Presenta:

Opinión

|

Marcelo

Código

Pedro es un excelente poeta y un agradable tipo que tenía la suerte de su lado cada vez que lo acompañaba al casino.
Foto: Pachy Reynoso/MDZ
Foto: Pachy Reynoso/MDZ

Hacía un buen tiempo que no veía a Pedro luego de una temporada de salir juntos por las noches a ver recitales de rock y compartir jornadas dándole al cuerpo pa que tenga hasta la madrugada. Como buen sibarita, Pedro, siempre proponía planes que comenzaban por una buena cena y exquisitos vinos.

Pedro es un excelente poeta y un agradable tipo que tenía la suerte de su lado cada vez que lo acompañaba al casino. Tiraba un cien y nos íbamos con un quinientos de mínima. “Vos me das suerte Marmat” -me decía contento con un trago de whisky en la mano. “Es la martingala querido” -afirmaba cuando le preguntaba por el orto que tenía a la ruleta. Yo no entendía un carajo y solo acompañaba las jugadas de Pedro tomando un whisky, esperando que se le diera.

Siempre ganó. Pero lejos de guardarse el dinero obtenido por ese azar misterioso de los casinos, el tipo lo derrochaba en los bares con amigos y amigas invitando rondas de champaña. La noche terminaba en su departamento con algunas señoritas con quienes leíamos poemas hasta que rumbeábamos pa las piezas. Esas noches eran la perfectas, redondas. Ganar dinero y mujeres a medida de nuestras pretensiones nos hacía inmortales por unas horas.

Sin embargo no siempre se terminaba de la misma manera. Me refiero a las mujeres. No siempre terminábamos con mujeres por más guita en el bolsillo que tuviéramos. Se ganaba y se perdía. Pues bien, hace unos días nos topamos con Pedro de frente en una esquina del centro y nos prodigamos un abrazo comprometiéndonos a juntarnos el fin de semana a comer en mi casa. “Yo llevo la comida y vos pones los vinos” -me propuso.

El sábado a las 22hs. yo tenía lista la mesa con unas ensaladas, pan casero y un vino abierto para que se oxigenara. Pedro no aparecía y a las 22:30 hs. llamé a su teléfono pero no contestaba. Como buen ansioso que soy caminé por mi casa dando mil vueltas para acelerar el tiempo y apareciera Pedro. Pensé en un momento que como Pedro no tenía auto se le habría complicado conseguir un remis o un taxi.

Se hicieron las once de la noche y ya me había tomado más de la mitad de la botella de vino que dejé en la mesa. Entonado me puse a leer un libro que le había separado para prestárselo, a repasar algunos párrafos que pensaba compartirle durante la cena, marcados con lápiz. Pero Pedro no aparecía.

Cuando tomaba el último sorbo de vino de la copa sentí estacionar un auto en la puerta de mi casa. Me asomé por la ventana y efectivamente era un remis. “Tarde pero llegó” pensé. No obstante el chofer fue quien bajó del auto con un paquete en la mano. Sonó el timbre y al abrir la puerta me encontré con un hombre de camisa y corbata quien me acercó el paquete y me dijo “Buenas noches, ¿usted es el señor Marcelo Padilla?”, -Sí, respondí intrigado. “Bueno, el señor Pedro le manda este pollo y disculpas porque no va a poder venir a su casa”.

Sorprendido tomé el paquete con el pollo y cerré la puerta de casa sin entender del todo. Eran cerca de las doce de la noche y tenía hambre. Abrí el paquete y, efectivamente, un pollo trozado al limón esperaba ser deglutido. Antes de servirme una presa en el plato divisé un papel escrito en los pliegues del paquete que decía: “perdón mi hermano, no quería dejarte sin la cena. No voy a poder ir a tu casa, perdí en el casino”.