Opinión
La crisis radical
Las acciones y declaraciones del vice presidente de la República, Julio Cobos; del ex gobernador Roberto Iglesias, y de tantos dirigentes y ex dirigentes del Partido Radical, muestra una mirada bastante coyuntural de la realidad. Y vendría bien un enfoque más amplio del problema.
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Por lo tanto, dañar, romper, fragmentar o deteriorar un partido político, equivale a bompardear un aeropuerto, incendiar una escuela o demoler un hospital: es una pérdida para la Nación.
Y eso es justamente lo que la ha pasado a la Argentina en los últimos años.
Con la diferencia que, un aeropuerto bombardeado, puede ser reconstruido en seis meses; solo se necesita dinero. En cambio un partido político es una construcción humana, que requiere, como el buen vino, tiempo, cuidado, paciencia y una larga tradición.
La ruptura de la UCR, del PJ y de otras fuerzas políticas, han significado fuertes pérdidas para el país.
Por lo general, las rupturas de los partidos se producen por ansiedad de los dirigentes que buscan un atajo. Son como el comerciante que usa balanzas cargadas; o el taxista con el relojo "tocado". Quieren alcanzar rápido sus objetivos. No tienen paciencia. No han aprendido la leccion principal del ajedrecista: "La paciencia es amarga, pero su fruto es delicioso".
Las rupturas de los partidos políticos, en los tiempos recientes, comenzaron durante el gobierno de Menem, con José Octavio Bordón y Chacho Alvarez. Ellos se fueron del PJ. Rompieron el partido. Sintieron que nunca podrían ganarle la interna a Menem y se fueron a jugarse una aventura.
Mal hecho. Si Bordón hubiera tenido la paciencia de quedarse, él hubiera sido el sucesor de Menem dentro del PJ. Hubiera sido presidente de la Argentina, y su figura sería tan brillante en el escenario latinoamericano, como las de Fernando Henrique Cardozo y Ricardo Lagos. Además, con Bordón presidente, la Argentina estaría más cerca de Chile, Brasil y México. Y no más cerca de Bolivia, Venezuela y Haití, como ha ocurrido por obra y gracia del populismo K.
Damos lástima.
Pero volvamos al punto.
Los partidos políticos son bienes públicos. Son importantes. Y los que están allí, deben tener paciencia. Tolerar al otro. Acatar las reglas. Hacer renunciamientos. Y esperar desinteresadamente que llegue su turno.
Esta norma, que Bordón no entendió a tiempo, tampoco la comprendieron los radicales.
Cuando Iglesias terminó su mandato de gobernador e impuso como sucesor a Cobos, notuvo suficientes convicciones republicanas para admitir que debía abandonar no solo el gobierno, sino también el poder.
Iglesias trató de conservar el poder, aún después de transferir el gobierno a Cobos.
Hizo lo mismo que ahora hace Néstor con Cristina: tratar de gobernar en las sombras.
Pero Cleto fue más que Cristina: no aceptó ser un pelele de su antecesor y trató de formar su propio gobierno, consciente que el responsable ante la historia, era él. Estuvo mal Iglesias. El Congreso Partidario de la UCR debió reunirse para amonestar a Roberto y hacerle ver que, en los países que funcionan, el titular del Poder Ejecutivo se retira y deja en paz a su sucesor para que gobierne por sí mismo. Como hizo Ricardo Lagos con Michelle Bachelet. Como un padre que deja crecer a sus hijos.
Los deja que desarrollen su propio proyecto de vida. En cambio, Iglesias fue un mal padre, al tratar de imponerle su proyecto a su hijo-sucesor.
La respuesta de Cobos fue más digna que la de Cristina: defendió su responsabilidad historica y se dispuso a gobernar. Como el iglesismo le hacía la vida imposible en Mendoza, Cobos buscó aliados. Y por eso se aferró a una viga. Con todas sus fuerzas.
El problema es que esa viga era el populismo K. Y Cobos se equivocó al entregarse en manos del populismo, la forma de hacer política que ha causado la decadencia Argentina de los últimos 50 años.
Error de Cobos.
Por lo tanto, tanto Iglesias como Cobos cometieron errores. Y errores importantes.
Además, cada uno se aferró a su pedazo de razón.
Entre Iglesias y Cobos se produjo entonces, esa tensión dialéctica, que al no resolverse, hizo posible la insólita victoria de Jaque en 2007.
Y esa tensión dialéctica todavía se mantiene vigente.
El otro problema tiene que ver con la coyuntura: las luchas por candidaturas y ambiciones personales. Hay dirigentes radicales que se pasean por todos los sectores, ofreciendo su apoyo, a cambio de asegurarse una banca. Y eso también es triste.
El único que parece haber madurado como para priorizar la responsabilidad de la gestión pública por encima de las luchas de poder, es Victor Fayad.
En cierta forma, el enfoque de César Biffi también es consistente: recordemos que, a pesar de haber sido nominado como candidato a gobernador del el cobismo, Biffi se mantuvo firme en sus principios republicanos, y nunca hizo los actos de vasallaje que le exigía el populismo K. Eso explica la ofensiva de carteles, dinero y respaldo que en el último tramo de la campaña, el furioso K traspasó de Biffi a Jaque.
¿Y los demás dirigentes? ¿Y las convicciones republicanas que la UCR aporta a la Argentina desde 1891? ¿Tan rápido han olvidado las enseñanzas de Yrigoyen, en el sentido que "es mejor perder cien gobiernos (o cien cargos) antes que un principio".
Los dirigentes radicales de Mendoza se encuentran ante una situación terminal.
Pueden segur adelante con el minué de los sarcasmos oportunistas, las pujas por cargos y las chicanas de corto plazo. Pero, al repetir las andanzar por los mismos caminos, van a llegar a los mismos lugares.
La opción es levantar la cabeza. Dejar la mirada coyuntural, para comenzar a pensar en términos estratégicos. Poner en funcionamiento el enfoque estructural.
¿Y qué quiere decir eso?
Simplemente, no pensar en la próxima elección, sino en los próximos 100 años. Eso implica reconocer que todos han cometido errores importantes (tanto Iglesias como Cobos). Por lo tanto, no sirve entrar en la dinámica de los pases de facturas. Lo que cuenta es la mirada amplia: esta generación de dirigentes debe devolverle a la provincia y al país, uno de sus capitales importantes: la Unión Cívica Radical. Es necesario dejar de lado las ambiciones personales de turno. Cada uno tiene que volver como un militante más, para aportar con lo que tenga. Es tiempo de pensar en grande y en el futuro.
