeza en el presente. Ante la urgencia, los acuerdos que pueden lograrse son endebles, improbables.

En el mundo, la prospectiva es una ciencia aliada de cualquier gobierno u organismo que demande una gestión compleja por las variables e intereses que administra. En la Argentina, la palabra prospectiva es todavía un territorio inexplorado. Nuestros pactos siempre inician con sus actores diciendo que no deben limitarse a precios y salarios, y terminan fracasando porque nadie discute otra cosa que no sea precios y salarios.

El país tiene que poder elegir cinco o seis áreas y pensar en un plan a 20 años. La clave para que esto funcione es que ese plan no demande en el corto plazo ninguna resignación sectorial fuerte, para que los actores involucrados accedan a firmar un compromiso y puedan adelantarse a los cambios y requerimientos que esas metas les demandarán.

De esta manera, las administraciones estatales y los sectores empresariales tienen que sentirse convocados a usar sus recursos económicos y humanos orientados hacia objetivos acordados, deseados y (¡sobre todo!) probables y realizables.

La posibilidad de adelantarse en el tiempo tiene un beneficio asociado indirecto: reduce la incertidumbre. Si usted lleva ocho horas manejando en la ruta, no es lo mismo tener delante un GPS que le diga que sólo restan 40 kilómetros hasta llegar a destino, que desconocer por completo si todavía le restan cuatro, quince o dieciséis horas de manejo.

Viajemos al pasado. En las turbulentas elecciones presidenciales de 1999 nadie podía pensar más allá de convertibilidad sí - convertibilidad no. Pero si en ese momento las principales fuerzas políticas hubieran alcanzado una meta a 20 años, hoy estaríamos cosechando sus beneficios. El futuro siempre parece lejano, pero los que tenemos niños sabemos que el tiempo se escurre entre risas, curitas y boletines.

El año pasado, con un colega y amigo hicimos una investigación sobre el grado de avance de la aplicación del sistema de docente por cargo en el nivel secundario de las escuelas del país. La potencialidad de este formato ya no es punto de debate, porque está más que probado que es altamente positivo que los profesores pasen más tiempo en una misma institución, se comprometan con un proyecto y no tengan que desangrarse en viajes constantes por dos o tres horas cátedras en cada escuela.

Pero lo tristemente sorprendente de esta modalidad es que la Argentina comenzó a hablar de ella y proyectarla hace exactamente medio siglo. Desde el año escolar que se inició en febrero de 1970, el sistema educativo argentino está discutiendo cómo transformar la designación por hora del docente secundario a un esquema de profesor por cargo.

Damos vueltas, escribimos documentos, marcos de orientación, marcos de implementación, pero en concreto, en número reales, la aplicación es prácticamente nula. El sistema por cargo funciona en pocas escuelas testigos de un puñado de provincias.

Tenemos que desarrollar la capacidad de adelantarnos en el tiempo, de construir diagnósticos dinámicos y extrapolar hacia el futuro nuestros elementos del presente.

No es tan complejo desde lo técnico: muchos países y empresas lo hacen regularmente. Lo difícil está en la maduración de los actores involucrados, en la profesionalización de los brazos ejecutantes y la disposición política de las principales fuerzas del país.

Este texto es una nota periodística, pero puede ser una invitación. Abriga en el fondo el deseo oculto de que cada vez más argentinos encuentren en la planificación y en el trabajo colaborativo un futuro menos incierto donde el caos, finalmente, sea un orden descifrado.

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