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Opinión
El desconcertante cálculo de Obama
En cuatro semanas de abulia y errores, el candidato opositor dilapidó su gran ventaja sobre John McCain. Para recuperar el terreno perdido, eligió como compañero de fórmula a un hombre sólido y brillante, pero que no es la figura esperada por las bases del Partido Demócrata.
“Cuando vos te das cuenta que lo peor que te puede pasar en la vida ya te ha ocurrido, entonces te sentís como con un poder...” le dijo el personaje que encarnó Eduardo Blanco a Rafael, el personaje de Darín en “El hijo de la novia”. Acababa de contarle que su hija y su esposa habían muerto en un accidente automovilístico.
La misma tragedia marcó la vida de Joseph Biden, con la diferencia de que no perdió a todos sus hijos. Pero ese dolor y haber sobrevivido a una enfermedad que pudo ser terminal, le blindaron el alma contra otro tipo de problemas. Y dentro de ese rubro están varios de sus fracasos políticos.
Sucede que, siendo siempre un buen legislador, cada vez que intentó salir del escaño que conquistó en 1973 y del que jamás se levantó en casi cuarenta años, se estrelló contra errores propios y virtudes ajenas que lo dejaron fuera de competencia.
Al peor de esos errores lo cometió en 1988, cuando compitió por la postulación demócrata a la presidencia y renunció en el medio de un escándalo. Todo estaba servido para alcanzar la candidatura, porque el aspirante más brillante y carismático, que a todos les recordaba a John Kennedy, era Gary Hart, pero tuvo que desertar de la campaña porque la prensa le descubrió un affaire extramatrimonial con la bella modelo Donna Rice.
Sin Gary Hart en competencia, la postulación parecía pan comido, debido a que el otro gran contrincante, el gobernador de Massachussets Micheal Dukakis, carecía de encanto, de carisma y de discurso. Sin embargo, cuando la candidatura demócrata parecía quedar al alcance de la mano de Biden, la prensa descubrió que las mas efectivas frases y consignas de su campaña eran las que había utilizado años atrás un candidato laborista a la Cámara de los Lores de Gran Bretaña.
Con dos escandalosas caídas y la opacidad de Dukakis, en aquella elección presidencial les fue fácil a los republicanos retener la Casa Blanca llevando al Despacho Oval al vicepresidente de Ronald Reagan, o sea George Herbert Walker Bush.
Aquel intento de hacer pasar por propias un puñado de ideas ajenas es una de las contraindicaciones de Joseph Robinette Biden como candidato demócrata a la vicepresidencia de los Estados Unidos. Pero una contraindicación poco significativa. Igual que las descalificaciones a Obama en el comienzo de la actual campaña (que son propias de las internas partidarias), son aspectos que sólo sirven para fabricar chicanas.
Del barro para moldear chicanas sacarán también otro lapsus que tuvo Biden, probablemente por hablar mucho y no por racista: “Obama es un afroamericano brillante y limpio”. Y amén de la barbaridad de la higiene, está la discutible definición de afroamericano, comunidad a la que pertenecen los descendientes de los antiguos esclavos y no los hijos de extranjeros, aunque en el caso de Obama su padre era keniano.
Tampoco irá más allá de las chicanas el hecho de que Biden haya votado a favor de la guerra en Irak. En realidad, el senador de Delaware siempre criticó el belicismo de Bush y siempre tuvo en claro la influencia de poderosos lobies sobre el vicepresidente Dick Cheney. Si votó como votó en aquel momento, fue por los engañosos informes de inteligencia fraguados en el Pentágono y porque, como conocedor del Oriente Medio, sabía de la calaña bestial del régimen de Saddam Hussein.
En todo caso, el problema de este eterno senador por Delaware es que siempre habló demasiado y, en una oportunidad para nada remota, hizo un elogio de John McCain que hoy le será difícil diluir en la memoria de los norteamericanos politizados, un sector para nada mayoritario en la sociedad norteamericana pero altamente significativo en las urnas, porque siempre vota masivamente en un país donde el sufragio no es obligatorio.
Aquella si que fue una frase lapidaria: “John McCain es una migo personal, un gran amigo, y sería un honor acompañarlo en la fórmula porque con él el país estaría mejor”.
Sencillamente, después de semejante afirmación le será difícil mostrar convencimiento de que “el país estará mejor” con Obama. Sin embargo, el hombre que la dijo es el elegido por el candidato demócrata como compañero de fórmula.
Por cierto, es un experto en el tema en el que Obama es frágil: la política internacional. De hecho, preside desde hace años el Comité de Política Exterior del Senado. Es católico como los Kennedy y por la misma razón (descendencia irlandesa). Vine de familia obrera y, sobre todo, tiene una larga e impecable trayectoria en el Capitolio.
