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Opinión

Por la razón y sin la fuerza

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El no a la violencia es un reclamo constante y cada vez más fuerte de nuestra sociedad, en todo los órdenes, desde lo político hasta lo social, en esa vasta gama de situaciones que atravesamos a diario. Es que la violencia parece haberse instalado, desgraciadamente, como algo normal, cuando de ninguna manera lo es. En todo caso, coincidiremos en que es común.

Insultos callejeros, conductores sacados, intolerancia al disenso de manera cada vez más marcada, alumnos que no respetan las normas básicas en el proceso educativo, por citar sólo algunos ejemplos.

Se confunde autoridad con autoritarismo; poco a poco se va perdiendo el respeto de valores básicos de convivencia sin los cuáles el entretejido social se va resquebrajano y la malla de contención indispensable para la vida en comunidad se rompe. Los límites se esfuman y el desconcierto se impone. Se olvida que los derechos de uno terminan donde empiezan los de los demás. Algo que parece de perogrullo per que últimamente parece olvidarsel

Este prolegómeno lo consideré necesario para reflexionar sobre algunas conductas sociales que salen del marco de lo tolerable. Me refiero concretamente a lo que sucedió durante los festejos vendimiales con los "dirigentes" de ATE (el diccionario dice que su rol es orientar, guiar, encaminar la acción) Raquel Blas y Roberto Macho. Una actitud deplorable y reprochable bajo todo concepto. Y sé que me saltarán a la la yugular pero como quiero vivir con la libertad de la palabra, no me privaré de expresar lo que buena parte de nuestra comunidad piensa.

Todos tenemos el derecho a manifestarnos, a reclamar y peticionar ante las autoridades, a marchar y mostrar (incluso en la Vendimia) a todos el qué pasa. Pero el cuestionamiento es el cómo. Nadie tiene derecho a insultar ni a agredir como lo hicieron con absoluta y manifiesta actitud violenta contra el ministro del Interior, Frigerio, y de Hacienda local, Kerchner, en este caso concreto, que sirve concretamente para ejemplificar lo que nos está sucediendo como sociedad.

Y que quede absolutamente claro, para evitar interpretaciones tendenciosas, que no se critica qué sino el cómo. Podemos coincidir o no con una posición política o gremial. Eso es harina de otro costal. Podremos debatir, discutir acaloradamente, intercambiar posiciones, plantear duramente la defensa de lo que se considera un derecho. Pero si todo lo vamos a resolver a fuerza de insultos, con reacciones descontroladas, nunca creceremos en la vida democrática.

Reflexionemos todos, dirigentes y dirigidos, sobre el camino para resolver conflictos de la manera más racional y justa.

La vida en la jungla y la del garrote pertenecen al pasado del hombre. El presente nos exige la preeminencia de la palabra.


Norma Abdo