Opinión
La caída del régimen kirchnerista
Después de seis años de dominación hegemónica, el régimen kirchnerista se acerca a su caída. El problema es cómo ocurrirá.
La caída del régimen va a tener un punto de inflexión en las próximas elecciones. La derrota va a ser inevitable en Capital Federal, Santa Fé y Córdoba: con suerte, el kirchnerismo lucha por obtener el tercer puesto en esos distritos. A ello se suma Mendoza, donde le espera otra derrota. El radicalismo ya tiene una ventaja de cinco puntos y nada hace pensar que pueda revertirse (Jaque ganó hace dos años por la división radical, lo cual ahora no existe). Para compensar esas derrotas, el kirchnerismo apostó todas sus fichas a la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, sólo está obteniendo allí un empate técnico. En el total nacional, el oficialismo va a perder veinte puntos porcentuales en un año y medio. Por lo general, esto no ocurre. Los presidentes argentinos, normalmente, ganan las elecciones legislativas de medio término. Pueden perder, pero no derrumbarse electoralmente. Salvo casos excepcionales, como fue el de Fernando De la Rúa. Y ya se sabe lo que le pasó a su administración, dos meses después de la derrota electoral del 2001.
La caída del régimen kirchenrista es inevitable. Pero es importante la forma que tendrá ese proceso. Y puede tener, básicamente, dos opciones: el retiro ordenado, negociado y dialogado, o bien, la lucha hasta el final, a matar o morir.
La salida gradual significaría el camino racional y armónico. Sería lo mejor para el país. Para ello, el día después de las elecciones, el kirchenrismo tendría que poner en marcha la reorganización institucional del Partido Justicialista para trasladar la conducción, gradualmente, a Eduardo Duhalde, de modo tal que éste pueda puede reunificar ese partido bajo su lidarazgo. Se puede hacer un pacto de gobernabilidad, para que todos los legisladores justicialistas (K y disidentes), acompañen los dos años que le quedan a la administración K. Habría que establecer una tregua con el campo y con las provincias no alineadas con el kirchnerismo. En la distribución de los fondos coparticipables, habrá que sustituir los actuales criterios mafiosos, por mecanismos racionales y transparentes. Lo mismo ocurriría con el INDEC. Se suprimiría el actual método de falsificación sistemática de los datos, para dibujar “buenas noticias” cada fin de mes. El kirchnerismo bajaría su actitud hostil con la oposición, los empresarios, la prensa y con las instituciones de la Argentina. A cambio, bajaría también la tensión de la respuesta. Este proceso terminaría el 10 de diciembre del 2011, con el retiro pacífico de los Kirchner a su casa de Santa Cruz, dejando en su lugar al sucesor constitucional, sea Julio Cobos o un representante del partido justicialista. Saludos, abrazos y despedidas.
Esa sería la retirada ordenada del campo de batalla. Pero no es la única opción. La otra es exactamente, la opuesta.
En efecto, el otro camino, es que Kirchner adopte la actitud de luchar sin rendirse, hasta morir con las armas en la mano. Subir la apuesta. Depurar sus tropas para exigir lealtad hasta las últimas consecuencias. Aumentar exponencialmente premios y castigos.
En este esquema, el kirchnerismo se bunqueriza en los pocos espacios que le permanencen leales, particularmente en el proletariado urbano marginal del segundo cinturón del Gran Buenos Aires. Amplia las medidas para sostenerles la sensación de capacidad de consumo, con subsidios a los servicios públicos, congelamiento de alquileres y precios máximos.
En este escenario, la distribución de los fondos copoarticipables a las provincias se tornará más arbitraria que nunca. Muchas más provincias tendrán que seguir el camino de Córdoba, que actualmente se enfrenta con el Ejecutivo nacional por este problema. Las tropas de choque de Kirchner (Elia, Moyano, Moreno) saldrán a la calle con màs virulencia, dispuestos a todo.
Se multiplicaràn las amenazas contra los empresarios y las maniobras agresivas con objetivos de lucha politica. Se van a repetir acciones como la estatización de las AFJP, siguiendo el mismo objetivo: capturar fondos de los futuros jubilados, para usarlos generosamente en la campaña politica, repartiendo el dinero de los otros para atraer voluntades.
Al incrementarse la acitud hostil del kirchnerismo contra los empresarios, se van a generar efectos secundarios complicados: baja de invesiones, mayor fuga de capitales, enfriamiento de la actividad, escases de bienes, e inflación.
El país va a ingresar en un espiral ascendente de crispacion entre el gobierno nacional y sus adversarios: los gobernadores de provincias, funcionarios publicos de carrera y medios independientes de prensa.
Además, el clima en la Residencia presidencial de Olivos, va a ser cada vez más tenso. Los ministros, gobernadores e intendentes “leales” van a temblar cada vez que sean citados a presentarse ante el presidente en ejercicio. Las reuniones van a ser cada vez más ásperas. Desde afuera se van a escuchar gritos: “¡Son unos traidores!”. “¡Me han traicionado!”, va a ser la recurrente reacción de Kirchner, cada vez que le lleguen noticias de los dirigentes y punteros de su decadente Frente para la Victoria, que cada dìa estarán cruzando el cerco para pasarse a las filas del peronismo disidente. “¡Me han traicionado!”, va a bramar Kirchner, una y otra vez. Y lanzará amenazas apocalípticas, confiando que un cambio en la economía internacional pueda hacer el milagro de revertir los números y volver a generarle una situación de holgura fiscal para, nuevamente, comprar voluntades y recuperar el poder.
Para percibir con claridad el ambiente que va a reinar en Olivos, se sugiere ver la película “La Caída”, que retrata los últimos días del Fuhrer, Adolfo Hitler, en su bunker. Su soledad, día a día. Su neurosis. Su falta de flexibilidad. Su alejamiento de la realidad. Y su convicción de tener la razón. Contra todos. Contra el mundo.
“¡Son unos traidores!”. Repetía Hitler, furioso.
“¡Son unos traidores!”. Va a repetir Kirchner, con la misma crispación.
Bien, hemos mostrado las dos opciones que tienen los Kirchner para administrar el camino de la derrota, después de las elecciones. Naturalmente, el camino más sano para el país, es el primero. Esperemos que Néstor lo comprenda con claridad, y trate de recorrerlo, con dignidad e hidalguía.
Pero, lamentablemente, la personalidad que hasta ahora ha exhibido Kirchner, nos hace temer que estaría más bien inclinado a seguir la segunda opción. En tal caso, se vienen días muy duros para el país. Esperemos que esto sirva, al menos, para crecer, para realizar una profunda autocrítica, y romper definitivamente, con la magia embriagante de los líderes populistas latinoamericanos.