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Opinión

Ya fue: ¡sé hueco y superficial sin problemas!

Hay cosas mucho más importantes que ser inteligente. Una reflexión en la que encontramos a los "huecos" versus los "profundos". A continuación, ni más ni menos que una defensa de la frivolidad.

Por supuesto, este comentario/parecer/reflexión que sigue es absolutamente personal. Lo aclaro, porque mucha gente confunde "columna de opinión" con "noticia". 

Cuando era chico mi pequeño mundo era ideal. Nunca se me dio por dibujar o por los juegos "que ensucian": mientras mis hermanos y primos se embarraban, corrían, se "chayaban", a mi me encantaba leer, inventar historias, hacer sopas de letras. Los varoncitos usábamos pantalones, shorts o medias can can -según el frío- y las nenas, a veces vestidito, a veces jardinera tipo overol. No nos decíamos "eso es ropa de nene", "eso es ropa de nena".

Cuando era chico jugaba con ollas en la cocina o con dinosaurios de juguete, o a la rayuela, o a la escondida, o a la mancha, o al "family game". Decía que cuando fuera grande iba a ser quiosquero, heladero, inventor, médico, escritor, historietista... según el día. Pensaba que era el más inteligente, lindo y simpático del mundo y -salvo una torpeza natural y absoluta, además de un odio temprano al movimiento y el esfuerzo físico que me impedían disfrutar del deporte- me parecía que todo lo podía disfrutar.

Pero llegó la pubertad. Y ustedes saben que en la pubertad, se sufre.

De repente empecé a ver que los más "machos" eran los populares, que los que iban al gimnasio eran "winners"... y al mismo tiempo las chicas comenzaron a percatarse de ese dictamen que dice que las rubias son las copadas, y que las que tenían ojos celestes o verdes eran más lindas, y que la combinación de eso era el pico de la pirámide. 

Porque es en la adolescencia cuando aparece la maldita costumbre de juzgar al otro. 

Pues yo sentía que no tenía cómo competir contra eso, así que decidí que si no podía destacarme con el lomo, el rugby, la "cubata" o la facha; iba a ser el más inteligente, el más raro, el excéntrico, el más genio incomprendido.

Y allí cometí el error: mi mente adolescente se dijo que era obvio y natural separar ambas cosas: que no se podía ser lindo e inteligente, o popular y buen tipo, o sociable y pensante. Había que estar en un bando o el otro. Por lo tanto yo era inteligente e incomprendido, y los otros eran "huecos", primates y populares. En el caso de ellas, la castaña o morocha nerd callada y estudiosa versus la rubia maquillada que hablaba todo el tiempo de perfumes con electroencefalograma plano.

Años. Fueron años en los que  no la pasé mal, pero me obligué a mi mismo a no demostrar ningún tipo de interés por las cosas mundialmente consideradas típicas de un chico de mi edad: salir a bailar, comprarte chombas "Legacy", ir a los cumples de 15, usar pantalones Bali, o ir al gimnasio. ¿Y qué hacía? Leía, era estudioso, aplicado, y outsider. 

Pero llegó la facultad de derecho, luego el periodismo, y tuve una epifanía: me di permiso para ser hueco y descubrí que mi riqueza interior no desaparecía con eso. 

Caí en la cuenta que ese Fede tenía una inseguridad y una desproporcionada preocupación tan grande hacia la opinión ajena, solo comparable a lo implacable de sus juicios hacia las vidas de los de su alrededor.

 Solo cuando dejé de atormentarme con el "van a pensar que soy tonto, que soy hueco, que soy superficial" si decido disfrutar de un día de compras, o de determinado momento de ocio, o de tal película comercial y liviana, o de ir a eventos sociales a pasarla bomba, pude comenzar a estar contento conmigo mismo. No sé cómo me demoré tanto en caer en la obviedad de que, si alguien juzga la valía de una persona por la vestimenta que usa o la cantidad de productos que se pone en el rostro, es su opinión la única superficial y de poquito valor.

Todos necesitamos nuestros momentos de relax, de banalidad, de frivolidad. ¡Son lindos! ¡Relajan! Es una pena que muchos no puedan tenerlos. 

Hace unos días le decía a una amiga que cada vez valoro menos la inteligencia, la cultura y el conocimiento de una persona. Por supuesto que son herramientas maravillosas e importantes para la vida, pero más todavía lo son la moral, la honestidad y la bondad. La inteligencia tiene que ser un camino que lleve hacia la bondad, una virtud que se pone en función del bien: no un fin en sí misma. 

En ese entonces, el Fede adolescente cuando se preguntaba qué elegir, si ser bueno, inteligente o lindo, siempre dudaba pero terminaba por inclinarse en favor del cerebro. ¿Hoy? Espero siempre elegir la primera opción, sin dudarlo.