Opinión
Privatización del Estado y candidatos peleles
El historiador mendocino Pablo lacoste en un análisis especial para MDZ.
Estamos avanzando en dos direcciones alarmantes: la privatización del Estado y la proliferación de candidaturas peleles. Son dos fenómenos simultáneos cuya coexistencia ocurre, precisamente, como dos caras de una misma moneda.
Las candidaturas peleles son lo opuesto a las candidaturas por méritos y trayectorias cívicas. En su lugar, son impuestos desde el poder nombres que deben cumplir un único requisito: subordinación al interés individual del que tiene el poder.
Se trata de una involución, que tiene antecedentes en la provincia y el país. Cuando Roberto Iglesias terminó su mandato de gobernador (1999), en lugar de buscar un sucesor a partir de su trayectoria cívica, eligió a uno que careciera de peso propio para gobernar por sí mismo; no le quedaría más remedio que serle leal, es decir, gobernar bajo su tutela, y cuidarle el puesto mientras Iglesias regresaba; en otras palabras, Iglesias eligió a Julio Cobos para que fuera su pelele. Lo mismo hizo después Néstor Kirchner cuando lo propuso de vice presidente. En ambos casos, la estrategia fracasó; pero ahora, desde el poder, se insiste con la misma fórmula.
En efecto, Cristina Kirchner está profundizando este modelo, al imponer a los recientes militantes de la Cámpora en cargos que en los países normales, se reservan para líderes con una importante trayectoria cívica. Candidaturas parlamentarias y de gobiernos provinciales se rellenan con amigos, parientes, amigos de parientes y parientes de amigos.
En efecto, Cristina Kirchner está profundizando este modelo, al imponer a los recientes militantes de la Cámpora en cargos que en los países normales, se reservan para líderes con una importante trayectoria cívica. Candidaturas parlamentarias y de gobiernos provinciales se rellenan con amigos, parientes, amigos de parientes y parientes de amigos.
Este fenómeno es posible por el avanzado proceso de privatización del Estado. La privatización del Estado es un fenómeno asombroso, por el cual, los procedimientos de toma de decisiones se concentran en un reducido número de personas, que puede ser una oligarquía o un líder carismático en el caso del populismo.
Se trata de un retroceso político notable. En los países democráticos, los candidatos se seleccionan teniendo en cuenta los mecanismos institucionales de cada fuerza política (estatutos, cuerpos orgánicos, corrientes internas), y la representatividad relativa de cada uno de los integrantes de las coaliciones políticas y sociales que llegan al gobierno. De esa forma se logra la legitimidad de los foros parlamentarios y la riqueza de los debates, dado que se asegura la representación de distintos sectores de la sociedad. Todo esto ha sido aplastado en el actual proceso de conformación de listas de candidatos oficialistas, y tiende a empobrecer, aún más, el perfil de los foros parlamentarios nacionales y provinciales.
La privatización del Estado es una falencia importante. Los inquilinos de los cargos públicos, en vez de reconocer que administran el patrimonio del Estado, es decir, de la República, (res-publica, cosa pública), actúan como si administraran su propiedad privada. Se comportan con la misma arbitrariedad del patrón de estancia.
No se trata únicamente de las decisiones de la presidencia. Es un estilo que se va extendiendo por todo el país, sobre todo en tiempos electorales. Los gobernadores e intendentes actúan como su fuera legítimo manipular la fecha de las elecciones de sus respectivas jurisdicciones, según sus intereses privados. Macri adelanta las elecciones en Buenos Aires; Fayad las retrasó en Mendoza; otros intendentes de la provincia también las cambian, hacia adelante o hacia atrás, según su conveniencia individual.
¿Y las instituciones? ¿Y la república? ¿Y la prohibición de usar el Estado para influir en las elecciones, favoreciendo a un partido o a otro?
Es razonable y conveniente separar las elecciones municipales de las provinciales y las nacionales. Hacer todo los comicios juntos desnaturaliza el sentido cívico, y suprime el espacio para debatir problemas específicos: lo departamental y lo provincial se diluye dentro de los comicios nacionales. Pero esa separación tiene que establecerse por vía institucional y tener carácter permanente. En ningún caso puede quedar sujeta al interés particular del funcionario que transitoriamente se encuentre en el poder.
Esta situación no va a cambiar, al menos en el mediano plazo, porque ya está plenamente instalado el concepto de privatización del Estado: éste es considerado un bien patrimonial del gobernante de turno y, como tal, se maneja en forma discrecional.
La concepción patrimonial del Estado no se limita al proceso de selección de candidatos y cronogramas electorales, sino que se extiende a la administración de los dineros públicos, que se usan también para el interés personal del gobernante y sus estrategias de campaña. Esto se nota muy claramente en los fondos de los jubilados, actualmente en manos del ANSES: se usan para subsidiar a los empresarios amigos del gobierno, para conchavar a los militantes de la Cámpora, para generar asistencialismo y reproducir redes clientelares. Con estos recursos (30 mil millones de dólares), la candidatura oficial se hace invencible.
