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Opinión

Lole a boxes


Carlos Reutemann iba en punta, y todo parecía indicar que tenía las mejores chances para ganar el Gran Premio de la República Argentina. Sin embargo, una falla en la toma dinámica, -detalle usualmente muy menor- parece haberlo afectado en serio. Ha bajado la velocidad, y todo indica que tendrá que ir a boxes.

En las elecciones del 28 de junio, Reutemann emergió como el mejor candidato peronista a las próximas elecciones presidenciales. Tenía algunas debilidades, sobre todo su pasado menemista y algunas falencias de gestión durante su administración en la provincia de Santa Fe. Además, parecía demasiado comprometido con la causa del campo, y con escasa visión por los demás problemas del país. Y se podría pensar que no sería muy conveniente saltar de un gobierno anti campo, a uno pro campo. Ambos tendrían limitaciones y serían parciales, lo cual sería insuficiente para desarrollar el país. De todos modos, a pesar de esas dificultades, el perfil de Reutemann tenía la ventaja de generar tranquilidad y, sobre todo, confiabilidad. Parecía representar un liderazgo moderado y reflexivo, para rescatar a la Argentina de la angustia que genera la agresividad pseudofascista de la actual administración. Reutemann parecía ofrecer un remanso de paz, después de una tormenta producida por líderes autoritarios, gritones y agresivos.

En este contexto, los hechos de los últimos días, han debilitado la imagen de Reutemann. Sobre todo porque se deteriora su principal fortaleza, la que la sociedad argentina más le pide hoy a sus líderes: estamos hartos de violencia verbal, simbólica y psicológica. Necesitamos referentes reflexivos, abiertos, acogedores, amplios. Por eso, Reutemann ha quedado dañado, y tiene que irse por un tiempo a boxes.

Pero no puede quedar el vacío. La carrera no puede quedar sin líder. Siempre tiene que haber uno. Y a veces ocurre que llega a esas posiciones, el que viene desde atrás, el que tuvo la constancia de dominar el auto en los momentos difíciles, controlar los nervios, dominar las emociones y hacer prevalecer la inteligencia y la visión de largo plazo.

Esto es lo que, hoy por hoy, está ofreciendo Eduardo Duhalde.

Claro que tiene la carga de haber sido sistemáticamente deslegitimado por el gobierno K. Fue descalificado, atacado y humillado desde el poder con notable intensidad. Los K lo han atacado con saña para debilitar su imagen y sus redes políticas. Además, Duhalde también ha cometido errores, sobre todo dos. Por un lado, cuando era presidente de la republica y del PJ, se negó a convocar internas para definir el candidato presidencial, lo cual provocó la fragmentación partidaria, de la cual todavía el PJ no se recupera. Su otro gran error fue elegir como sucesor a un dirigente autoritario, soberbio y agresivo.

Fuera de esas limitaciones, por errores propios y ataques externos, Duhalde ofrece elementos positivos. Sobre todo en el plano de la confiabilidad. Duhalde se caracteriza por su capacidad de reflexión, su carácter moderado y madurez política. Conoce bien la conflictividad social del Gran Buenos Aires, y es consciente de la necesidad de tener esos problemas en cuenta para cualquier proyecto político nacional. En ese sentido, su visión es superior a la de Reutemann, que parece entender solo una parte del país: el campo. Duhalde entrega una imagen más equilibrada, en el sentido de ofrecer garantías para no implementar políticas disparatadas e incoherentes contra el campo, pero tampoco se subordinará a esos intereses. Alcanzará un equilibrio mayor.

Finalmente, Duhalde también proyecta una imagen de confiabilidad, a partir de su propia experiencia como presidente: Duhalde ha sido el mejor presidente argentino de los últimos 50 años.

Esta afirmación puede resultar fuerte. Pero se justifica al contrastar el estado del país en los momentos de ingreso y salida de la gestión. Y Duhalde dejó a la Argentina en 2003 mucho mejor de cómo estaba en 2002, con un gobierno legitimo y una economía en recuperación. Esto no lo pueden decir los K (inflación, corrupción, destrucción de instituciones, tensiones sociales), ni De la Rúa (corralito), ni Menem (hiperdesocupación, corrupción), ni Alfonsín (hiperinflación), ni los militares (genocidio, corrupción), ni Isabel Perón (caos social, triple A). Tal vez podríamos compararlo con Arturo Frondizi, pero ya nos vamos a una realidad muy lejana y diferente.

Con estos antecedentes, Eduardo Duhalde enciende una luz de esperanza, sobre todo para pensar un país que logre superar las actuales tensiones, improvisaciones, populismo y corrupción.

El país no da para lanzarse a aventuras e improvisaciones. Hay un clima de agotamiento, después de tanta crispación. Los argentinos estamos saturados del discurso megalómano y la improvisación permanente de los K. Ya no hay margen para embarcarse en empresas delirantes, alocadas o de alto riesgo. Es momento de buscar líderes confiables, probados en el tiempo y capaces de generar confianza. Desde este punto de vista, da la sensación que el Partido Justicialista tiene una carta valiosa en Eduardo Duhalde. Veremos si son los dirigentes de esa fuerza son capaces de cuidarla, desarrollarla y ofrecerla al país como una alternativa de paz y equilibrio.