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Opinión

Nunca seré Beatriz Sarlo

Ana Montes de Oca: de las experiencias personales a qué hacer frente al desafío de votar. Dice que nunca será como Beatriz Sarlo y provoca al debate. "Conmigo no, Montes de Oca", le podremos decir entonces.
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Y no... Es que para ser un pensador al menos interesante hay que haber vivido una vida al menos interesante.

La Sarlo fue contemporánea a a una época prolífica en nacimientos revolucionarios. Cuando tenía 6, el tío la llevó a la plaza el 17 de octubre. A los diez, dice que escuchaba a Elvis. Viajó a dedo por Latinoamérica mientras el Che andaba haciendo de las suyas y yendo a dedo en una balsa por algún río terminó viviendo 10 días en una tribu de Jíbaros.

Su biblioteca es el triple de la mía pero ella me lleva casi el doble de años. Claro que entre lo que ella leía y lo que yo leí hay un abismo de realidad y pensamiento.

Mi primer recuerdo Nac&Pop es en la 9 de Julio, con Argentina campeón en el 78: yo veía papelitos cayendo del cielo y para mí eso era pura magia. Mi viejo parecía ser el único que no disfrutaba del show y le pregunté por qué esa nevizca de papel y me dijo "porque los milicos no quieren que sepamos que están desapareciendo gente". Obviamente no entendí un catzo pero jamás me olvidé de esas palabras. Yo tenía cinco años y poco podía comprender.

La segunda fiesta Nac&Pop la vi por tele: todo Buenos Aires parecía estar festejando frente a la Rosada y gritaba "Ar-gen-tina, Ar-gen-tina" y había banderas y hablaban de Malvinas. Mientras tanto mi abuelo (capitán polaco del ejército Aliado en la segunda guerra mundial) le gritaba por teléfono a mi mamá como un desquiciado "¡son piraaaaatas!" Y decía que se iba a enlistar porque él los conocía bien a los ingleses y mi abuela lloraba como loca y el caos familiar era más ruidoso que la gente en esa plaza. Yo tenía 9 años y poco podía comprender, incluso cuando tuve que aprender a cantar "con el corazón", como nos decía la seño, el himno a Malvinas, pegadizo como una publicidad de Coca Cola.

La tercera fiesta fue cuando ganó Alfonsín. También la vi por la tele, con mi hermano, buscando a mi mamá con su boina blanca en medio de miles y miles de personas, luego de haber hecho colas interminables para que le dieran su documento argentino y poder votar con toda la alegría del primer sufragio después de tantos años de terror. Pero yo tenía 10 años y poco entendía sobre democracia y derechos (algo de lo que nunca nos hablaron en la escuela). Sábato era un tipo que me daba miedo y "nunca más" me sonaba a melodrama de Andrea del Boca, que por entonces ya era conocida.

Cuando más o menos empecé a tomar conciencia de las cosas, en la época en la que la sangre joven empieza a buscar razones existenciales y lee buscando verdades y elige la música por lo que dicen las canciones y busca respuestas, empezó mi contemporaneidad.

Fui contemporánea a los levantamientos de La Tablada y Campo de Mayo.

Al Pacto de Olivos.

A las hiperinflaciones.

A la muerte de Olmedo y de Tato.

A la llegada de Tinelli y Rial (un poco antes Simmons y Lucho Avilés).

A la llegada del cable, un día con cinco canales más y de pronto con 150 y la explosión de HBO y el queso Philadelphia en los súper de pasillos anchos, y los viajes a Miami (yo no fui nunca) y Hello Kitty y el desembarco de Mc Donalds adonde iba la gente "vestida de domingo".

Fui contemporánea a la llegada de la música en inglés donde nadie entendía nada de lo que cantaban.
A la decadencia de Charly.

Al "me cortaron las piernas" del Diego.

A las bombas de la Embajada y la Amia (de ésta me salvé por un pelo).

Trabajé en el Ministerio de Trabajo en el 92 en la elaboración de programas como Parp (Programa de Apoyo a la Reconversión Productiva) o PNE (Programa Nacional de Empleo) y ahí aprendí el idioma cifrado de la realidad: FMI, BID, BM, PetroBras, Repsol, Nasdaq, Dow Jones.

Los trenes ya no fueron más "el tren" ni el subte "el subte" y pasaron a ser TBA y Metrovías, la luz era Edenor o Edesur y Entel se dividió el país en dos y se llamó Telecom y Telefónica.

Y empecé a leer sobre la desnacionalización, el empobrecimiento, la corrupción, los funcionarios imputados, la cooptación de votos y la reelección.

Ahora soy contemporánea a una lucha de poder entre dos grupos que pugnan por quedarse con el paquete mayoritario de acciones de lo que debería ser la maceta en la que germine lo nuevo: el pensamiento.

La culpa de todo, o es del Gobierno o es de los multimedios.

Y en el medio, nadie dice la verdad, ni en pedo ni de casualidad.

Yo soy contemporánea a la decadencia del pensamiento y de todas sus expresiones. Por eso, como nunca voy a ser como la Sarlo, me limitaré a ser una cronista de esta caída en picada hacia el vaciamento total de las ideologías.

En el camino deberé decidir, como ustedes, a quién le pongo mi voto, o peor aún, cuál de todas las listas negras es la menos peor. (negras por lo oscuras, por cómo se ocupan los lugares, por aquellos que van y vienen saltando de una papeleta a otra y, sobre todo, por la falta de pensamiento iluminador)
Así que mientras tanto, haré lo que mejor me sale: cuestionar, que a diferencia de preguntar, obliga a responder con ideas, con fundamentos y pruebas.

Ojalá me demuestren que Sarmiento tenía razón cuando dijo que las ideas no se matan. Aunque ahora dicen que lo dijo Voltaire...

Tal vez, dentro de muchos años, alguien rescate estas palabras como un recuerdo de lo que fue y no volverá.