Es más fácil mentir, pero también chequear cuándo están mintiendo

Es más fácil mentir, pero también chequear cuándo están mintiendo

El proceso electoral y los comportamientos de los candidatos y de sus votantes, en un momento crucial de la historia. Mejor estar despabilados para que no nos tomen adormilados.

Mostrar logros verdaderos y palpable en boca de los candidatos en campaña no es la mejor idea. Nadie está predispuesto a creerles y generan un problema, sobre todo para el oficialismo: si las obras que recorren y muestran están, son de verdad y representan todo ese éxito que quieren mostrar, lo vuelven dudoso solo por haber esperado a la temporada de proselitismo que indefectiblemente hay año por medio en Mendoza. Este problema no solo les resulta propio a los que llegan a las elecciones montados en el "caballo del comisario": las múltiples alternativas opositoras tampoco logran credibilidad al hacer anuncios formidables que nadie cree que puedan ser capaces de ejecutar. Igual: el mensaje proselitista exige por parte de la sociedad o tal vez del núcleo más informado, el denominado "círculo rojo", más información en torno a "cómo", "cuándo" y y "con qué" lo harían, y ya no solo la sutil pregunta de "por qué lo hicieron", como ha pasado con tantas obras del pasado que quedaron como monumento al derroche de recursos que no habían, o bien de alguna otra cosa un poco más oscura, que nadie ha denunciado ni comprobado, pero que queda latente ante la evidencia de los hechos.

Asimismo, en campaña, se viene viendo que es más fácil que mucha gente esté predispuesta a creer noticias mentirosas que decodificar las verdades, producto del efecto de las redes sociales, fundamentalmente, pero también de los medios tradicionales.

De hecho, el domingo pasado leíamos en MDZ al inglés Anthony Giddens trasladando la culpa del resurgimiento de populismos (diveros, irresponsables, racistas, autoritarios) en el mundo a esas plataformas. Sin dejar siempre de dudar en torno a las segundas intenciones de quienes sostienen los oligopolios de los algoritmos, también puede palparse que en internet es un gran parlamento global (y en los parlamentos también se miente) y las redes una herramienta tan democratizadora, que no clasifica por nivel de estudios, capacidad de ahorro, salario recibido o fortuna depositada quien sabe dónde. 

Entonces, (sumergidos en un proceso electoral y volviendo a la propuesta de todas las columnas de que seamos capaces de comprender la necesidad de que no haya elecciones de medio término, para evitar despilfarros y dosis extra de mentiras) volvemos sobre lo que se dice  se hace: sí, es más fácil mentir; pero también hay más herramientas a mano para saber si están mintiendo.

En todo caso, podemos decir que se ha ampliado la base de los que mienten y de los que chequean y probablemente, podamos discutir entre todos la tesis de que, al final, los porcentajes de quienes "quieren que les mientan" o "no les interesa verificar si se trata de verdad o falsedad" son equivalentes a los históricos.

De nuevo, el problema no será la herramienta, sino el tipo de liderazgo que la sociedad elige: uno hacedor o uno que rellena los vacíos con palabras que nos agradan y hacen evocar momentos sensibles; uno que gestiona u otro que lo deja todo librado a las demandas del que grita más fuerte.

Es un buen momento -el de las campañas electorales- para ver qué candidatos se muestran concretos y cuáles son aquellos que prefieren no explicar nada, sentados a la espera de que sus asesores de imagen les armen una gacetilla que después no sabrán cómo traducir en palabras propias.

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