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Opinión

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Adicciones

¡Dejé las drogas! (pero no recuerdo dónde)

Hay una doble naturaleza que las constituye: el placer y el dolor. De la prohibición a la falsa épica, todo un mundo se levanta, si de drogas hablamos.
Foto: www.periodicodecrecimientopersonal.com
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¿Y qué decir sobre la adquisición misma de la sabiduría? ¿Es o no un obstáculo el cuerpo, si se le toma como compañero en la investigación? Y te pongo por ejemplo lo siguiente: ¿ofrecen, acaso, a los hombres alguna garantía de verdad la vista y el oído, o viene a suceder lo que los poetas nos están repitiendo siempre, que no oímos ni vemos nada con exactitud?”, Platón, Fedón o Acerca del Alma.

Alguien, seguramente Eduardo Galeano, escribió que recordar es volver a pasar por el corazón. Pues pensar también puede consistir en esto: volver a pasar las viejas cosas por la reflexión. ¿O acaso no están pensados ya todos los pensamientos posibles? Sin embargo, no es de esto de lo que quiero hablar. 

Vamos al punto. Recuerdo haberlo estudiado alguna vez y recuerdo haberlo escrito alguna vez. El recuerdo, como corresponde, es borroso, y mezcla corazón y pensamiento, por lo cual echar mano de él y reciclarlo, volver a pasarlo por el corazón y el pensamiento, puede ser, esta noche, una actividad nutritiva. O no. Aparte de esto, no tengo otra cosa mejor que hacer. La vida, muchas veces (bueno, todas las veces), se va como se va el humo y escribir no es otra cosa que levantar una Babel de humo. Lo bueno es que haya alguien que te pague por hacerlo. 

Alguna vez, decía o tal vez no, siendo alumno de Filosofía y Letras, recuerdo haber traducido a Platón, en el que tal vez sea su libro más perturbador, el Fedón.  En la obra, se ocupó, con detallado esmero, casi morboso, casi científico, minimal y quirúrgico, aunque lleno de congoja, de la condena a muerte de su adorado maestro Sócrates y, en particular, de la ceremonia de su partida. 

Por cierto, a Sócrates lo condenaron a muerte, justamente, por hacer pensar “demasiado” a los jóvenes; lo mataron porque, al fin y al cabo, apostaba a la diversidad, a la posibilidad, a la duda como actitud ante la vida y a la educación no como acopio esmerado de información, sino como organismo vivo que se transforma, que se niega y se reinventa. 

Jamás olvidaré, justamente porque siempre lo vuelvo a recordar, esos episodios finales del gran filósofo narrados por su discípulo, luego de ser injustamente condenado a muerte por un tribunal de su amada Atenas, pero no es de esto de lo que quiero hablar, sino del tipo de condena:

Sócrates fue condenado a consumir una droga, la cicuta, que, en pequeñas raciones, tiene valor medicinal y cura y protege la vida. No obstante, en grandes raciones, la cicuta se convierte en veneno y te mata.

Así son las drogas, según lo recuerdo: hay en ellas una doble naturaleza que las constituye, como al Asterión, el divino Minotauro de Creta, que nos pintara Jorge Luis Borges.

Las drogas pueden hacerte volar y pueden estrellarte contra el piso. Negar esta inobjetable evidencia, por ejemplo, suponiendo que sólo causan daño a corto, mediano o largo plazo es ir en contra de la historia de la humanidad, que se ha desarrollado –también– a partir de las formas de sabidurías ancestrales a las que las drogas echan luz, cuando las puertas de la percepción han sido abiertas.

Sin embargo, no recuerdo si fue causa de William Blake o de Jim Morrison y los Doors, que hace tantos años ya, pensé esto mismo que estoy pensando ahora: ¿por qué hay determinadas drogas que son legales y otras que no lo son? ¿Por qué las que más daño causan son las legales: tabaco, alcohol, pastillas? ¿Por qué las drogas químicas como los psicofármacos son legales y costosas, por lo tanto, muy consumidas en las clases sociales que pueden costearlas? ¿Por qué los pobres consumen de la mala y los otros no? ¿Por qué siempre caen en cana los perejiles? ¿Por qué aumentan las prohibiciones y no reducen los daños? ¿Por qué el Primer Mundo castiga a los países productores de coca, siendo que son esos países los que fabrican los precursores químicos sin los cuales la cocaína no podría obtenerse? Otra vez me fui de tema y a quién le importa, seguir el habitual curso de las cosas... 

Ah, hablábamos del Fedón. El Fedón  o Acerca del alma, es un libro de Platón, en el que habla de la muerte de Sócrates, bueno, más bien habla del último día de vida del quía en cuestión. Para poder matarlo, el poder –representado por Atenas, la majestuosa ciudad de los bellos y los buenos– decide someterlo a una experiencia del exceso: consumir más de la cuenta una determinada sustancia. Así, la ejemplaridad termina siendo consolidada, ante los ojos de todos, por el ejercicio del exceso de una sustancia. O sea: la mesura, sin exceso, es la locura (cáptese la rima consonante).

Bueno, con las drogas, ocurre lo mismo. Estoy intentando decir que, las sociedades necesitan no sólo de sus artistas (que son todos fumanchines, se lo garanto, señora; bueno, al menos todos los que conozco, gente rara) y de sus suicidas (que han sido todos raramente osados y compasivos, se lo garanto, señor, al menos los que yo he conocido, gente noble), sino también de sus malabaristas con los sentidos alterados y los ojitos rojos y chiquitos como testículos de demonios recién paridos (ellos están viendo cosas que no vemos e, incluso, tal vez no estén salvando, aunque no haya de qué salvarse).

