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Opinión

Al pan, pan y a El Pozo, pozo


Esta mañana, Celina Sánchez, la esposa del gobernador Francisco Pérez fue a visitar a las familias que viven en y del basural de Godoy Cruz que los mendocinos conocemos como El Pozo.

No era la primera vez que iba. Dicen que en otras oportunidades se acercó a ese lugar pero se presentó sólo como Celina, tal vez porque no quería un trato especial por parte de quienes viven allí y aprovechó el anonimato para hacer un intento de comprender la realidad de esa gente.

Evidentemente, no le salió.

Esta vez, rodeada de periodistas, la esposa del gobernador retó: “Hay que dejar de nombrarlos como los vecinos de El Pozo porque los estás hundiendo. Es un estigma. Llamémoslos vecinos de un barrio del Oeste y listo”.

Está claro que la señora, seguramente con buena intención, piensa que negar la realidad es útil. Pero ciertamente no es de ninguna utilidad para los pobladores y trabajadores de El Pozo, que siguen siendo pobres que viven de revolver la basura, más allá de cómo se llame el lugar en el que vivan.

Remarcar el nombre del lugar en que sobreviven no los hunde. Hundidos están de lunes a lunes bajo toneladas de basura que hurgan en busca de comida, cartón, latas, vidrio, plástico y todo lo que pueda ser vendido por algunos centavos.

Llamarlos así no los estigmatiza. Un estigma es, por definición, una marca o señal en el cuerpo. Sus estigmas son los cortes que se hacen revolviendo los residuos, la piel curtida por trabajar horas bajo el sol mendocino y otras tantas en las madrugadas heladas. Picaduras de todo tipo de alimañas que no tienen tiempo para ser curadas ni atendidas porque allí, cada hora que no se trabaja, es un pan que falta.

Nadie tiene derecho a negar esa realidad, ni a maquillarla bajo el concepto de “vecinos de un barrio del Oeste”, como si fueran habitantes del SUPE o del Dalvian, que también está en el Oeste.

Hace unos meses, cuando el gobernador Pérez fue en persona a reunirse con los vecinos del basural, un hombre, cuya piel estaba tan curtida y su mirada tan apagada que bien podría tener 23 o 58 años, me decía: “Acá trabajó mi abuelo, después mi papá. Yo empecé a venir con mi viejo cuando tenía 8 años, no pude estudiar. Acá trabajo con calor, con frío, con lluvia, con helada y con fiebre también. Hace un mes no me quedó otra que traerme a mi hijo de 12 para que me ayude. Y yo le pregunto, señora, ¿cuándo vamos a salir de esto? ¿cuándo va a haber alguien en mi familia que haga otra cosa que no sea revolver basura?”.

Para ese hombre de brazos y rostro tajeados, con olor a basural y ropa mugrienta, que le quieran negar esa realidad es un insulto. Porque lo que se niega no se cambia.

Llamemos las cosas por lo que son. Veamos de cerca las cicatrices de la pobreza, acerquemos la nariz a ese olor de animal muerto, veamos a los ojos sin mirada de quienes saben que no tienen futuro y no los matemos con la negación, que le puede ser muy útil al gobierno o al ánimo de la señora Sánchez, pero que para los vecinos de El Pozo, ciertamente, es más de lo mismo.