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Opinión

La juventud como objeto de control

¿Por qué tanto miedo a la juventud? ¿Tendrán miedo de que cambien la historia?

Los jóvenes son unos bandidos –andan en bandas- y cometen delitos. Siempre lo hicieron. Además los jóvenes nos molestan como sociedad. Joden, siempre joden. Son esa franja etaria difícil de domesticar por los Aparatos Ideológicos: escuela, familia, especialmente. Lo logran en gran medida porque la dominación que ejercen esos aparatos cuenta a favor con la inculcación ideológica y la represión simbólica, más efectiva que la física. El control ideológico y la administración de los cuerpos es una de las más inmunes variantes de hegemonía que legó la ilustración. Ya los castigos neofascistas contemporáneos son más suaves; seducen, conquistan, buscan la participación activa del dominado. En eso consiste la hegemonía pues, en la participación activa del dominado, convencido.

¿Por qué tanto miedo a la juventud? ¿Tantos controles, consejos, reprimendas, estigmatizaciones? ¿A qué le tienen miedo de la juventud? ¿Tendrán miedo de que cambien la historia?

Desde los gangs de principios del siglo XX hasta los revolucionarios de los 70, de los hippies a los piqueteros. Necesitan de la masa anónima para acicatear la moral de la sociedad. Tienen la culpa de todo lo que nos pasó y nos pasa. Desde destrozar la primavera (léase propiedad privada o pública) hasta violentar la autoridad policial. Son asesinos en potencia, delincuentes primitivos o idiotas dostoieskianos. Empezaron por la Rusia zarista con la frustrada revolución de 1905 que consiguieron materializar en 1917. Tomaron las armas hacia 1910 con Emiliano Zapata en Morelos, México, pugnando por sus tierras. Pusieron patas para arriba la burocracia universitaria Argentina en la ya mítica reforma de 1918.

Luego se les ocurrió acompañar a Hipólito Yrigoyen en Argentina para enfrentar a la oligarquía y al régimen, poblando de alpargatas chacareras el Ejecutivo y el Congreso Nacional. Continuaron, poblando la Plaza de Mayo el 17 de octubre del 45 con “los negritos del interior” que luego se convertirán en obreros dignos con trabajo y derechos sociales.

Por otros soles, en la patria de Nicolás Guillén, un grupo de jóvenes barbudos, temerarios, se toman un barquito desde México, hecho trizas, el “Granma”, y dan pelean desde la Sierra Maestra bajando a la ciudad de La Habana con campesinos cansados del oprobio, y se las ingenian hasta cercar y derrocar una dictadura proamericana en la islita-cabarute de Cuba que disfrutaban los fuckin yanquis de la prosperidad capitalista, desfilando triunfantes, por las calles de La Habana el 1 de enero de 1959. Y hoy ninguno de los millones de niños que trabajan en condiciones de esclavitud es cubano. Y tampoco ninguno de los millones de niños desnutridos es cubano. Otra mano.

Los jóvenes de acá fueron fusilados luego de la caída de Perón en el 55 en una “Operación Masacre”; y años después apaleados por Onganía en el 66, en “la noche de los bastones largos” en la Universidad Nacional. Pero no se fueron al mazo y armaron un quilombo de dios y explotaron en el 69 con el Cordobazo. En Francia ya habían hecho de las suyas en el 68 en el legendario “mayo francés”.

Crearon el rock en EEUU e Inglaterra a fines de los 50 y se rebelaron contra el Estado y la familia en los 60. Se hicieron hippies y se fueron a vivir con ovejas, en pelotas. Probaron las drogas más raras. Enfrentaron la guerra fratricida en Vietnam y les arrojaron flores a los militares que no podían entender las armas de la paz. Una revuelta más cultural que de guerrilla pero que dejó su impronta en varias generaciones.

Murieron miles por todo ello. Crearon movimientos revolucionarios en Chile, Argentina, Colombia y Nicaragua. En el 79, el 19 de julio, jóvenes marxistas y cristianos en nombre de Sandino dan vuelta la torta en Nicaragua, “tan violentamente dulce”; una revolución plagada de poetas.

En Argentina llegan al poder en 73, sin embargo fueron masacrados a partir del 76. La mayoría de ellos jóvenes entre 15 y 18 años. Como refugio en dictadura se escudan en el rock nacional como forma de supervivencia y construyen un movimiento pendular ante la impavidez de la sociedad adulta y cómplice por sus silencios.

“Todos subversivos y terroristas, drogadictos antivida”, decían. No obstante el legado lo levantan las Juventudes Políticas en los 80 y recuperan la democracia Argentina. Toman los espacios públicos e inundan de primavera democrática al país.

Pero vendrá la década perdida de los 90 y ahí también estarán, suspendidos en el tiempo, esperando el zarpazo que darán hacia fines de 2001 y crearán un nuevo universo simbólico de rebeldía, lucha social y cultural. No se amilanarán.

Ahora, tenemos un nuevo escenario social, cultural y político. La juventud se manifiesta a través de nuevas tendencias de visibilidad. De la juventud objeto de estrategias de consumo y generación de identidades acordes al mercado, pasamos a una juventud sensibilizada con la política y lo socio-cultural. No es poco. Es un proceso muy rico el que se vive por estos días (aunque para mi gusto le falta explicitar algunas discusiones sobre el rumbo del modelo nacional) que no debería menospreciarse con macartismos típicos de los sectores que cuando ven a los pibes en una marcha o en una juntada política les endilgan el rótulo de “comprados”.

Es que hay que decirlo: antes a los jóvenes se los quería comprar como “objetos de consumo”, transformados en portadores de identidades que el mercado necesita incesantemente reproducir y regenerar para lograr la anestesia social que todo orden necesita. Los jóvenes anestesiados.

Y están apareciendo jóvenes que no pertenecen a ningún partido, en los barrios haciendo trabajo solidario, en los sindicatos poniéndole crítica a las conducciones burocráticas, en las asambleas por la defensa de los recursos naturales. Y también en el periodismo hay jóvenes que se le animan a la domesticación de los medios, y se filtran, y se cuelan con sus notas y coberturas. Y esto, todo esto que pasa, le pone mucho más color a la vida en sociedad, porque son los jóvenes los que pueden hacernos recuperar la alegría después de tantas tristezas.

No bajar la guardia. Horqueta y piedra.