Opinión
Hacer las cosas bien, sin excusas
Hay cientos de empresas en la Argentina, y miles en el mundo, que son mucho más complicadas de gestionar que un gobierno. Sin embargo, esas empresas se desarrollan, crecen, dan empleo y producen bienes y servicios de calidad para seguir existiendo en el mercado.
La diferencia del éxito entre esas empresas y la gestión de un gobierno, radica principalmente en que si las empresas no son exitosas, si gastan más de lo que recaudan, si producen bienes defectuosos o prestan servicios de mala calidad, si en lugar de convocar a los mejores, convocan a los amigos, si no tienen metas a dónde conducir la gestión, o si no tienen indicadores que señalen si van bien o mal, esta empresa quiebra.
Por el contrario, nada de eso pasa en el Estado. Los gobiernos no tienen competencia, son sostenidos en forma compulsiva con los impuestos de todos, y por supuesto, no quiebran. Para colmo de males, muchas veces actúan en forma prepotente y justificándo todo el tiempo por qué no hacen lo que deben hacer.
Quiero exagerar más el ejemplo, para aquellos que puedan aducir que estoy haciendo una simplificación extrema al comparar una empresa con un gobierno, y para quienes crean que eso implica una visión frívola y tecnocrática del Estado.
Pues bien, pongo entonces un ejemplo más cotidiano y de alta sensibilidad. Ya no una empresa, sino la familia misma. ¿Imagina el lector cuánto puede durar una familia si gastan el doble de lo que ganan? ¿O si llaman a trabajar a la casa al peor de los albañiles porque es amigo? ¿O si maltratan al jefe que a fin de mes le paga el salario?
En fin, gestionar bien una organización, sea cual sea, no tiene que ver con lo ideológico, sino con la sustentabilidad de la misma. Es posible gestionar bien el Estado. Para eso es necesario convocar a los mejores a desarrollar las responsabilidades más importantes. Cada ministerio necesita disponer de los mejores en su área y de allí deben surgir planes de gestión orientados a satisfacer las necesidades de los ciudadanos contribuyentes, a través de planes prácticos y concretos, con partidas de recursos disponibles y ajustándose al presupuesto asignado. Los planes deben tener metas inmediatas, de mediano y de largo plazo, y contar con las herramientas que permitan medir el nivel de cumplimiento de los objetivos propuestos.
Y demás está, aclarar que la culpa no la tiene el empleado público, muchas veces castigado por la opinión pública injustamente. Por el contrario, suelen ser los que mantienen en pie la gestión. La culpa es de los jefes políticos que, con gran audacia, se lanzan a gestionar áreas que desconocen.
No es tan complicado hacer las cosas bien. Lo difícil es tomar la decisión de cambiar la matriz de gestión del Estado. Y por supuesto, poner en primer lugar al ciudadano. Toda la gestión debe orientarse a brindar un servicio de calidad. Lo demás, son excusas para justificar fracasos.
En fin, una gestión de calidad no tiene que ver con las ideologías, sino con el respeto por los ciudadanos. Como ocurre en cualquier empresa, como ocurre en cualquier familia.
