Opinión
Argentina medieval
La construcción de muros para separar barrios en el Este del país, y el corte de la ruta internacional a Chile, en el oeste argentino, ocurridos ayer, son dos caras de la misma moneda: la Argentina parece hundirse en la Edad Media.
No se trata de hechos aislados, sino emergentes de problemas muy profundos. Solo eso explica que, a pesar del repudio que causa entre los intelectuales y los defensores de derechos humanos, la construcción del muro dispuesta por el intendente de San Isidro haya obtenido el 54% de apoyo entre los lectores del diario La Nación y el 52% de los lectores del más popular diario Clarín. Por lo tanto, de la mayoría de los argentinos encuestados, se manifiesta de acuerdo con el empleo de esta metodología propia del medioevo.
Y el corte de ruta en Potrerillos, en nuestra querida Mendoza, es parte también de un largo proceso usado por los piqueteros en todo el país, luego por los ambientalistas en Gualeguaychú, más tarde por los productores del campo en la Pampa Humeda y recurrentemente por los empleados estatales y de otros gremios.
Se trata de prácticas que eran usuales en Europa medieval. Las ciudades se rodeaban de murallas como método para obtener seguridad. Todavía los turistas que recorren ese continente, dedican parte de su tiempo y dinero para observar esas antiguas construcciones. En esos años tambièn era inexistente la transitabilidad de las carreteras. Constantemente se producían interrupciones a cargo de bandidos o señores feudales que trataban de obtener beneficios por el control de lugares estratégicos de los caminos y rutas comerciales.
Las murallas y la intransitabilidad de las rutas fueron elementos centrales de la Edad Media, y daban cuenta de la ausencia del Estado Nacional.
Al no haber un Estado Nacional, nadie era capaz de garantizar los derechos de todos. Cada sector imponía su interés particular, apoyado en la fuerza: el bandido se apoyaba en sus espadas; el señor feudal en sus tropas. La Edad Media era la época de los particularismos y el poder de las corporaciones. No existía el concepto de bienestar general ni de intereses superiores. Por eso estaba trabado el comercio y el desarrollo económico. No habìa inversiòn ni proyectos de innovación a largo plazo. Era una edad oscura, donde casi todos eran pobres. Y se mantuvieron en la pobreza mil años.
Hasta que finalmente, se produjo el surgimiento del Estado Nación, a comienzos de la Edad Moderna. Y una de sus primeras funciones fue, precisamente, garantizar la libre circulación de bienes y personas por las carreteras nacionales, como método para promover el intercambio comercial, activar la producción y la industria.
Una de las principales conquistas del Estado Nacional fue quitar a bandidos y señores feudales, la facultad de bloquear las carreteras. Este fue uno de los pasos revolucionarios de los Estados Nacionales, y una palanca decisiva para avanzar hacia la prosperidad económica. Paralelamente, el Estado se hizo cargo de la seguridad con los cuerpos de mosqueteros y otros mecanismos. Poco a poco, las ciudades se sintieron seguras y abandonaron la costosa práctica de rodearse de murallas.
Lo notable de este proceso es que, en la Argentina actual, por obra y gracia de la deserción del Estado, estamos regresando a las prácticas medievales. Eso es lo que estamos viendo con los cortes de ruta y la construcción de murallas. Y esto no puede aportar nada bueno para el futuro. Claro que son medidas desesperadas. Los vecinos de San Isidro y los estatales mendocinos tienen en común, que actúan desde la impotencia; ya no confían en el Estado presuntuoso e inútil del populismo K. Se sienten abandonados por un Estado desertor, que es generoso para prometer y avaro para realizar.
Hoy, más que nunca, es tiempo de volver a poner en foco a las instituciones. Hay que construir con seriedad, la institucionalidad del Estado. Y el Estado moderno, no el estado medieval; ese estado moderno, que se realiza desde la Republica.
El camino de la gestión del poder desde el personalismo, que destruye instituciones y las reemplaza por la voluntad del gobernante de turno, es una degradación del sistema que se trata de construir hace 400 años en el mundo. Insistir en el personalismo y profundizar el estilo de los antiguos señores feudales, no tiene otra evolución posible, que el retorno a la Edad Media. Y eso es el retorno a la pobreza, la violencia y la intolerancia.