Opinión
El miedo a los hijos
Si nos remitimos a la definición de la palabra autoridad, ésta es considerada como el poder que uno ejerce sobre otro, sin fuerza. Y si bien la autoridad es un aspecto a tener en cuenta en todas las instituciones que conforman la sociedad, en los últimos tiempos se han configurado otras maneras de estar en ellas. Familias sin referentes y dificultades para construir consensos son algunos de los conflictos que se manifiestan día a día.
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Un caso reciente que apareció en los medios muestra un padre “cubriendo” a su hijo, en aparente estado de ebriedad, quien produjo un accidente en la ruta. Y, si bien nadie está obligado en declarar en su contra, menos en contra de su párvulo, cabe pensar por qué este progenitor reacciona de esa manera, manifestando a la prensa la tesis de accidente y descartando de hecho un problema personal del joven, negando el estado en el que se lo podía ver explícitamente.
La pregunta obligada es qué nos pasa a padres e hijos que no podemos establecer el diálogo entre nosotros, qué nos sucede que no podemos construir un sistema de relaciones homogéneas, de respeto entre unos y otros.
El problema a dilucidar, creo, no es la incapacidad de los más jóvenes para apropiarse de un orden establecido, sino la ineficacia de una representación de la autoridad, la falta de referencia que un adulto puede construir.
Si bien décadas atrás, quienes fuimos jóvenes teníamos clara la diferencia entre lo permitido y lo prohibido; sabíamos, de antemano, que “si nos pasábamos de la raya”, venía el castigo o el enojo paterno. El límite nos estructuraba.
Hoy por hoy, e tiempos fluidos, de aceleración y de fragmentación, la pregunta es cómo hacer para educar en este contexto. No caben dudas que no hay lugares fijos sostenidos en una jerarquía autorizada, en la herencia o en la experiencia acumulada. Ya no se respeta el camino recorrido por otros, pero tenemos que ir pensando que la falta de autoridad en una institución, en este caso el hogar, repercute en el vínculo con los otros.
Los padres somos, o deberíamos serlo, el referente adulto de los jóvenes, somos quienes sostenemos la autoridad, quienes debemos identificar señales de alarma en los más chicos, quienes debemos ser objetivos cuando los miramos y, además, ser firmes, que no es lo mismo que autoritarios, siendo claros en nuestras explicaciones. Pero, por sobretodo, somos quienes debemos tener coherencia entre el decir y el hacer y lo demás vendrá por añadidura.