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Opinión

Se fue Bush


En un día que será recordado en los manuales de historia, se hizo cargo del poder político de la principal potencia del mundo el primer presidente afroamericano, Barack Husseim Obama.

No sabemos del todo quién es, a ciencia cierta. Tenemos de él la imagen victoriosa y radiante que aun irradia una campaña electoral única en la historia de la humanidad por la utilización de las nuevas tecnologías y por el entusiasmo generado en pequeños grupos relegados históricamente en su país.

Lo que si podemos afirmar es que terminó una época. No son pocos los analistas internacionales que se atreven a afirmar que “lo que venga, cualquier cosa que sea, será mejor que Bush”.

Es así que en medio de la euforia por Obama están quienes piensan que más que ganar una elección, el mérito real del joven y brillante senador por Chicago está en haber derrotado a todo un modelo político, social, económico y moral.

Este martes, con una concatenación de protocolares actos, concluyó un período signado por el imperio de la fuerza bélica como modo de resolver conflictos comerciales y de la libertad absoluta y descontrolada de los mercados.

Llegó el último día de una etapa de fundamentalismos tan potentes como aquellos que se decía combatir cada vez que se desplegaban las tropas estadounidenses en algún rincón del mundo.

Al conservadurismo populista de Reagan le sobrevino la vuelta de tuerca que representó el neoliberalismo, bautizado como “capitalismo salvaje”, un sistema político y financiero que cayó aun antes que el soporte que detentaba sobre él George Bush, sostenido, casi, como una marioneta bufona por quien manejó los verdaderos hilos del poder: el vicepresidente Dick Cheney.

En medio de una crisis embebida de corrupción empresaria y a abandono por parte del combatido Estado de sus obligaciones básicas regulatorias, que deja como consecuencias dramáticas mucho más que los suicidios de magnates depresivos, Obama asume las riendas del poder político y las expectativas están centradas en la posibilidad (o no) de que llegue a manejar, pronto, el poder real.

Se fue Bush y con él, una forma sencilla y tan vieja como el mundo de resolver las cosas: a falta de razón, se impuso la fuerza.

Latinoamérica observa esperanzada estos momentos. Brasil, México y Chile seguramente serán los mejores interlocutores para la región. Cuba, probablemente, sea el territorio destinatario de los primeros gestos, con el cierre del centro de reclusión y torturas estadounidense de Guantánamo.  La Argentina, petulante, mira este evento por televisión, distante, y con sus autoridades máximas con otra agenda, centrada en inexplicables visitas a Cuba y Venezuela.

Pero más allá de las esperanzas y la descompresión anímica que deja esta asunción en Washington, hay muy poco de concreto. La prioridad de Obama ni siquiera está en Medio Oriente: lo son Afganistán y Paquistaní en el plano internacional y, por supuesto, la crisis económica y financiera mundial. En este último punto, nadie desconoce que la tarea más titánica del nuevo presidente está en reconstruir la sociedad hacia adentro de su propio país, dejando de mirar la paja en el ojo ajeno, como se hizo durante estos largos años oscuros que llegan a su fin.

No hay que esperar grandes cosas para Latinoamérica. Pero en momentos como el que estamos viviendo, ya es bastante bueno poder decir “chau Bush”.

Con una bocanada de aire fresco, oxigenado el aire de un mundo que huele a petróleo, pólvora y dólares, podemos permitirnos, ahora si, la libertad de tener esperanzas de una nueva diplomacia, de una nueva economía y de una nueva ética política desde el país al que –nos guste o no- miramos todos.