Me voy de tema, apenas un párrafo, para subrayar que también necesitan las sociedades de sus estados para quienes, en el tema que nos convoca, tienen problemas con las drogas, a través de eficaces programas contra las adicciones, de eficaces programas de prevención de ellas, especialmente en niños y adolescentes y, sobre todo, de eficaces programas que generen en nuestros jóvenes hábitos de vida saludables. 

¿Sabe qué está buenísimo, señora? Que los pibes, antes de tomarse un porrón o fumarse un porro o inhalar porquerías, tengan un club a mano para jugarse un fulbito, una pileta, una buena biblioteca, una linda plaza y buen acceso al sistema sanitario, cosas así, para los pibes (uh, estoy hablando como el cura Farinello). 

Así es como, además, se construye seguridad: ¿quiere sentirse segura?: pues construyamos seguridad juntos, apropiándonos de los espacios públicos, participando en organizaciones sociales y dando a participar, haciendo prevención con lo que no queremos que venga y también con lo que queremos que venga. Habemus párrafus. 

Puta madre no me sale esta mierda que quiero decir: estoy tratando de decirle a usted que no fuma, que no bebe, que no toma tranquilizantes ni pepas ni merca ni artemisia absinthium, ni canta con ayahuasca, ni se inyecta boludeces ni se fuma un porro  ni se pone en pedo y que, muy por el contrario, va a misa y conserva su pareja –que viene a ser como su mejor amiga o un pariente muy cercano– y que paga los impuestos e integra el Rotary o Conin o alguno de esos, y usa pulóveres escote en “V” y serpentinas de púas en el techo y bolsas de agua caliente en los inviernos, bueno, a usted intento decirle que, en el fondo (y tampoco tan, tan en el fondo) usted –tal vez, quizás, acaso, quién le dice, ponele, a lo mejor, en una de esas– necesita creer que, en las experiencias de lo distinto a su habitualidad, hay ilegalidad, desesperación, daño, desolación, inseguridad, soledad, tristeza; que en lo diverso hay falsos dioses o falta de Dios, autodestrucción, abandono de humanidad, vagancia y cosas por el estilo. Y por ahí, no. 

Y por ahí no, señoras y señores, por ahí, no... Por ahí, de hecho, acaso asome una forma de felicidad o de conocimiento o de simple latido acompasado con la música universal que desconocemos, allí, en la otredad. Quién sabe.

¿Se imagina lo horrorosamente aburrido y cruel que sería el mundo si todos pensaran como usted y como yo, que somos gente proba, justa, bien pensante, pía, limpia, competente, virtuosa, legal, mesurada, honesta y reflexiva? 

(Y, por favor, no me venga con eso de que estoy izando la bandera del consumo y haciendo apología de la marmota. Simplemente pujo, claramente sin éxito, por correr velos hipocresía y dejar que cada quien –si es mayorcito– haga de su traste un pendrive de 32 gigabytes o una maceta con malvones o una escafandra de cera del oído o un monoambiente despojado o un cementerio inca de peluche). 

¿En qué estábamos? Ah, en el Fedón, de Platón. ¿Sabe qué dijo el vago (el vago es Sócrates) el mismísimo día de su muerte? Que si hay algo asociado al placer, ese algo es el dolor. Y fue más allá aún:

¿Saben a qué me he dedicado siempre? Me he dedicado a morir, dijo a sus apesadumbrados discípulos, palabras más, palabras menos (siempre fui pésimo para traducir griego, señora, todavía debo uno a la facultad).

Para Sócrates, sólo la muerte trae conocimiento. Sólo cayendo en el pozo se puede reparar con certeza en la curvatura del cielo. Sólo muriendo un poco cada día se descubre que la última muerte es otro trámite y, después, el hocico de la nada, fuiste chabón, a otra cosa mariposa, pasto del olvido, tuca de nadie.

Bueno, mis amigos, con las drogas pasa más o menos lo mismo: son, a la vez, una experiencia del placer y del dolor; son aprestos de la ferocidad de las caídas y también chispas de indecible placer y vía al nirvana; son, al fin, una experiencia de la muerte, al igual que el sueño, que el orgasmo y que el amor.

Otra vez me fui de tema. O no. Le pido que me disculpe, pero es que hace años ya, dejé las drogas. Y no sé dónde. ¿En qué estábamos..? 

Ah, sí: alguien, creo que Eduardo Galeano o Platón o Sócrates o Kurt Cobain, escribió que recordar es volver a pasar por el corazón. Pues pensar también puede consistir en esto: volver a pasar las viejas cosas por la reflexión. ¿O acaso no están pensados ya todos los pensamientos posibles?

Sin embargo, no es de esto de lo que quiero hablar. Si tuviera una banda y el rock aún permaneciese con vida, le pondría “Estupendia”, pero si fuera de garaje se llamaría “La Choca Whiskera”, pero no tengo ninguna banda y ya envejecí y el rock es un ademán baldío y el daño de las drogas, al igual que Dios, se vuelven apenas temas de conversación. 

Bueno, ya no quiero hablar más. Ahora, me Río de Janeiro. Graciela., de Nadya. Liz Taylor.




Ulises Naranjo