ver más

Opinión

Una incursión a la América profunda

Graciela Maturo escribe acerca de "Guarán", de Leopoldo Teuco Castilla.

Guarán,   último libro de Teuco Castilla, es una obra sorprendente. No es, a mi ver,  una más de las estaciones de un  viajero incansable que hace el catálogo lírico de las formas del mundo, sino una incursión – más que una excursión – y también  una inmersión,  en el corazón de América; la América profunda, la selva brasileña que es también paraguaya, peruana y venezolana;  los pueblos  indo-afro-americanos  que  viven allí, entregados a su propia cultura,  apenas tocados por el desarrollo de Occidente.

Siento que la aproximación a zonas selváticas de América, expuesta por Leopoldo (Teuco) Castilla en su libro Guarán,  es principalmente una aproximación more poetica. Quiero decir con esto que el  contemplador es transformado  por aquello que contempla.  Al menos en instantes privilegiados,   horas que han engendrado  el éxtasis,  lapsos que alcanzan a ser comunicados a un lector a través de una poesía fulgurante.

Son 39 poemas de sostenida intensidad que se caracterizan por la riqueza de su visión imaginaria y su  peculiar lenguaje,  espejo de la variedad lingüística de la región, que nombra lugares, vegetales  y fauna incorporando la mirada de sus hombres de variado color, sus  dioses y sus ritos.

La selva amazónica, reserva acuática y biológica  hoy arrasada en parte por la codicia y brutalidad del “progreso”, todavía contiene árboles, plantas y pájaros únicos en el mundo, y es habitada por comunidades aborígenes o pueblos mestizos anacrónicos.   La incursión de Teuco, a la selva y a los pequeños pueblos, cargada de empatía, despierta en mí resonancias de otras miradas  poéticas como las de Alejo Carpentier en sus Pasos perdidos, o la del venezolano Juan Liscano en Río Orinoco.  Pero cada una de ellas es única y suena como el primer descubrimiento.  Es un descenso a la hondura de la tierra,  lo anterior a la historia, y un descenso a sí mismo, a lo  secreto del  propio hontanar.

Una vez más el poeta se pone del lado del origen, el orden cósmico. No estamos ante la exposición del exotismo  descubierto por el viajero  que nos trae curiosidades y trofeos adquiridos; el poeta salteño se hace cargo de una realidad a la que hace suya al nombrarla con las voces oídas en el lugar, incorporando así un valioso y amplio vocabulario. La interiorización de la naturaleza y la cultura de la selva se inicia,  pues, por la incorporación de un idioma; todo ello otorga a esta obra un status poético propio, indeclinable.

El movimiento es constante en este rincón del mundo poblado de especies desconocidas por el hombre de la ciudad. Y sin embargo la poesía de Teuco permite apreciar cierta inmovilidad ancestral, próxima a la dimensión de lo eterno. Se trata, creo yo, de un efecto producido por el descondicionamiento del mundo racional y civilizado. La selva, los animales y las plantas aparecen animados y aún personalizados en la visión del poeta que se rinde a su encuentro.  Es la animización ya ensayada por los románticos, aunque en nuevos términos, asumida con nueva disposición de ánimo.  Ni Teuco Castilla ni los románticos convierten a esa realidad en objeto, le otorgan calidad de sujeto, y no siempre pasivo pues se trata de un sujeto que avanza y posee.  Esos encuentros de tipo místico o mágico, visibles en las letras románticas, se prolongaron en nuevo ciclo americano en la “novela de la tierra”.

Los ejemplos en esta obra de esa imaginería erótica y  animizada son innumerables. 

…el amapa, ese árbol/ que es animal por dentro…

Hasta que haga pie la selva/y  un guarán/ con un golpe de sangre anuncie/ que perdió su doncellez la tierra

la selva se encierra en su calor/ como una bestia asustada…

Del incendio  sobrevive/ un extravío de luciérnagas / y en los ojos del caimán /  vengativo/  el fuego.

El ahondamiento en el mundo natural significa también un abandono  del tiempo rectilíneo, el tiempo histórico construido por los hombres.   Se da la inmersión en un no-tiempo, la suspensión que borra los recuerdos.   El eclipse se convierte en metáfora de una situación  más amplia que abarca la vida del río, de los árboles. Allí el hombre retoma  el contacto con el mundo originario, el primer día de la Creación diría Carpentier, anterior  a los nombres y las determinaciones.  Es zona de desnudamiento, que modifica al contemplador.  En la piedra lenta del Perú,  mientras lo traga/ su propia sombra. En el Amazonas,  cuando ve pasar los peces como ángeles. Ha dado un paso más allá de lo real cotidiano,  se ha asomado a la frontera de lo real, a un lugar donde reina el sueño, la magia, lo no nombrado, la cercanía de los muertos: … el tiempo se inmola en los infinitos del perfume… la belleza envenena a la víbora…   la cólera se alza en flor…  todo lo que existe avanza / paralelamente a su paraíso.  Podría decirse que ese estado fronterizo es  el humus propio de la metáfora, que se trata de una experiencia surrealista. De acuerdo, pero no un surrealismo de escuela, sino el  descenso a un estrato fundante del conocimiento y la expresión, a una  frontera  metafísica, o si se prefiere a  una profundización metafísica de lo puramente  físico y palpable.

Esta incursión no es solamente una  “entrada en la tierra”, como decían los conquistadores españoles, sino una entrada en la cultura aborigen, ya sea indígena, africana o mestiza.  La compenetración del poeta se hace notable en poemas como “Ofrenda a Iemanyá”, donde  usa la primera persona.  

