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Opinión

Lo que dejaron las PASO mendocinas

La opinión del dirigente kirchnerista Carlos Almenara.

Las elecciones PASO mendocinas del 9 de junio produjeron un profundo cambio en la política local.

Una diferencia de 7 puntos entre los dos frentes más votados augura una elección competitiva de final incierto. Pero no es sobre los propios resultados específicos de lo que quiero hablar ahora.

Algunos analistas suelen hablar del “mensaje de las urnas”. No soy muy amigo de ese tipo de generalizaciones. Las urnas no tienen un mensaje, tienen miles, millones, uno por cada votante. Se pueden agregar, establecer categorías, pero difícilmente o nunca el mensaje será unívoco. No lo será porque nuestras sociedades contienen el conflicto y las eventuales mayorías lo son porque siempre hay minorías.

También están los analistas que enuncian “lo que quiere la gente”, muchas veces son los mismos que los anteriores. Una cosa que me enseñaron los años es que ni el más avezado sabe exactamente “lo que quiere la gente”. La mente, y también la mente colectiva, siempre es una caja de sorpresas. Las mejores hipótesis previas tienen alguna rebarba que sorprende.

Sin embargo, sí noté a lo largo de todo el domingo 9 y corroboré indicialmente con los resultados provisorios de esas elecciones, que los mensajes de la elección, los distintos mensajes, fueron intensos.

Una participación superior al 75% del padrón; un voto blanco que ronda el 3% pero que mayormente no es un sobre completamente blanco sino que es blanco para alguna categoría, por cortes, un nivel bajo de voto nulo, son datos que corroboran mi observación personal. Fue una elección intensa. Distintos mensajes, todos con intensidad.

Si eso es así, resulta muy estimulante. ¿Qué quiere decir? Básicamente, que todos aceptamos el método: queramos lo que queramos, hay que votar. Es el voto el que resuelve el conflicto social, es mediante la participación democrática como aceptamos elegir gobierno.

La democracia moderna para concretarse requiere otras cosas, además del voto y el gobierno de la mayoría. Centralmente exige minorías con los mismos derechos.

Esto es, si estamos de acuerdo en que nuestros gobernantes y el sino de sus políticas las definiremos en elecciones, esas elecciones, para no ser fraudulentas, deben ser transparentes, fiscalizables y posibilitar participar en igualdad de derechos a las oposiciones.

Una democracia no acepta que haya opositores presos por serlo. Sería un escándalo en cualquier democracia que los principales medios no oficialistas tengan a sus propietarios presos. Que el periodista más consagrado de un país haya sido censurado de la prensa gráfica por el presidente que lo amenazó con enviarlo en un “cohete a la luna” no sería parte de la definición de democracia aceptada en occidente. Claro, estamos hablando de Argentina. Faltan decenas de violaciones a los derechos que hacen risible calificar como democracia el régimen actual. Las más graves, las que terminaron con muerte, entre otras, Rafael Nahuel.

No obstante, ese concepto democrático despreciado por el poder gobernante, está sólidamente instalado en la población.

Urge, entonces, una campaña pedagógica de consensos mínimos para que todos nos pongamos de acuerdo en lo que las democracias occidentales ya se pusieron de acuerdo hace añares. Estos son unos pocos, incompletos y desordenados ítems que deberíamos convenir popularmente:

• Las democracias no tienen presos políticos.

• Nadie puede votar para que el que gane encarcele al que pierde.

• Los opositores tienen los mismos derechos que los oficialistas.

• Los dueños de medios que no dicen lo que el gobierno quiere no pueden estar encarcelados. Es inadmisible que ello ocurra. Sólo un corpus probatorio harto evidente e hipercorroborado admitiría algo así.

• Los jueces son independientes del gobierno y del poder económico.

• El presidente no puede amenazar periodistas.

• No pueden haber patotas estatales y paraestatales haciendo operaciones de amedrentamiento, carpetazos y extorsión a gente que no hace lo que quiere el gobierno.

• No se puede matar gente. No puede haber violencia política.

Claro, hay mucho más para fortalecer nuestra democracia. Lo que quiero señalar hoy es que, me parece, hay un sólido acervo cultural en Mendoza, un amplio consenso de que no hay otro destino que uno democrático. Y eso es una buena noticia.