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Opinión

Perú en su momento crítico


Perú se encuentra transitando días críticos en la modelación de su futuro político, económico y social. Ollanta Humala ha ganado, finalmente, las elecciones presidenciales, y ahora tiene que definir la identidad institucional de su futuro gobierno. La decisión crítica no pasa por la orientación ideológica de izquierda o derecha, sino por el nivel de calidad institucional que va a imprimir a su gobierno. La contradicción fundamental es entre el modelo institucional republicano o el clásico populismo latinoamericano, que minimiza las instituciones, concentra el poder en el caudillo y abre las puertas a la corrupción, inflación y demás resultados que ya conocemos.

En otras palabras, Ollanta Humala está definiendo en estos días, si va a llevar al Perú de retorno al populismo, como en las gestiones  de Alan García  I, y Fujimori; o si lo conducirá hacia un sistema republicano donde las instituciones funcionan, como en las administraciones de Toledo y Alan García II.

En la primera vuelta electoral, el resultado parecía bastante desalentador. Las tres candidaturas que asumían trayectoria y voluntad política de administrar el Estado dentro del sistema institucional-republicano, fueron derrotadas. Sólo permanecieron en carrera dos candidatos de perfil populista, uno de derecha (Fujimori) y otro de corte “nacional y popular” (Humala). En esa primera vuelta electoral, parecía que Perú se alejaba del modelo institucional que había transitado en los últimos 10 años, siguiendo el paradigma de Brasil, Chile y Uruguay, para regresar al paradigma populista, cercano a Venezuela, Ecuador y Argentina. De estos tres países, el parecido mayor era con el último.

En efecto, en las dos últimas décadas, la política argentina ha oscilado entre dos expresiones del populismo peronista: el populismo neoliberal de Menem, y el populismo nacional y popular de los Kirchner, propuestas homólogas a las que representan en Perú Fujimori y Ollanta Humala respectivamente. Por eso algunos analistas interpretaron la primera vuelta electoral como una especie de “argentinización de la política peruana”. Y el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, manifestó su rechazo al populismo latinoamericano, ganador de esa elección, mediante una metáfora tajante: Perú quedó entre el sida y el cáncer.

Terminada la primera vuelta, se produjo un periodo de reagrupamiento y rediseño de las estrategias de campaña. Aconsejado por sus asesores, Ollanta Humala resolvió modificar su posición, tomar distancia de los modelos populistas, y acercarse a la alternativa de calidad institucional republicana representada por Lula. Ese giro no tardó en despertar dudas. ¿Es una actitud profunda, una convicción real, o mera  táctica electoral?

Mirado con ojos argentinos, el cambio de Ollanta Humala hizo recordar la campaña electoral de Cristina Kirchner en 2007, cuando asumió el compromiso de avanzar en la construcción de un Estado con alta calidad institucional; si la gestión de su marido, signada por la emergencia económica, había tenido que tomar decisiones de emergencia, ella se encargaría de normalizar el país, con el énfasis en las instituciones. Como garantía de esta decisión, convocó al gobernador de Mendoza, el radical Julio Cobos, como vicepresidente. De esta manera se rearticularía la oportunidad perdida en 1946, cuando estuvo a punto de constituirse la fórmula Perón-Sabattini, de modo tal que la energía social que aportaba el liderazgo del general, se compatibilizara con la conciencia cívica y republicana del ex gobernador radical de Córdoba. Cristina asumió esa promesa como un pilar de su gestión.

Después de ganar las elecciones de 2007, Cristina olvidó ese compromiso. Las instituciones siguieron avasalladas. Una de las pruebas más notables estuvo en el INDEC, que de ser una de las más prestigiosas instituciones de medición de indicadores sociales y económicos en América Latina, ha pasado a ser una vergüenza nacional, una máquina de falsificar información y un espacio de indignidad: los empleados del INDEC tienen que mentir, sistemáticamente, para cobrar el sueldo y darle de comer sus hijos. Y a estas irregularidades se les pueden añadir muchas otras, sobre todo en el manejo discrecional de los recursos públicos: no hay instituciones evaluado proyectos con procedimientos transparentes, sino operadores políticos  que extorsionan a empresarios, gobernadores e intendentes, a cambio de otorgar subsidios.

El antecedente de Cristina sobrevuela el Perú. Como Cristina, Ollanta ha jurado en toda la campaña de la segunda vuelta electoral, que va a respetar las instituciones. Algunos le han creído, como Mario Vargas Llosa, que se jugó el todo por el todo para cerrar el camino a la derecha fujimorista; también confió en Ollanta el ex presidente Toledo, que estaría aportando cuadros y equipos al futuro gabinete de Humala.

Pero las dudas persisten. ¿Qué piensa realmente Ollanta? ¿Cuál es su verdadero referente externo? ¿Qué modelo institucional va a poner realmente en marcha durante su gobierno?