Con Joseph Biden la fórmula demócrata exhibe una fuerte dosis de talento. Sin duda, los candidatos a presidente y vice son dos hombres brillantes.
Aún así, la base de apoyo dentro del Partido Demócrata de Biden es insignificante en comparación con el de Hillary Clinton. Es incluso mucho menor que la de John Edwards y la de Bill Richardson. Y dado que no ha jugado nunca en equipo con Obama, por lo tanto nadie puede decir que tengan un proyecto conjunto o una idea común de gobierno progresista, es difícil suponer que su designación como candidato ayude al senador negro a que los demócratas cierren filas en torno a su liderazgo.
Obviamente, la elección de Joseph Biden se explica en la intención de captar votos ajenos al Partido Demócrata. Y para ello se recurre a elucubraciones de marketing, y no a reflexiones políticas.
Las encuestas de los próximos días dirán si la jugada es efectiva o contraproducente. Pero está claro que no es la que prefieren los afiliados y militantes del partido de los Kennedy.
Con dos escandalosas caídas y la opacidad de Dukakis, en aquella elección presidencial les fue fácil a los republicanos retener la Casa Blanca llevando al Despacho Oval al vicepresidente de Ronald Reagan, o sea George Herbert Walker Bush.
Aquel intento de hacer pasar por propias un puñado de ideas ajenas es una de las contraindicaciones de Joseph Robinette Biden como candidato demócrata a la vicepresidencia de los Estados Unidos. Pero una contraindicación poco significativa. Igual que las descalificaciones a Obama en el comienzo de la actual campaña (que son propias de las internas partidarias), son aspectos que sólo sirven para fabricar chicanas.
Del barro para moldear chicanas sacarán también otro lapsus que tuvo Biden, probablemente por hablar mucho y no por racista: “Obama es un afroamericano brillante y limpio”. Y amén de la barbaridad de la higiene, está la discutible definición de afroamericano, comunidad a la que pertenecen los descendientes de los antiguos esclavos y no los hijos de extranjeros, aunque en el caso de Obama su padre era keniano.
Tampoco irá más allá de las chicanas el hecho de que Biden haya votado a favor de la guerra en Irak. En realidad, el senador de Delaware siempre criticó el belicismo de Bush y siempre tuvo en claro la influencia de poderosos lobies sobre el vicepresidente Dick Cheney. Si votó como votó en aquel momento, fue por los engañosos informes de inteligencia fraguados en el Pentágono y porque, como conocedor del Oriente Medio, sabía de la calaña bestial del régimen de Saddam Hussein.
En todo caso, el problema de este eterno senador por Delaware es que siempre habló demasiado y, en una oportunidad para nada remota, hizo un elogio de John McCain que hoy le será difícil diluir en la memoria de los norteamericanos politizados, un sector para nada mayoritario en la sociedad norteamericana pero altamente significativo en las urnas, porque siempre vota masivamente en un país donde el sufragio no es obligatorio.
Aquella si que fue una frase lapidaria: “John McCain es una migo personal, un gran amigo, y sería un honor acompañarlo en la fórmula porque con él el país estaría mejor”.
Sencillamente, después de semejante afirmación le será difícil mostrar convencimiento de que “el país estará mejor” con Obama. Sin embargo, el hombre que la dijo es el elegido por el candidato demócrata como compañero de fórmula.
Por cierto, es un experto en el tema en el que Obama es frágil: la política internacional. De hecho, preside desde hace años el Comité de Política Exterior del Senado. Es católico como los Kennedy y por la misma razón (descendencia irlandesa). Vine de familia obrera y, sobre todo, tiene una larga e impecable trayectoria en el Capitolio.
Con Joseph Biden la fórmula demócrata exhibe una fuerte dosis de talento. Sin duda, los candidatos a presidente y vice son dos hombres brillantes.
Aún así, la base de apoyo dentro del Partido Demócrata de Biden es insignificante en comparación con el de Hillary Clinton. Es incluso mucho menor que la de John Edwards y la de Bill Richardson. Y dado que no ha jugado nunca en equipo con Obama, por lo tanto nadie puede decir que tengan un proyecto conjunto o una idea común de gobierno progresista, es difícil suponer que su designación como candidato ayude al senador negro a que los demócratas cierren filas en torno a su liderazgo.
Obviamente, la elección de Joseph Biden se explica en la intención de captar votos ajenos al Partido Demócrata. Y para ello se recurre a elucubraciones de marketing, y no a reflexiones políticas.
Las encuestas de los próximos días dirán si la jugada es efectiva o contraproducente. Pero está claro que no es la que prefieren los afiliados y militantes del partido de los Kennedy.