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Opinión

Volar en avión: confesiones de una cobarde

Foto: topoyiyos.com
Foto: topoyiyos.com

A todo el mundo le parece muy gracioso que yo tenga miedo a volar. Es irracional, es dramático. Y  es casi siempre tema de conversación en las reuniones. A la gente le da risa que conozca todas las estadísticas de accidentes por modelo de avión y por aerolínea. Les parece ridículo que la web de mapas de turbulencia sea mi página de inicio durante épocas de viaje.

Algunas corrientes psicoanalíticas dicen que las fobias en realidad ocultan un miedo a otra cosa, actúan como metáforas, o eso escuché. Marge Simpson tenía miedo a volar porque su papá era azafato en lugar de piloto, y el engaño la traumó. Es el ejemplo más básico de la teoría. Yo no sé que me pasó de pequeña, no estoy segura de que mi abuela me pinchara el ojo con la cuchara al jugar al avioncito, pero lo que sí sé es que cada vez que veo en YouTube un video de un despegue (y lo hago seguido) me caen gotas. Mi miedo parece bastante literal, doctor Freud.

Muchas veces intenté disimular. Muchas no lo logré. Me comí muchas puteadas de los que se sentaban adelante por mis patadas y brincos durante las turbulencias, porque todavía existe gente intolerante. Me ha pasado de todo. Desde pedirle a sollozos a una azafata que se siente conmigo durante un vuelo movido y solitario hasta ofrecerle la cajita con alfajores y el jugo a mi compañero a cambio de que no se duerma durante las 12 horas que dura un vuelo.

El tema es que en 2007 viví un viaje excepcional. Luego de años de abstinencia voluntaria al aire, tuve que encarar al miedo otra vez. Mientras caminaba por el pasillo del Airbus de Lan Chile para cruzar la cordillera pensaba, cabizbaja, que  estaba accediendo a mi sentencia de muerte. Todas las veces que me he subido a un avión he sentido que me enfrentaba a suicidios sucesivos. Todos fallidos hasta ahora, eso lo voy a aceptar.

Cuando llegué a mi silla eléctrica me di cuenta que mi mamá, mi hermana y mi prima estaban sentadas más adelante, lejos mío. “Genial”, pensé, “ahora seguro este armatoste se parte en dos en el aire y ellas se salvan”.

Cuando me senté, empecé a conversar con mi desconocido compañero, porque siempre hago lo mismo. Lo más divertido de tener fobia a volar y hacerlo sola es que siempre, pero siempre, me he hecho amiga temporal de las personas a mi lado. A la gente le produce una suerte de placer vinculante confortar a un extraño, una condescendencia que a mí siempre me vino al pelo. Incluso cuando son viejos, sospechosamente verdes, les he agarrado la mano sin asco cuando me lo ofrecían. 

Lo gracioso de la anécdota es que el tipo se puso a relatar eventos personales de viajes, pero en un momento largó “vos sabés quién fue el mejor presidente de la Argentina?”, y yo pensé “debe ser Perón, seguro que quiere que responda Perón”, un poco confundida por el giro de la conversación. “Perón?” contesté, y me dijo que no. “Entonces clavado que es Alfonsín”, me imaginé. “No”, me dijo. Creo que en un momento tiré Roca y un par más hasta que el señor respondió: “El mejor presidente que nosotros hemos tenido ha sido Carlos Menem”. Esta enunciación fue seguida de un par de argumentaciones que lamentablemente no recuerdo. Fue el estrés postraumático, porque puedo jurar que en ese mismo instante el avión se sacudió tanto que saqué mi rosario.

Mi hermana a cada rato se daba vuelta para mirarme, divertida. Nunca supo si yo lloraba por la conversación o por atravesar la cordillera a 30 mil pies de altura en épocas de viento.