Opinión
Chapa y pintura…
…al Máximo Arias, “el Lloviznao”
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Y le dábamos al mate. Circulaba horas entre nosotros. Nosotros, consternados transeúntes de un tiempo de mierda en un lugar húmedo y sombrío al que la calidez – que sí la tenía- le venía de otro lado.
El “Lloviznao” nos hablaba de imágenes y colores inexistentes. Sólo él tenía esa suerte de alucinaciones. Veía lo que nosotros ni siquiera sospechábamos…
Ven ese hueco en la pared?... Ven la luz que ingresa por ahí y le pega de frente al parabrisas del Falcon?...es un disparo, un estallido de sol …esa es la imagen! – y tomaba la foto.
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Máximo Arias.
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Nosotros no veíamos nada. En mi caso, me apuraban el estudio y otros “Falcon”, no precisamente ése. El armatoste, arrumbado e inofensivo, esperaba una generosa mano de pintura que le devolviera la prestancia perdida.
En tanto, el Pedro insistía con irse a España. El hambre y el miedo- todo junto y a la vez- no le caían bien. Quería irse a España a pesar del mate, el pan con mortadela - y … la madre que la parió a la Triple A…! – gritaba ahogando la voz con una mano.
En esos momentos era mejor no decir nada. Alguno volvía a avivar la desganada salamandra en el intento de estirar un poco más la desvaída yerba.
Hasta un muchachito entrerriano -vaya uno a saber cómo había llegado a esta ciudad- perdido por las indiferentes calles de Mendoza, desembarcó con sus penas en el viejo taller. Allí encontró changa y amigos. El pobre tenía más hambre que todos nosotros sumados pero contaba maravillas de ríos, de flores y no sé de qué trinares. Algún tiempo compartió aquella bohemia seguramente subversiva, hasta que nos sorprendió con aquello de que quería volver a Entre Ríos y dejar de probar suerte – o mala suerte- lejos de aquellas cosas que amaba...
Entre bromas y tristezas supimos que era cierto, que soñaba con pegar la vuelta y que no tenía plata ni para llegar a Desagüadero, otra que a Entre Ríos…
Ahora que conseguiste amigos y un lugar para el mate con raspaditas te vas a ir entrerriano? – recuerdo que pregunté como para tantear la posibilidad de retenerlo.
Sí. Quiero volver nomás – contestó escueto – pero no tengo un peso…
Y porqué te querés volver, lloviznao?- soltó el Máximo, que ya lo había adoptado en su corazón grandote.
Porque extraño a los pájaros…
…un disparo, un estallido de sol…
Ante semejante argumento, nuestros escuálidos bolsillos parieron, no sin dolor, algunos pesos que le aseguraban llegar, con sánguche incluido, casi casi a Paraná… En un auto destartalado, obviamente ajeno y conducido con audacia por el Pedro, lo llevamos a la vieja Terminal de Ómnibus. Desde allí partió en silencio, apenas con el ademán de un tímido saludo.
Yo, recuerdo, tenía un nudo acá, oprimiéndome la garganta; el Pedro jugaba nerviosamente con el llaverito de la Difunta Correa y el Máximo miraba el piso buscando quizás, otras imágenes…
Paraná, y después los pájaros, pensamos…
Andá a saber…! – se me ocurrió murmurar- .
Pero nunca supimos.
Otro hueco más en el costado. Para seguir andando, el Máximo nos hablaba despaciosamente de imágenes nuevas, del blanco y el negro de la vida nuestra y la de los otros. El taller seguía oscuro y con olor a tínner, pero él obsesivamente colgaba metáforas en sus paredes, en improvisados escaparates de lata o sobre los viejos tarros de pintura ya vacíos …
Con el pasar del tiempo he seguido imaginando al Pedro, urdiendo su empeñoso plan para huir a España…y al entrerriano de los pájaros ausentes que nos saludaba con silencios rumbo casi, casi a Paraná… y a los estudiantes de entonces, altamente sospechosos, tratando de sobrevivir y de entender porqué carajo éramos altamente sospechosos.
A instancias del blanco y negro de nuestras vidas, logro recordar a la vieja cámara del compadre, siempre lista y diligente, sobre un tacho, entre lijas y diarios viejos... y el hueco en la pared … y la luz en el parabrisas…
Algún día voy a agradecerle al Máximo haberme enseñado a ver…
Pero el tiempo nos distrae con otras cosas que parecen ser importantes, imprescindibles.
El tiempo, los mates con hambre, los agujeros de la mortadela, la pared sospechosa, el sol que no salía, el silbo inusitado de pájaros de estopa, las cosas, sobrevivir…
Entonces…
-Che, Máximo...Vos sabés que no soy de hablar mucho, pero… bueno, mirá , hace rato que quería decirte…Máximo…Compadre…Donde estás, “Lloviznao”?!...
Daniel De Monte.