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Opinión

Información para el ministro de (sub)Desarrollo Social y el personal de la escuela Eva Perón

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Nidia Soto creó hace 18 años el hogar Brazos Abiertos. Al principio sus brazos recibían niños hambrientos y ella les daba un plato de comida.  Después los abrió un poquito más y la comida fue también para los padres de los chicos. Algunos años después, con los brazos más abiertos que nunca, recibió en su casa a chicos que no tienen a nadie más que a ella y les dio un hogar.

Nidia se ocupó de darles comida y techo, pero también de que estudien, de que se sientan queridos, de que no se queden con la frustración del abandono. Les mostró con hechos que hay puertas que se abren y personas que los quieren.

Hace dos semanas, el hogar de Nidia y los 28 chicos que viven con ella se incendió y se quedaron sin casa.

Presuroso, los funcionarios del gobierno, a través de un trabajo conjunto entre el ministerio de Desarrollo y la Dirección General de Escuelas, les brindó a los chicos las instalaciones de la escuela hogar Eva Perón y un crédito para que pudieran rehacer la casa que el fuego había consumido.

Allí fueron los chicos, resignados a que la vida siempre puede volver a golpear, a la escuela refugio del Parque San Martín.

Escuela refugio, porque de hogar tiene tanto como los funcionarios de humanos.

La mala suerte que asestó a los chicos no terminó en el fuego ni en el robo de las donaciones que habían recibido (les robaron todo 6 días después). La mala suerte siguió con la fecha del calendario. Justo vinieron a tener la desgracia de las llamas cuando empezaban las vacaciones de invierno y, como el personal de la Eva perón se tomó sus merecidas vacaciones, dejaron a los niños sin calefacción, ni agua caliente, ni agua purificada, ni cocina, ni compañía, ni ayuda.
Me pregunto si antes de irse y apagar la luz, y cerrarles el paso a la mitad de la escuela como si fueran ladrones, y apagar la caldera, alguno de ellos supo quiénes eran los chicos que estaban ahí.

Una de las chicas es Karen. Tiene 14 años y sus padres viven a una cuadra de Brazos Abiertos. Pero como su papá abusó de ella constantemente, la madre la dejó en los brazos de Nidia. Su “padre” nunca fue preso.

Están Emilce y Fabián, que son hermanos. Tienen 16 y 18 años y sus tres hermanos más chiquitos fueron adoptados por una familia de Palmira. Dicen que los hijos del padre son más de 30. La mamá adoptiva de los hermanitos los va a visitar y los lleva para que no corten el único vínculo familiar que les queda. Fabián protege a Emilce y “la tiene derechita” con las tareas del colegio.

También está Anita, de 17, orgullosa de su alto promedio en el colegio Andino, donde tiene beca. Los padres de Anita también viven en el barrio del hogar de Nidia, pero cuando se separaron decidieron dejarla allá. Anita, hace un tiempo se cruzó en el barrio con su padre pero él ni la reconoció. La madre tampoco la volvió a ver, vive con su nueva familia y sus nuevos hijos.

Anita quiere ser pediatra. Y dicen que su único sueño es tener una familia. Una mamá que le marque el camino.

“Yo aspiro a que mis niños se transformen todos en niños que sonrían, en niños que valoren la vida”, se atrevió a soñar hace poco Nidia Soto.

Difícil sueño de cumplir cuando quienes “reciben” a estos chicos les dan la espalda, les cierran la puerta y los dejan sin calefacción ni agua caliente porque empezaron las vacaciones de invierno.

Difícil que valoren la vida cuando la de ellos no es valorada por nadie.

Difícil lograr que sonrían estos chicos abandonados por sus padres, abandonados por la suerte y abandonados por empleados públicos que, presurosos en marcar la tarjeta del último día del semestre, no fueron capaces de entender que ahí, dejaban niños heridos.

Esta mañana, mientras una de las mamás que viven con sus chicos en el hogar contaba por Mdz Radio que el gobierno les entregaba viandas en el almuerzo y la cena y aclaraba: “pero no nos traen cubiertos, tenemos que comer como perros”, funcionarios del ministerio de Desarrollo brindaban una capacitación sobre Derechos Humanos para agentes del servicio penitenciario.
¿Qué pueden saber de derechos humanos esos funcionarios que, desde el ministro Elizalde para abajo, no se tomaron cinco minutos para asegurarse de que los chicos, además de tener comida, tengan cubiertos?

¿Se tomarán cinco minutos para ir a verlos y pedirles perdón en la cara?