Este proceso de privatización del Estado, generado por la variable K del populismo peronista, es la profundización del ciclo anterior, de privatización de las empresas de servicios públicos, ejecutado por el mismo populismo peronista en su variable menemista-neoliberal.
Cristina va a lograr su reelección, pero ¿a qué costo? Da la sensación que el gobierno está abusando del Estado pues, para ganar las elecciones, está gastando ahora los ahorros que en el futuro, serán para las pensiones de los jubilados, con lo cual está decidiendo hoy, el dolor y el hambre de millones de argentinos dentro de poco tiempo. Para financiar la campaña reeleccionista, se está quitando el pan de los ancianos argentinos.
El uso del poder para apropiarse de los recursos de los pobres en beneficio de una minoría no es un invento K: es tan antiguo como la historia. Esto fue detectado en pueblos antiguos, cuyos intelectuales advirtieron del peligro, y censuraron drásticamente a los que incurrieran en estas prácticas. En un pueblo de medio oriente, varios siglos antes de nuestra era, se escribió un conjunto de libros denominados sapienciales o poéticos (Kutuvim); uno de ellos, llamado Sirácides, llamaba precisamente la atención sobre el infinito cuidado que debe tenerse con este tipo de situaciones. En efecto, en su capítulo 34, versículo 21, se señalaba lo siguiente: “El pan que mendigan es la vida de los pobres; el que se lo quita es un asesino”.
La privatización del Estado es una falencia importante. Los inquilinos de los cargos públicos, en vez de reconocer que administran el patrimonio del Estado, es decir, de la República, (res-publica, cosa pública), actúan como si administraran su propiedad privada. Se comportan con la misma arbitrariedad del patrón de estancia.
No se trata únicamente de las decisiones de la presidencia. Es un estilo que se va extendiendo por todo el país, sobre todo en tiempos electorales. Los gobernadores e intendentes actúan como su fuera legítimo manipular la fecha de las elecciones de sus respectivas jurisdicciones, según sus intereses privados. Macri adelanta las elecciones en Buenos Aires; Fayad las retrasó en Mendoza; otros intendentes de la provincia también las cambian, hacia adelante o hacia atrás, según su conveniencia individual.
¿Y las instituciones? ¿Y la república? ¿Y la prohibición de usar el Estado para influir en las elecciones, favoreciendo a un partido o a otro?
Es razonable y conveniente separar las elecciones municipales de las provinciales y las nacionales. Hacer todo los comicios juntos desnaturaliza el sentido cívico, y suprime el espacio para debatir problemas específicos: lo departamental y lo provincial se diluye dentro de los comicios nacionales. Pero esa separación tiene que establecerse por vía institucional y tener carácter permanente. En ningún caso puede quedar sujeta al interés particular del funcionario que transitoriamente se encuentre en el poder.
Esta situación no va a cambiar, al menos en el mediano plazo, porque ya está plenamente instalado el concepto de privatización del Estado: éste es considerado un bien patrimonial del gobernante de turno y, como tal, se maneja en forma discrecional.
La concepción patrimonial del Estado no se limita al proceso de selección de candidatos y cronogramas electorales, sino que se extiende a la administración de los dineros públicos, que se usan también para el interés personal del gobernante y sus estrategias de campaña. Esto se nota muy claramente en los fondos de los jubilados, actualmente en manos del ANSES: se usan para subsidiar a los empresarios amigos del gobierno, para conchavar a los militantes de la Cámpora, para generar asistencialismo y reproducir redes clientelares. Con estos recursos (30 mil millones de dólares), la candidatura oficial se hace invencible.
Este proceso de privatización del Estado, generado por la variable K del populismo peronista, es la profundización del ciclo anterior, de privatización de las empresas de servicios públicos, ejecutado por el mismo populismo peronista en su variable menemista-neoliberal.
Cristina va a lograr su reelección, pero ¿a qué costo? Da la sensación que el gobierno está abusando del Estado pues, para ganar las elecciones, está gastando ahora los ahorros que en el futuro, serán para las pensiones de los jubilados, con lo cual está decidiendo hoy, el dolor y el hambre de millones de argentinos dentro de poco tiempo. Para financiar la campaña reeleccionista, se está quitando el pan de los ancianos argentinos.
El uso del poder para apropiarse de los recursos de los pobres en beneficio de una minoría no es un invento K: es tan antiguo como la historia. Esto fue detectado en pueblos antiguos, cuyos intelectuales advirtieron del peligro, y censuraron drásticamente a los que incurrieran en estas prácticas. En un pueblo de medio oriente, varios siglos antes de nuestra era, se escribió un conjunto de libros denominados sapienciales o poéticos (Kutuvim); uno de ellos, llamado Sirácides, llamaba precisamente la atención sobre el infinito cuidado que debe tenerse con este tipo de situaciones. En efecto, en su capítulo 34, versículo 21, se señalaba lo siguiente: “El pan que mendigan es la vida de los pobres; el que se lo quita es un asesino”.