Ofrendo a Iemanyá

Desvelada en el fondo del mar

Una flor

En el agua condolida

Ya he expresado otras veces que no suscribo las teorías poéticas de la despersonalización o negación del sujeto, que hacen del yo lírico una entelequia. Admito que esto puede ocurrir, pero no es la ley. Críticos adocenados dan por perimido al sujeto,  o aíslan netamente al sujeto lírico del “sujeto empírico”. No hay tal sujeto empírico, existe el hombre, a quien la palabra le abre un camino que muestra  el señorío del lenguaje como  revelación de lo real.  Su ser resulta transformado por la operación poética, que no es solo pregunta  sino respuesta. Cuando el “sujeto lírico” ofrenda a Iemanyá – y poco importa aclarar la similitud de Iemanyá con Pachamama o con la Virgen Madre-   el lector tiene el derecho de reconocer a Teuco Castilla en el acto de la ofrenda,  revelador del nexo del hombre con el Universo. Microcosmos ligado al Macrocosmos en acto de reconocimiento.  Aclara en un paréntesis: (no somos nosotros/ es nuestra lejanía/ la que siente a los dioses…)

Como lo hiciera en otros libros, también nombra a Xangó,  que blande el trueno. El contemplador se identifica con los ritos populares, con la santería, reencontrando capas profundas de su ser, ocultas en la vida urbana desacralizada.  La piedad del pueblo es animista, más próxima de las fuerzas naturales que de la teología; redescubre a la naturaleza como poder superior encarnado en dioses de forma animal o vegetal. El hombre es maldecido  o bendecido por esos númenes  dentro de un universo mágico, cargado de significaciones. 

La palabra del poeta, al acercarse a ese mundo,  empieza a situarse entre la estética  occidental, que busca reproducir en imágenes la  belleza, y la magia aborigen, para la cual la palabra es conjuro, sanación o invocación.  Tal podría decirse que, en tanto poeta, Teuco empieza a asumirse como shamán, como intérprete cósmico.  A no ser que entendamos su decir – y vuelvo a las teorías negadoras del sujeto, que hablan del artefacto logrado dentro de una estrategia destinada al lector  – como  impostura ficcional divorciada de la verdad. Me inclino a suscribir el hecho poético como verdad, y a responsabilizar al autor de la palabra proferida. Como decía Alfonso  Sola González: El poeta nunca ha mentido.

Al participar de algún modo en la ceremonia del candomblé, pide por el amigo aislado en su corazón  y consigna la claridad que a lo lejos irrumpe en sus ojos. Podría decirse en consecuencia  que el poeta llama y escucha a los dioses desde un yo en transformación, iluminado por mensajes conmocionantes que ha sido capaz de transmitir en el poema. Elige como interlocutores y mentores al río, el guarán, el apoí, la lengua de los pájaros. La suya es una opción espiritual, que parte del reconocimiento de un sentido no producido por el hombre sino preexistente en el mundo que lo rodea.  El hombre produce significaciones, el mundo entrega sentido. Del mundo desencantado de las máquinas se ha pasado  al mundo donde todo habla, está religado y convoca al hombre al ritual. La poesía misma entra en tal categoría, al frecuentarse una zona donde para ser hay que ser Orinoco, Amazonas, pájaro, jaguar.

El poeta entra y sale de esa zona,  mantiene una cuota reflexiva que asoma en sus palabras y que, además, permite dar cuenta de experiencias tan profundas como las vividas.  Pero la entrega, que alterna con la distancia,  es la que preside los momentos más fuertes de su poetizar, ajeno a las modas, el minimalismo,  la ironía al uso,  las proclamas políticas, etc. Poetizar parece ser  para él,  hacerse uno con la naturaleza, beber del árbol de la vida, escuchar voces sumándose   a ellas, detener el tiempo.

En el  patio/ que paraliza el tamarindo/quema el carabalí/ la nube polvorienta/ del instante sagrado. 

Tenemos algunos momentos más distantes, como los  poemas “Santa Rosa”,” Indios y turistas”, o el dedicado al poeta venezolano Ramón Palomares. Este  último entraña una poética que tanto puede ser aplicada a Palomares como al autor.   Ya no palabras/ poesía… Esa Poesía-Espíritu habla por boca de los poetas. Así lo suscribiría Heidegger.

El estudio particular de las imágenes de este libro, de las que he citado solo algunas, podría fortalecer nuestra lectura de la poesía del Teuco como shamánica, es decir como conversión del ser a su núcleo interno.  Pero bastará reproducir su poema final, “Dormidero de pájaros”.

Está aquí, en el recodo de un ríodel Pantanal del Mato Grosso, la anunciación del planeta.

De a miles llegan las bandadas y coronan los árboles: de abismos

los ibis, de eternidad las garzas.

A tan alta presión someten a la belleza,

que sientes el pasar, nada más que el pasar neutro de la muertey de la vida

las desoladas lámparas.

Aquí, el planeta extrajoel rocío de mercurio

 de sus extinciones para alzar el cáliz incandescentede su infancia.

Y canta. canta hasta que el día se mueracanta.

Y lo abandona.

Dentro del río se deshoja el sol en las pirañas.

Los ibis las garzas duermen.

(Despacio, muy despacio, llenanla luna de estatuas.)

Así pudo ser toda la tierra.La constelación que era antes que la naturaleza la ensoñara.

El poeta nos ha dado una última lección: qué es la belleza,  sino el encuentro del alma con el sentido, en  instantes privilegiados en que se comprende la vida y la muerte. El acceso a la eternidad, fuera del tiempo. La escucha de una música cuya lira es el cosmos, y la tentativa de alcanzarla a través de las palabras.

Todo ello viene  a nosotros al cerrar este libro que es un compendio de belleza.