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Opinión

Convulsión y conspiración en Bolivia

El tembladeral que sacude la institucionalidad y el gobierno se explica más en una probable asociación conspirativa entre el líder de la COB y la elite que domina los departamentos ricos, que en los errores y limitaciones del presidente Evo Morales, cuya gestión también exhibe notables logros.

En Mauritania, un golpe de Estado busca asfixiar el único intento democratizador que ha vivido ese país del norte de Africa desde que, en 1960, dejó de ser una colonia de Francia.

El general Mihamed Uld Abdelaziz, traicionando su misión de jefe de la guardia presidencial, arrestó al presidente Sidi Uld Cheikh Abdalá, primera autoridad votada del país, en la elección realizada el año pasado.

¿La razón del golpe? Que el presidente había destituido oficiales  involucrados en una conspiración parlamentaria. ¿Lo que se pierde si triunfa el golpe? El proceso iniciado en el 2005, cuando el general Ely Uld Mohamed Vall derrocó al dictador Maroviya Uld Taya, al que nadie defendió en las calles de Nuakchot, la capitula mauritana.

En una actitud insólitamente democrática en ese país y en esa región, en lugar de acomodarse en el poder, el general Vall sacó una ley que le prohibía a él mismo y a sus funcionarios participar de la primera elección libre y plural, que se concretó el año pasado. Ahora, la constitución democrática aprobada en referéndum, agoniza en Mauritania sin que nadie la defienda.

No será tan fácil arrastrar a Bolivia a su pasado de golpes y dictaduras. La debilidad que expone en estos convulsionados días el presidente Evo Morales, no es mayor a la debilidad que postró a todos los gobiernos de las últimas dos décadas. Y ninguno de los anteriores gobernantes pudo exponer una base de apoyo tan amplia como la que, incluso en medio de semejante tembladeral, apoya al presidente indígena.

Es lógico imaginar una mano negra de la oposición detrás de esta acumulación de estallidos sociales sincronizados. Las protestas violentas no son una novedad en Bolivia y el gobierno actual no ha sido ni lúcido ni eficaz a la hora de corregir serios defectos; pero que una ola de protestas y acciones de fuerza se desencadene justo en la antesala de un referéndum revocatorio, resulta más que sugestivo.

Las razones de las quejas son válidas y revelan inoperancia gubernamental. Por caso, los mineros de Huanini, la mina de estaño más grande de Bolivia y en cuya protesta hubo dos muertos, tienen razón al exigir que la edad para jubilarse baje de 65 a 55 (es insano u brutal envejecer en un socavón). También tienen razón los docentes al reclamar un mejor salario y los discapacitados que exigen subsidios para sobrevivir en un océano de limitaciones.

Sin embargo, que todas esas razones hayan confluido en el mismo puñado de días para hacerse escuchar es obra de Jaime Solares, el líder de la COB (Confederación Obrera Boliviana), un turbio personaje que supo ser cómplice de las tropelías del narco-dictador Luís García Meza.

Y por detrás del controvertido Jaime Solares es fácil imaginar el dinero de esa elite que gobierna los ricos departamentos de Santa Cruz de la Sierra, Tarija, Pando y Beni, y está ansiosa por cortar los vínculos con el Altiplano, su burocracia centralista y su mayoría indígena.

Evo Morales ha cometido muchos errores que explican en parte esta convulsionada Bolivia. Una innecesaria guerrilla retórica que indigna a muchos sectores de la producción; una visión exageradamente ideológica, la errónea convicción de que la ideología lo resuelve todo, y un rol regional de subalterno de Chávez más que discutible.

No obstante, su gestión también puede exhibir sólidos resultados, como haber revertido en superávit un crónico déficit fiscal, haber incrementado las regalías que las petroleras pagan al Estado boliviano, y haber lanzado con mucho vigor un plan de alfabetización que resultaba imprescindible.

Es muy grave que un presidente no pueda desplazarse por la geografía de su país, y Morales no pudo ir a Tarija ni a Sucre. Y a pocos días de un referéndum revocatorio que amenaza más a los gobernadores opositores que al propio presidente, parece obvio que la ola de conflictos y violentas protestas busca sacudir la institucionalidad boliviana, casi con fines golpistas.

En todo caso, el problema de Morales está en su propio límite para denunciar desestabilización golpista. Al fin de cuentas, él lideró el bloqueo de Oruro que, junto a la avalancha indigenista liderada por Felipe Quispe, desembocó en la caída del presidente Gonzalo Sánchez de Losada.

Al frente del MAS y del movimiento cocalero del chapare, Evo Morales también participó de las protestas y conflictos que buscaron socavar al gobierno de Carlos Mesa. Pero hacia el pasado, todos los dirigentes bolivianos tienen culpas y responsabilidades.

La cuestión es el presente y la urgencia de evitar que Bolivia se resquebraje.

En última instancia, la esperanza está en que el marco regional no va a mirar para otro lado si las instituciones bolivianas peligran. No será como en el Magreb, donde la indiferencia y la cultura autoritaria permiten a un general golpista poner fin a la incipiente democracia de Mauritania.