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Opinión

Explicando psicológicamente el cacelorazo

La decana de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNCuyo, Graciela Cousinet, le responde al filósofo y escritor José Pablo Feinmann, quien ayer dijo que los caceroleros critican a Cristina Kirchner "por envidia".
Cousinet le responde a Feinman. Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
Cousinet le responde a Feinman. Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
Sorprendentes declaraciones de Feinmann, el filósofo kirchnerista. Explica los cacerolazos como la expresión del resentimiento de mujeres frustradas por una vida mediocre frente a una presidenta bella, inteligente y exitosa. En vez de identificarse con ella, la envidian. Los hombres, por su parte, la desean, tanto como a Marilyn Monroe, pero la saben inalcanzable, de ahí su odio.

Es tan ridículo su razonamiento que cuesta ponerse a refutarlo. Lo hago dado el prestigio del pensador en cuestión y la importancia de la temática. Todo intento en las Ciencias Sociales de construir una teoría partiendo de la racionalidad de las acciones individuales hacia los procesos globales ha fracasado, estruendosa o silenciosamente, pero lo ha hecho. La sociedad no es una sumatoria de individuos sino una estructura en la que los individuos se insertan. No es lo individual lo que explica lo social sino al revés. Justamente la teoría social viene a romper con el sentido común que atribuye a lo personal una autonomía de la que carece.

Si Feinmann tuviera razón deberíamos poder observar que realmente todas o la mayoría de las mujeres que se manifestaron eran de mediana edad o viejas, amas de casa y disconformes con su situación. Pero también explicar por qué todas decidieron salir a expresarlo al mismo tiempo y en el mismo lugar. Asimismo, podríamos prever movilizaciones de obsesivos compulsivos contra Fayad por la limpieza de la ciudad. O reclamos de histéricas reclamando atención por parte de los funcionarios públicos.

Si miramos hacia atrás, Evita era odiada por la oligarquía porque era bella y no porque lesionaba sus intereses. Angela Merkel no debería temer por su popularidad, puede seguir haciendo ajustes tranquila. Por otra parte, no se entiende por qué los varones deseantes protestaron contra la presidenta y no contra Jessica Cirio.

También correspondería analizar al kirchnerismo con la misma teoría y sostener que sus mujeres han logrado resolver la envidia  mediante la identificación y los hombres apoyan porque fantasean satisfactoriamente con Cristina.

Adonde más se advierte lo absurdo del planteo es cuando intentamos elaborar una estrategia política a partir de él. El descontento expresado en los cacerolazos sería irresoluble ya que la presidenta no puede dejar de ser mujer y tan bella, inteligente y exitosa. Tal vez se podría proponer un Programa de Psicoanálisis para Todos o sesiones multitudinarias de terapia.

Más allá de la ironía, lo que me preocupa es la falta de un análisis teórico serio y el enfoque profundamente machista que va implícito, ya que nada de esto pasaría si el presidente fuera hombre.