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Opinión

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Muerto más, muerto menos

Las increibles afirmaciones del vicegobernador bonaerense, Gabriel Mariotto sobre los muertos por la tragedia y la ausencia de mea culpa.
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Da igual. Para el vicegobernador bonaerense, Gabriel Mariotto, que haya "un muerto más o un muerto menos no cambia la cosa". Está haciendo referencia a la cifra de víctimas de la tragedia a raíz de la tormenta en medio de una de las polémicas colaterales a ese asunto central que se quiere borrar de la agenda mediática con mil discusiones fútiles. Obliga, en medio de una bronca, a reprimir otra: la que surge de escuchar/leer palabras tan necias.

¿Qué opinaría de su expresión la familia de ese supuesto muerto X, esa "muerte más"? ¿Cuál sería la felicidad de los familiares de ese "muerto menos"?

En las cortinas de humo que se tienden sobre la humedad y podredumbre que dejó la falta de previsión y planificación aparece un juez, un tal Arias, que dice que hay 37 muertes "sanitarias" en los hospitales que quiere investigar y que no lo dejan. Hasta eso está en medio de un tironeo pequeño, chiquitito entre dos bandas del mismo peronismo que busca definir, con estas discusiones, quién agarra la manija del poder y no quién soluciona los problemas gravísimos que tiene el país y la mismísima provincia de la que son originarios estos "líderes" que se tiran por la cabeza muertos más, muertos menos. A Arias lo defienden los kirchneristas y los seguidores del gobernador Scioli le piden el juicio político, lo que abre otras sospechas detrás de su actuación: ¿lo mandaron a embarrarle la cancha a Scioli, en medio de la catástrofe?

Duele que esto suceda en un país en el que el libreto de los gobernantes les hace repetir como loros el concepto (que debería ser sagrado) de "derechos humanos". Son mentiras: no lo sienten, no los defienden, nos les importa si no les afecta directamente a ellos, a su microsector, a su secta.

Al enemigo -ratifican su doctrina- ni justicia, ni derechos.

Mariotto es autor de una teoría: que el problema de la ciudad de La Plata es que, durante los últimos 20 años, la planificación la decidió el sector privado y no el Estado. Pero, ¿quén gobernó esa ciudad en ese período? Su partido, el Justicialismo. Podrá alegar que fue tal o cual sector y se mantendrá al margen por alguna razón que justificará haciéndose propietario de los más altos valores morales y humanos, como es costumbre. Pero debe aceptar, entonces, que quien dejó que el poder privado tomara decisiones que le eran propias al sector público es Julio Alak, intendente de la Ciudad entre e 11 de diciembre de 1991 y hasta ese mismo día del 2007 y actual ministro de Justicia de la Nación, impulsor de lo que se llama pomposamente como "democratización judicial".

La misma actitud observó la propia presidenta de la Nación, Cristina Fernández, cuando llamó a los dueños del shopping DOT en el barrio porteño de Saavedra para hacerles saber que su construcción obstaculizaba el escurrimiento aluvional y, por lo tanto, los responsabilizaba de las inundaciones en la Ciudad de Buenos Aires. ¿No es el Estado el que autoriza o no las obras de una empresa? ¿Por qué meter en el medio de una empresa sin mostrar la misma actitud para con las autoridades que, en este caso, es Mauricio Macri, elegido como adversario discursivo, pero tal vez por ello un aliado necesario al que no hay que terminar de destruir? 

Gendarmería ideológica, inteligencia contra el enemigo del grupito que sostiene todo el poder y caradurez son los tres grandes rasgos en los que está mutando un proceso político que en algún momento representó una esperanza.

Con el paso de los años, ya que lamentablemente en la Argentina los procesos son así de largos, se contarán los "muertos más, muertos menos" que dejó este ciclo en donde el Estado se retira de los asuntos públicos y en donde sus gestores sólo se apropian de las palabras, renunciando a las acciones.