Opinión
El top five de los mitos de la historia de Mendoza
No todos los días. Ni siquiera todas las semanas. Pero lo cierto es que de vez en cuando aparece en mi cuenta privada de e-mail algún que otro correo electrónico donde se acusa de “irrespetuoso” al tratamiento que le doy a determinados temas del pasado, sobre todo en la versión radial de Historiqueo (emitido todos los martes a la 10 hs. por MDZ Radio como parte del programa ¿No será mucho?).
Y yo siempre contesto lo mismo: no es que sea “irrespetuoso”, sino que el respeto que practico es equivalente y comparable al “respeto” del ginecólogo. ¿Cómo sería eso? Un ginecólogo se inmiscuye en las regiones más sensibles e inaccesibles de la humanidad femenina, causando incomodidad y a veces hasta dolor. Pero no lo hace por el simple hecho de hacerlo, por morbosidad, sino con una finalidad bien precisa: entender más y mejor los problemas y, en lo posible, encontrarles solución. En dicha búsqueda reside justamente el respeto al que hice referencia más arriba.
Pues aquella “ética ginecológica” (que no incomoda por incomodar sino para saber y entender más y mejor) atravesó de pe a pa el segmento Historiqueo del último martes. Allí, le recuerdo a quienes no lo escucharon, presenté lo que yo personalmente considero son los cinco grandes mitos (por no decir “mentiras”, que no suena tan académico) de la Historia de Mendoza y que a casi todos los mendocinos nos encanta repetir incansablemente como un Mantra.
En orden decreciente:
5. La Vendimia es una celebración “tradicional” (en el sentido que ha permanecido invariable a través del tiempo). Ya hablé extensamente sobre el asunto en mi columna anterior así que me limito a repetirla sólo en lo esencial. De ninguna manera la Vendimia es “tradicional” en aquel sentido, pues ha sufrido varias modificaciones. Sin ir más lejos, al principio las candidatas a Reina eran cosechadoras y no estudiantes universitarias como ahora. Por otra parte la Vía Blanca y la repetición del Acto Central no estaban en las primeras celebraciones y son agregados posteriores. Y no olvidemos, además, que la Bendición de los Frutos entre 1938 y 2005 se realizó a los pies de los Caballitos de Marly pero desde esa última fecha hasta hoy se realiza en el Prado Gaucho.
4. Todavía quedan en Mendoza descendientes de huarpes. Difícil, por no decir imposible. Está bien documentado que la conquista diezmó fuertemente a esa comunidad aborigen y que el sistema de encomiendas (por el cual los aborígenes sobrevivientes eran arreados en masa hacia Chile como mano de obra esclava para trabajar en la agricultura y la minería) los colocó casi al borde de la extinción. Y los pocos que lograron escapar de la muerte y el exilio forzoso, por una cuestión natural terminaron mezclándose con los descendientes de los conquistadores y los inmigrantes.
3. La ciudad de Mendoza es un oasis ganado al desierto gracias al esfuerzo de los conquistadores españoles y los inmigrantes. Muy lejos de la realidad. Cuando los primeros conquistadores llegaron al Valle de Huentata (sobre el que se asienta la nuestra capital), encontraron ya en funcionamiento un sofisticado sistema de canales de riego que se limitaron a aprovechar. Si Mendoza fue ganada al “desierto”, lo fue por la mano de los pobladores precolombinos.
2. El Gral. José de San Martín fue un Gobernador ejemplar. Ni tan así. De hecho cometió algunas injusticias bien documentadas. Por ejemplo: desconocer al legítimo Director Supremo de Chile Don Juan José Carreras (refugiado en Mendoza después del Desastre de Rancagua)... para brindarle su apoyo al rebelde Bernardo O’Higgins, que poco antes se había levantado en armas contra el primero. Por no nombrar las numerosas expropiaciones que realizó durante su gestión en detrimento de los vecinos y que la historiografìa liberal nos enseñó exitosamente a recordar con el tranquilizador nombre de “donaciones”.
1. La provincia de Mendoza es la más “institucional” del país. ¡¿La más “institucional”?! Perdón pero cuando lo del golpe de Estado de 1976, los mendocinos no salieron en masa a la calle para expresar inconformismo ni sacrificar sus vidas por la preservación de la Constitución. De hecho, nuestra historia política registra un denso historial de atropellos a las Instituciones. Por nombrar sólo dos ejemplos: el levantamiento del 6 de enero de 1889 que obligó (a los tiros) a renunciar al entonces Gobernador Tiburcio Benegas o el asesinato (perpetrado el 11 de noviembre de 1929 con casi absoluta certeza por opositores políticos) del Gobernador en funciones Carlos Washington Lencinas. ¡¿La más “institucional”?! ¡¿En serio?!