Opinión
El país de la desigualdad

Llegar al lujoso aeropuerto JFK de Nueva York, salir de ahí en un auto alquilado y recorrer medio país hasta la zona de los grandes lagos, atravesando Chicago y de ahí al norte. Todo parece estar en su lugar, todo funciona. Los campos, las casas, todo ordenado, hasta la marea de camiones que surcan las amplias autopistas. Ubicado en la residencia de la Universidad de Wisconsin, escribo esta nota y miro por la ventana. Un paisaje bucólico, donde también todo está ordenado, los caminitos definidos, los espacios verdes con el pasto cortito y una que otra ardillita que rompe la monotonía. Uno va al supermercado a comprar algo para comer y todo sigue en orden, pero por la televisión se ve el mundo real. Un mundo y un país donde no todo está tan en orden. Es un mundo lejano, mediatizado por la televisión, que parece no afectar demasiado a las personas que miran de reojo y a lo sumo lanzan algún comentario.
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El estado de Misuri es el nuevo escenario de una explosión de violencia racial que indica que no todo está tan en orden en Estados Unidos. Una rebelión de afroamericanos contra la policía y contra el sistema que contradice el mensaje oficial de Holliwood. Por otro lado, el Bank of América acepta pagar casi 17 mil millones de dólares por los daños causados por las hipotecas basura que vendía antes del estallido de la crisis financiera de 2008. Si acuerdan pagar esa cifra, me pregunto cuánto será verdaderamente el lucro y el daño que ocasionaron. En la lejana Siria, un grupo terrorista islámico decapita a un periodista del Global Post, y también uno se pone a pensar que todo eso es consecuencia de las políticas de este país que muestra su piel de oveja pero esconde sus vísceras de lobo. Por último, el noticiero de la tele muestra con orgullo que los estadounidenses afectados de ébola han sido repatriados desde el África, y responden bien al tratamiento con el suero experimental ZMapp. Pero en Liberia, están matando literalmente a todos los infectados autóctonos.
Este es el panorama noticioso de una semana que termina movida en Estados Unidos. Pero movida sólo en las noticias, como un espectáculo más para el típico ciudadano norteamericano de esta parte del centro-norte, una especie de Homero Simpson que vuelve cansado de trabajar y lo primero que hace es sacar una cerveza de la heladera y echarse frente al televisor. O viceversa. Y en ese plan de entretenimiento, entra un poco de noticias, total, todos los sufrimientos y dramas son muy lejanos y por la ventana se sigue viendo el paisaje bucólico atravesado por las ardillas.
Donde nada es muy bucólico es en Ferguson, un barrio de la ciudad de San Luis, en el estado de Misuri, donde estalló de nuevo esa olla a presión que hace parecer que aquí son todos iguales. Cada tanto, esto sucede. Luego de la Guerra de Secesión en la década de 1860 se suponía que el triunfo del Norte sobre el Sur significaría el fin de la esclavitud. Pero no fue así. Cien años más tarde, recién las en 1964 se dictó el Acta de los derechos civiles y un año después la igualdad de los afroamericanos al momento de votar en el supuesto “país de la democracia”. Fue la década del ’60 con las luchas de Martin Luther King y Malcom X, con los mismos objetivos y distintos métodos, y el famoso saludo con el puño enguantado en alto del black power en los Juegos Olímpicos de 1968. Parece mentira, pero pasaron 46 años y todavía no hay plena igualdad para los afroamericanos en este país. La llegada de uno de los suyos a la Casa Blanca pareció una utopía cumplica. Con Barak Obama en la presidencia, muchas fantasías se dispararon, pero quedaron en eso, en sueños nada más.
La realidad muestra que la discriminación racial en Estados Unidos sigue siendo una realidad, y como sucede de vez en cuando, esta semana estalló nuevamente la ira de una comunidad acostumbrada a sufrir persecución y discriminación. Esta vez el detonante fue el asesinato de Michael Brown, un joven afroamericano de 18 años, a manos del policía blanco Darren Wilson. Fue el 9 de agosto pasado en Ferguson, un suburbio de San Luis, y el agente le dio seis tiros, dos de ellos en la cabeza.
A partir de ese suceso, y sobre todo de la impunidad con que continuó el policía en libertad y sin siquiera cargos criminales, explotó la protesta social en un lugar que por un lado es tranquilo, pero que muestra los signos concretos de la desigualdad. Con el 68 por ciento de población afroamericana, en la policía menos del 10 por ciento pertenece a esa comunidad, y la gente ve a los agentes más como una amenaza que como una protección. Parecido a lo que ocurre en cualquier barrio de Córdoba, Mendoza o Rosario.
Aquí, cerca de 400 personas mueren por año víctimas del “gatillo fácil”, la mayoría obviamente son afroamericanos y latinos. Obama mismo lo dijo en su oportunidad: “Hay muy pocos afroamericanos en este país que no hayan tenido la experiencia de ser seguidos cuando van a comprar a unos grandes almacenes”, dijo una vez. “Esto me incluye a mí”.
Mariano Saravia.
