Un país dividido en dos
Bienvenida la división, señoras y señores. La división política en dos polos que buscan moldear la nación no se logra en cualquier etapa histórica de una formación social, de un país. Y lo digo no porque me parezca que la división sea una negatividad tensionante que, como muchos creen, crispa a la sociedad. Por el contrario, es una positividad que pone al descubierto, que emerge del fondo del mar a la superficie, que sale a la palestra, que no admite confusiones.
La división social existe y existió siempre. Pasa que hay momentos en la historia de las sociedades en los que la hegemonía dominante del poder real, además de ejercer el poder político, se ocupó de engañar y confundir, diluir en el plano ideológico lo que se encuentra en las entrañas de una sociedad capitalista que tiene a sectores que viven del privilegio a costa de la mayoría derrotada, no obstante las luchas y resistencias en esos períodos.
Hoy la división, a diez años de kirchnerismo, se hace más patente, básicamente porque una voluntad política férrea se propuso empoderar a vastos sectores de la sociedad para recuperar derechos, conquistar lo que les fue arrebatado durante décadas: dignidad, trabajo, diversidad cultural, esperanza, creencia en la política. Pero, fundamentalmente, recuperar la idea de no tener miedo al poderoso.
Y es ahí donde está la clave, el click social en la conciencia de millones que apuestan al proyecto vigente, que puede tener miles de contradicciones (lógico en todo proceso político, no existe de otra forma) pero que va para adelante a tono con otros procesos de naciones hermanas.
El sábado 25 de mayo se vivió una fiesta en el país. Yo no fui a Buenos Aires pero me junté con amigos y amigas a comer nuestras comidas típicas y brindamos por nosotros y por todos, porque en esa mesa del sábado a la noche, como en otras miles, también estaba la patria. Y no éramos todos afines al gobierno, es más, discutimos con cariño de amigos las bondades y errores del actual modelo y proyecto social y político que hoy gobierna la Argentina. Pero en paz.
En definitiva, concluíamos, que de lo que se trata es de no derribar lo conquistado y exigir lo que falta, hacer cada uno en su lugar eso que nos falta a nosotros, el involucramiento en la vida cotidiana para ser mejores personas, solidarias y amigas del otro. Allí, creo, está el acertijo para pensarnos también como sujetos activos de la vida común.
A veces no se trata de la militancia política partidaria. La sociedad toda no milita en un partido, pero sus acciones sociales cotidianas son las que motorizan los cambios con prácticas pequeñas pero nobles que se entraman en la argamasa de un mosaico heterogéneo vistoso y muestran el movimiento perpetuo.
Debemos pensarnos en transición permanente. Aquí no se rinde nadie ni nada se agota mientras la sociedad no se muera. Y esta sociedad habla y hace. La oposición cree que todo se trata de un relato, como si se tratara de una ficción, ese es su nuevo cliché junto a su nueva cloaca de denuncias de corrupción que emite el 13 los domingos a la noche.
El sábado, en definitiva, festejamos los que creemos que el amor salva. Los que odian, rumiaban el mismo hueso, viejo, con mal sabor, agujereado por tanto diente hincado. A ellos les faltó espíritu patriótico, por eso la pasaron mal, y debe haber sido el único día en que jamás prendieron la televisión que tanto los alimenta.

