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Opinión

Economía: ¿Y ahora de qué nos disfrazamos?

Nuestra locura económica sólo es culpa de gobernantes insensatos. Así de simple.

Las desmesuras de la economía de Mendoza son muchas y están a la vista todos los días. Pero no son las únicas. Porque formamos parte de un país que, a su vez, está lleno de otras desmesuras. Esa resistencia que tenemos los argentinos a hacer cosas razonables con la economía es lo que nos lleva a andar de crisis en crisis.

En Mendoza, por ejemplo, hay crisis vitivinícola. Y eso que en los últimos años hubo más de 1.500 millones de dólares de inversión privada. Para llegar a eso hubo que tomar muchas decisiones erradas, como pisar el tipo de cambio (gobierno nacional) o no haber limitado la plantación de variedades de uva de baja calidad (gobiernos provinciales). Hemos hecho cosas como para tener un Fórmula 1 y muchos se están quedando a pata.

Ni hablar del presupuesto provincial, cuyo uso sólo nos han llevado a un desorden descomunal, en el que la plata no alcanza para los proveedores pero se les aumentó un desproporcionado 35% a todos los agentes estatales, de todos los estamentos por igual. Resultado: una provincia que se va a pareciendo a las del Norte (con todo respeto), en la cual todos dependen cada vez más del Estado y el Estado depende cada vez más de auxilios externos. Si quisiéramos poner esto en términos de eslóganes políticos, para ser libres tendríamos que romper la dependencia del propio sector público que los últimos gobiernos (especialmente los últimos dos) supieron agigantar sin sentido.

Más subsidios a la energía que el gasto de 12 ministerios

Pero el festival de desórdenes y paradojas viene de la Nación, donde en los últimos años se han dado cosas desopilantes que, por supuesto, terminamos pagando entre todos.

En una columna en El Cronista, Marcelo Zlotogwiazda escribió esta semana sobre la locura de los subsidios a las tarifas eléctricas. Y mostró este ejemplo: “Según la información de la Secretaría de Hacienda, hasta el 30 de julio pasado la partida presupuestaria Formulación y Ejecución de la Política de Energía Eléctrica llevaba gastados 58.256 millones de pesos, equivalente al 8,1 por ciento de todo el gasto público nacional de los primeros siete meses del año”.

Y remata: “Hay otra comparación que ilustra el descomunal tamaño de los subsidios a la electricidad. Esos 58.256 millones de pesos que lleva gastados la mencionada partida superan holgadamente a los 53.931 millones de pesos que en ese mismo período gastaron ¡en conjunto! doce de los dieciséis ministerios nacionales”.

Zlotogwiazda desliza después otro concepto clave: “En el léxico político argentino la palabra ajuste no es antónimo de desajuste. Si así se entendiera, no tendría una carga peyorativa”. Cierto: a pocos se les ocurre que sólo se ajusta lo que está previamente desajustado. Y encima los desajustadores quieren meter miedo con los que van a tener que ajustar.

Nuestras referencias: Venezuela, Sudán y Myanmar

En otra columna demoledora, Juan Llach, en La Nación, señala algunas desmesuras de los últimos años y sus consecuencias:

“Al terminar 2015, nuestro producto per cápita habrá caído un 1% desde 2011: cuatro años perdidos. No fue culpa del mundo, como pretende el relato oficial, porque según el FMI hubo en ese período 169 países de un total de 189 a los que les fue mejor. Tampoco es una conspiración del FMI, porque éste ha usado cifras del Indec (…) En el mismo lapso el nivel de vida de los países desarrollados aumentó 5,8% y el de los emergentes, un 14,3%. Hemos logrado así la hazaña de que en sólo cuatro años nuestro nivel de vida cayera entre 15% y 20% respecto de los países emergentes”.

Otra: “En lo económico, el exceso más notorio fue recaer en la inflación, pese a nuestra pésima experiencia al respecto. El aumento de los precios al consumidor promedió 28,9% anual, lo que nos ubica terceros en el mundo, detrás de Venezuela y Sudán, y en otra galaxia respecto de la inflación de 5,7% de los países emergentes. La dolarización fue parcialmente contenida por el cepo cambiario, al costo de una recesión. Fue la tenaz persecución a las exportaciones, a la inversión y al crédito externo la que llevó a este cepo, desmesura propia de tiempos de guerra, y a otra mala costumbre nacional, el default de la deuda pública, esta vez parcial y con atenuantes, pero que pudo haberse evitado previendo el éxito judicial del reclamo de los holdouts”.

Y otra, que generalmente es la madre de todos los desastres: “El gasto público subió, entre 2011 y 2015, de 31,7% a 39,8% del PBI, promedio superior al de los países desarrollados y muy por encima del 31,7% de los emergentes. La presión tributaria saltó de 29,8% a 37,5% del PBI, dinámica sólo superada por Myanmar”.

¿Y ahora de qué nos disfrazamos?