Educación: Una responsabilidad de todos

El ex secretario general del SUTE, Arturo Marcos Garcetti, opina sobre la educación y abre el debate.

Arturo Marcos Garcetti

La escuela, en debate.

En nuestra sociedad hablar de educación es casi siempre hablar del sistema educativo. El hecho probado de que el hombre se educa desde que nace hasta que muere y que esa educación la adquiere no sólo por propia iniciativa en el sistema escolar sino por efectos de todos los ámbitos en que actúa, pasa a un remoto segundo plano.

El debate educativo se produce, en casi todos los casos, cuando un conflicto afecta el funcionamiento del sistema y pone en riesgo su continuidad.

Y habitualmente, cuando este conflicto desaparece o se lo disimula convenientemente, también el debate pierde intensidad e interés y se escabulle hasta otra oportunidad similar.

No desaparece, subyace en el discurso oportunista de las dirigencias interesadas en medir bien sin que, lamentablemente, se traduzca en actos concretos.

Y también en el zafarrancho mediático y su efecto contracultural con el modelo educativo que, al menos aparentemente, ha fijado la sociedad para sus nuevas generaciones de integrantes.

¿Necedad, ignorancia, indolencia?

Probablemente no. O al menos, no siempre.

Tal vez responda a un rasgo que nuestra sociedad viene evidenciando desde hace algunas décadas y cada vez con mayor intensidad: el coyunturalismo.

Siendo la educación un proceso de clara proyección estratégica, su abordaje con visión coyuntural no puede sino producir efectos parciales y en ocasiones contradictorios con el interés perseguido.

Especialmente porque un enfoque estratégico permitiría extender la mirada y la acción consecuente a todos los estamentos que están gravitando sobre el sistema educativo.

Pero, ¿es posible superar al coyunturalismo sin un plan estratégico que incluya a todos los integrantes de esta comunidad de destino que designamos como República Argentina?

La carencia de un rumbo claro y concreto que reemplace con metas precisas y explícitas a las promesas voluntariosamente ilusorias, no permite superar la inmediatez.

El obligado protagonista de la coyuntura siente y sabe que su primer obligación es superarla a como dé lugar y prepararse para enfrentar a la siguiente.

En su resolución, carece de una orientación general precisa, del estímulo de una empresa común y se convierte él mismo en coyuntura de la coyuntura.

Como sociedad no debemos pretender que el sistema educativo remedie los males que producimos y reproducimos incesantemente.

La gran mayoría de ellos disminuirían o desaparecerían si nuestra educación permanente se encauzara en torno a principios y valores compartidos.

Pero hoy, esa meta parece muy lejana, inmersos como estamos en una dolorosa realidad en que reinan la timba del dólar, el escándalo mediático que idiotiza, la pretensión electoral que justifica la mentira y por sobre ellos la incertidumbre generalizada ante la falta de un rumbo cierto y común que nos prefigure un futuro mejor.

La educación es una responsabilidad de todos y si lo asumiéramos así y actuáramos en consecuencia, podríamos liberarnos de las cadenas que están maniatando nuestro desarrollo nacional.

Pero por ahora, como se diría en la jerga actual, “no está en agenda”.

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