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Opinión

Un ejército de ayuda: los uniformes, el simulacro y la sociedad


El simulacro de sismo que se realizó durante toda la semana en Mendoza dejó algunos puntos pasibles de crítica, pero también nos dejó, a quienes tuvimos la posibilidad de seguirlo de cerca, una sensación de tranquilidad en general y una reconciliación muy particular con las fuerzas armadas.

Para aquellos que nacimos antes de la democracia estable en Argentina, para quienes tuvieron que sufrir el terror del ruido de botas acercarse, presenciar cómo cientos de uniformados se organizaban para salvar vidas fue no menos que movilizador.

Mientras en varios puntos del país aún se están juzgando a los responsables de miles de muertes, desapariciones forzadas, torturas, hijos robados, identidades sustraídas y otros delitos terroríficos, aquí, en Mendoza, los efectivos de las fuerzas armadas nos traían la tranquilidad de contar con ellos en caso de una catástrofe.

Coroneles, generales, comodoros, jefes de brigada, fueron guiando a los periodistas y explicándonos todo lo que se estaba haciendo con un lenguaje llano y “normal”. Un coronel estuvo casi dos horas respondiendo una y otra vez las mismas preguntas porque los cronistas íbamos llegando de a uno y no tuvo problemas en darnos su celular por si teníamos más dudas. A un colega que se había alejado unos pasos incluso le gritó “che vieja! Fijate porque te di mal el teléfono!”.

Un coronel diciéndole a un periodista che vieja es algo que jamás pensé ver.

Cuando se realizó el final del simulacro en la vieja estación de tren, un general se acercó a mí y con su boina me ayudó a resguardarme los ojos de la tierra que se levantaba por la llegada de uno de los helicópteros.

Allí vi correr uniformados de un lado a otro trasladando heridos, en brazos, en camillas, cargados en la espalda. Los vi trepar techos y bajar con arneses con personas supuestamente atrapadas en un incendio. Los vi coordinar con suma precisión el tiempo entre la llegada de un herido en ambulancia hasta subirlo a un helicóptero y asegurarse por radio que había llegado a destino.

Los vi, una vez finalizado el ejercicio, sudados, sedientos y felices de haber podido demostrar lo importante que es su asistencia y hasta dónde son capaces de actuar protegiendo a la población.

Cuando llegamos al Malvinas Argentinas, donde estaba el Centro Operativo de Emergencia, muchos de nosotros sentimos cierto escalofrío cuando nos vimos rodeados de uniformes y gorras. Algunos calculábamos los años de los más viejos y nos preguntábamos qué clase de “tareas” habría realizado ese milico durante la dictadura. Era tan inevitable como notar la diferencia en las miradas y la forma de hablar de los que portaban uniformes confeccionados en democracia. Había un jefe, bastante mayor, que nos miraba con el mismo desprecio que nosotros a él, pero con la gran mayoría el trato era igualitario. Algo que los efectivos chilenos miraban de reojo aunque el General Mac Namara, subjefe del estado mayor conjunto de Chile no sólo se quedó charlando con algunas reporteras sino que además hasta se animó a bromear y decir que “de Mendoza me llevaría unas cuantas mujeres periodistas”.

Treinta años después de la dictadura, la relación entre civiles y militares pasó del “Mi Coronel” al “che Mariano”. Y como bien dijo él, Mariano, o el Coronel Castelli, “todo lo que nosotros aprendemos para la guerra sirve también para la paz”.

Qué bueno ver al personal del ejército armado con botiquines. Qué maravilla ver un avión Hércules tirando bultos de comida y agua. Qué genial ver a los efectivos de la fuerza aérea tirándose en paracaídas para llevar ayuda.

Qué importante fue este simulacro para que quienes temblábamos al escuchar ruido de botas podamos aliviarnos al escucharlo después de un temblor.