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Opinión

A Mendoza vale la pena pensarla, aunque cruja

Hay que hacer el esfuerzo de enderezarnos, simplemente porque vale la pena vivir acá.

 El viernes hicimos en “After Office” otra de las notas para pensar a la Mendoza del futuro y un oyente nos mandó a decir que eran aburridas. Quizás tenía razón. Sería más divertido hablar de operaciones políticas, del lenguaje de Aníbal Fernández o del tal Diwan, ex pobre cabeza de familia auto-destrozada.

Pero el ejercicio de pensar es así, parecido al ejercicio físico: duele, molesta, y al principio hasta hace crujir algo. No hay milagros. El problema es que al ejercicio físico por ahí lo podemos evitar pero al ejercicio de pensar no, porque de lo contrario nuestros hijos o nietos se van a tener que mudar de provincia. Todos coinciden en que nuestra matriz productiva se está agotando, así que no nos queda otra que sumar aportes para que Mendoza recupere viabilidad.

Algunas grandes líneas que se pueden ir recogiendo apuntan a que Mendoza tiene que recuperar liderazgo ante la Nación, ordenar sus cuentas, generar conocimiento o articularse entre sí misma. Son todos buenos puntos de partida, con la auspiciosa circunstancia de que estamos en un año electoral. Una escoba nueva siempre barre mejor y más todavía si llega con la fuerza de una elección democrática.

El Estado mendocino nunca ha gastado tanta plata como en los últimos años, y ya estamos en problemas para pagar los sueldos; para llegar a fin de mes tenemos que mendigar descubiertos en el Banco Nación y los políticos oficialistas hasta se pelean por aparecer como sus gestores; la vitivinicultura se desangra en algunos de sus segmentos; empresas como Impsa –de liderazgo mundial- directamente se funden porque no les dan obras en su propio país. Todo eso ocurre aquí y ahora, frente a nuestros ojos, y no hay Indec que lo pueda disimular.

Así que estamos en problemas, en serio, y no queda otra que discutir cómo salir de ellos. Pero aunque parezca un cliché, no está de más recordar que ésta fue la provincia del general San Martín; y que podemos vivir porque le peleamos al desierto y le ganamos; y que estamos cerca de Chile (o sea de la salida al Asia, allí donde se corren cada vez más Grandes Premios de Fórmula 1 y sus países y empresas auspician las camisetas de la Liga Española); y que, salvo el pescado, aquí producimos todos los componentes de la “dieta Mediterránea”; y que, históricamente, fuimos un ejemplo de convivencia política; y que, a pesar de la inseguridad y de los pozos de unos cuantos caminos, podemos aspirar a una calidad de vida envidiable, donde casi todo queda a no mucho más de una hora de viaje.

Así que vale la pena pensarla a Mendoza, simplemente porque vale la pena quedarse. Es así de simple. Aunque cruja y no sea tan divertido.