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Opinión

Un país que se reinventó

Faltan cosas, seguro, pero es distinto que falten cosas a querer que se caigan las conquistas.

Sí, se fue una década, una más en el calendario de la historia política, del país y de nuestras vidas. Pues del mundo también, claro. Década latinoamericana además. Pero no se ha ido una década cualquiera, olvidable, indiferente. ¿Cómo titular a la década 2003-2013? 

Cada uno tendrá su título, que puede proponerlo en el foro de esta nota. 

No creo que se trate de focalizar lo que pasó el año pasado ni en abril del pasado año, mucho menos ayer. Y si hay que descartar más aún, tampoco deberíamos pensar sólo en lo que nos pasó a nosotros, en lo estrictamente personal. ¿Qué cuenta? ¡Sí que cuenta!  Pero una miradita más sobrevoladora es lo que pido.

Una planeadita sobre 10 años entera, de punta a punta. Sin tanto charme en lo íntimo. Mirá al costado, a tus vecinos y a tus amigos, a tus hermanos. Y si no te conforma, mirá en los barrios, qué ha pasado en muchos barrios. O a tu tía o a tu vieja jubilada, hoy viva gracias a esta década.

Arrojemos las navidades para el olvido, los diciembres fatales, aquellas noches de vigilia, las bombas y las lanzas, los litros de sangre que cuajaron en el pavimento. Los autos viejos que son ya chatarra y, también, los nuevos, que son plástico ardiente en cualquier incendio, esos donde las brujas bailan cual aquelarre vengativo, sin sosiego. Olvidemos. Los amores y desamores. Los besos sin prosperidad. Aquellas caminatas a buen paso.

Un rato olvidemos al amigo que ya no está presente en la mesa de la noche de los jueves. A la diáspora. Al almacén que cerró para siempre en la noche neoliberal y dejó ese cartel aferrado a la pared de adobe, a un soplido del derrumbe, sosteniendo el mundo con un solo clavo. Sí, olvidemos. Sólo por unos minutos olvidemos el olvido. La indiferencia. O, por el contrario, la sobreexposición. El sobreprotagonismo, el estrés de gobernar la vida cotidiana. No comparemos nuestras fotos, aquellas, allá por diciembre del 2001, con estas, con tu representación en el espejo. 

No importa, aunque joda no importa. Sólo olvidemos unos minutos la comparación. Ni qué hablar de las fotos de familia. ¡No! No corten con tijeras las fotos, no se trata de excluir del retrato a nadie, aunque al que quieras recortar haya salido de buceo por la tierra y no haya vuelto jamás. Muchos, vivos, cercanos, casi rozándote, tampoco están tan cerca. 

El tema, les decía, es titular una década, y que te salga de las vísceras el título, recorra el laberinto y llegue al corazón para esquivarlo sin perderle la mirada, pero esquivarlo. Y lleguemos a la cabeza. Aunque la tengas partida por el hígado y los ojos estén de huelga. 
Decilo. Yo les propongo entonces no olvidar que hemos vivido “una década menos infame”.

Una década donde se recobraron derechos para los que menos tienen, para los más viejos, para los que no conocían el mar en verano, para los que miraban goles que se hacían en la tarde y los pasaban por la noche, para la justicia y la memoria, para los que no conocían su identidad y con los juicios y la búsqueda estoica de las madres y abuelas hoy la recobraron. Para los que no tenían más posibilidades que ir a un c íber y hoy tienen una compu gratis. Para los que se informaban por una sola boca de expendio de noticias y hoy, a diez años, la diversificación de voces es un hecho.

Claro que faltan cosas por hacer y profundizar. ¿Quién podría negarlo? Sólo un necio. Pero muy distinto es que falten cosas a querer que se caigan las conquistas, a destruirlas. Porque no sólo se las debemos a la voluntad política de un gobierno o de dos o de tres; se las debemos a la gente que luchó por conseguirlas. Básicamente, porque nadie regala nada. Y hoy tenemos un nuevo país que se reinventó sobre el viejo. Aunque muchos quieran el viejo.